Como todo el mundo sabe, el fútbol es una fuente inagotable de enseñanzas y una metáfora perfecta de la vida. También de la política.
El gran Carlos Salvador Bilardo inmortalizó una frase que debería estar enmarcada en todos los vestuarios del mundo pero también en las oficinas de todos los asesores presidenciales y en el mismísimo despacho presidencial. Dijo Bilardo: “El peor resultado no es ir perdiendo 2 a 0 sino ir ganando 2 a 0”.
La frase tiene su lógica. El que va ganando tiende a dar por cerrado el partido y muchas veces se relaja. En cambio, el que va perdiendo está jugado y se lanza a todo o nada. Basta que haga un gol para que el rival se desestabilice emocionalmente. El que aún va ganando se siente en riesgo y el que se sentía derrotado se envalentona y saca fuerzas de donde no las tenía. De ahí al empate hay un paso y del empate a darlo vuelta un suspiro. El partido entre Argentina y Egipto confirma la máxima de Bilardo.
Ellos ganaban 2 a 0 y la remontada parecía imposible. Sin embargo en 12 minutos se lo dieron vuelta porque el primer gol de Romero los aterró y los tumbó moralmente. Los egipcios se volvieron a El Cairo sin entender lo que había pasado. Bilardo se los podría haber explicado.
¿Es siempre así? No, pero pasa muchas veces. La historia del fútbol está repleta de ejemplos.
De hecho, mi primer partido con platea propia en la Bombonera fue contra Lanús en los años 70. Perdía Boca 2 a 0 y faltando 15 minutos lo dio vuelta con goles de Nicolau, Curioni y Rogel sobre la hora. Ese día aprendí que en la cancha uno puede abrazarse muy fuerte con gente que ni conoce. Como en los velorios.
El efecto emocional no solo se da en los partidos que van 2 a 0. Sentir que se te puede escapar un partido que ya creías ganado te afloja las piernas. Cuando un equipo juega sabiéndose ganador corre el riesgo de que un gol del contrario lo afecte de la peor manera. Es el miedo a perder lo que ya estaba en el bolsillo. Tantas veces en el fútbol como en la política.
En la Champions del año 2017, el PSG de Francia le gana el partido de ida al Barcelona por 4 a 0. La revancha en el Camp Nou era imposible. Encima Cavani les mete el quinto de visitante. Los catalanes tenían que hacer… 6 goles!! Irremontable. Pero allá fueron Messi, Neymar y Suárez a hacer goles y desmoralizar franceses. Cuando iban 87 minutos todavía les faltaban 3 goles para darlo vuelta. Convirtieron a los 88, a los 91 y a los 94. Fue 6 a 5. Tiempo después, Cavani declaró que tuvo que hacer terapia para superar el trauma.
Acá en la Argentina, en 1972 se jugó un Boca - River para la historia del psicoanálisis. A los 10 minutos River ya ganaba 2 a 0 (Mastrángelo y Más) y Boca había errado un penal (Suñé). Era para irse de la cancha. Sin embargo, en 15 minutos Boca lo dió vuelta (Curioni, Ponce y Potente) y los xeneizes se fueron al entretiempo 3 a 2 arriba. Cuando arrancó el segundo tiempo Potente metió el cuarto gol y todo parecía terminado. Créase o no, a 20 del final River descontó (Más), luego Morete empató sobre la hora y en el descuento él mismo metió el 5 a 4. Fue el mejor superclásico de la historia. Se jugó en Vélez y hay tanta gente que dice haber estado en la cancha que si la pusiéramos toda junta no alcanzarían todos los estadios de la Argentina.
Sin embargo, hay otros partidos importantes que desafían la máxima de Bilardo, por ejemplo la final de México 86. Ganaba Argentina cómodo 2 a 0 hasta que, faltando 15 minutos, los alemanes descontaron y 5 minutos después lo empataron. Once alemanes envalentonados más la ley de Bilardo era una mezcla fatal para la Argentina. No pasó. ¿Explicación? Dios jugaba para nosotros con la 10: Maradona.
En la final de Qatar pasó algo parecido pero zafamos por la misma razón que en el 86. Dios volvió a jugar para nosotros con la 10: Messi.
Vale saber todo esto porque en política pasa exactamente lo mismo.
Luego de la crisis del campo en 2008 y de la derrota en las elecciones de 2009, el kirchnerismo estaba cocinado. Todas las encuestas daban que, tanto Néstor como Cristina, no superaban el 30%.
La oposición la tenía ganada. Los dirigentes opositores se mataban por ser el candidato presidencial de 2011. Peleaban Solá, Macri, Duhalde, Rodríguez Saa, Das Neves, Binner, Alfonsín, Lilita y hasta De Narváez que pretendía reformar la Constitución porque el tipo es colombiano y no se podía presentar. Pero pasó lo imprevisto: murió Néstor y todo se dió vuelta.
La empatía popular con Cristina fue imbatible. Ganó con el 54% y más de 30 puntos sobre el segundo arrasando con todos. El único que se salvó fue Macri que se la vió venir y no se presentó. Nunca tan oportuna la frase: soldado que huye sirve para otra guerra.
En 2015 Scioli llegó a las elecciones punteando tan cómodamente que ni se presentó al debate presidencial. Las encuestas lo daban como la lancha ganadora y todos suponían que sería en primera vuelta. Todos menos el Gato.
En las últimas semanas Macri arremetió y forzó el ballotage con un resultado que prácticamente lo consagraba presidente. Había perdido por solo 3 puntos (37 a 34).
Con el partido casi ganado el Gato se relajó. Las proyecciones para la segunda vuelta le daban 10 puntos arriba. Herido, Scioli prendió el fuera de borda e instaló la campaña del miedo. Perdió igual, pero por un pelito (51 a 49). Si la campaña duraba una semana más, tal vez Scioli terminaba ganando.
En 2017 Macri ganó las elecciones de medio término, pintó el país de amarillo y se aseguró la reelección. Eso creímos todos. Era un 2 a 0 tranquilo pero pasaron cosas y el peronismo se la dió vuelta. En las PASO de 2019 Macri creyó que empataba o la perdía por dos puntos y las perdió por 15. Luego le puso garra y achicó la diferencia pero no alcanzó. Perdió 48 a 41.
¿A qué viene todo esto? Muy simple: Milei está ganando 2 a 0 y cree saber de fútbol, pero no sabe.
Peor aún, se autodefine como bilardista pero comete un error que Bilardo jamás le perdonaría: se enoja por cualquier cosa. Si algo sabía hacer muy bien Carlos era provocar a los contrarios para que se enojen, reaccionen y los echen. Hay mil fábulas.
El gobierno proclama el fin del populismo y afirma que el “riesgo kuka” es cero. Seamos claros: la historia enseña que el peronismo se despierta a la mañana y, antes de lavarse la cara, ya tiene el 40% de los votos.
En 1983, después de Isabel, los Montos y la Triple A, perdieron con Alfonsín pero sacaron el 41%.
En 2019 después de los bolsos de López, los hoteles, Boudou, Báez, De Vido, Jaime y demás hits sacaron el 48% y ganaron en primera vuelta.
En 2023 terminaron como el peor gobierno de la era democrática, con el criminal sabotaje a la Pfizer, el vacunatorio VIP, el dólar que pasó de 60 a 1.000 mangos, la inflación galopante, el apoyo a Maduro, etc. etc. Así y todo, Massa sacó el 37% de los votos y estuvieron a 3 puntos de ganar en primera vuelta.
Lo que le pasó a Egipto cuando estaba 2 a 0 arriba fue creer que Argentina nunca se lo iba a poder dar vuelta. Lo mismo le pasó a Macri con el peronismo.
¿Serán conscientes Javi, Karina, los Caputo y el resto de la banda que haciéndose los cancheros pueden correr la misma suerte? ¿Creerán que son Gardel, Lepera y los guitarristas?
Entre mandril y mandril, acuérdense de Bilardo.
No vaya a ser cosa.
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