20/07/2026 14:22
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¿Qué hay de nuevo en la política latinoamericana?

¿Qué hay de nuevo en la política latinoamericana?

¿Corre riesgo la democracia con ellos? Si la respuesta es sí, ¿cuánto, y cómo podría minimizarse ese riesgo?

Más de 3.000 politólogos están estos días en Buenos Aires discutiendo temas importantes para el pensamiento y la realidad de nuestro país y de la región latinoamericana.

Se trata de la reunión de científicos sociales más importante del subcontinente: el XIII Congreso Latinoamericano de Ciencia Política, organizado por la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política (Alacip) y la Sociedad Argentina de Análisis Político (SAAP) que tiene lugar en la Universidad Torcuato Di Tella entre el 21 y el 24 de julio, y lleva como título “Cuatro décadas de democracia en América Latina: entre el fortalecimiento y la erosión en un mundo incierto”.

Este congreso, que vuelve a nuestro país después de 15 años, es un acontecimiento relevante porque concentra la investigación científica de punta sobre temas políticos desarrollada en nuestros países, a la que debe sumarse una importante cantidad de invitados y participantes provenientes de otros 18 países de todo el mundo.

La ciencia política es una disciplina científica amplia, en el sentido que contiene dentro de sus fronteras diferentes áreas temáticas, que van desde la política internacional hasta la política municipal, y desde la teoría política hasta los modelos matemáticos, buscando siempre encontrar patrones de comportamiento, regularidades, continuidades históricas o raíces filosóficas que nos permitan entender mejor lo que hacen los políticos en nuestro nombre y con nuestro dinero.

La acumulación del conocimiento científico es siempre el producto de una tarea rutinaria de ensayo y error, talento y sistematización, crítica y contrastación. Pero la realidad política, que es el objeto de estudio de los politólogos, siempre se impone y modifica los intereses de los investigadores. ¿Qué hay entonces de nuevo en esta reunión científica? No es muy difícil de adivinar que el interés de muchos colegas se ha centrado en el estudio de la novedad regional: los gobiernos de derecha que han venido ganando las elecciones y gobernando en los últimos años.

Como ocurre normalmente en el proceso científico, la caracterización teórica del fenómeno a estudiar va acompañada de la observación empírica de sus características concretas.

Respecto de lo primero, los académicos están discutiendo sobre los conceptos más adecuados para diferenciar con la mayor precisión posible aquello que quieren observar.

Por ejemplo, y para empezar, están proponiendo diferenciar a los gobiernos “de derecha” (que privilegian la libertad por sobre la igualdad) de la “extrema derecha” (claramente autoritaria, incompatible con la democracia, que por lo general ataca físicamente a los opositores o anula elecciones) y de la “derecha radical” (que, en cambio, puede existir dentro del marco democrático, pero que en términos políticos es más populista que liberal).

Respecto de lo segundo, los diferentes casos muestran similitudes y diferencias, y se requiere evaluarlas con cuidado para caracterizar al fenómeno, entenderlo, y por lo tanto anticipar cuál será su probable comportamiento futuro.

Por ejemplo, no todos estos nuevos gobiernos latinoamericanos manifiestan simpatía por dictaduras militares del pasado, o promueven un nacionalismo xenófobo, o implementan medidas autoritarias en la lucha contra la delincuencia, o tensionan la institucionalidad democrática a través de la polarización política, o tienen discursos antisistema, o son liderados por outsiders, o tienen estilos mediáticos agresivos, o ajustan drásticamente la economía, o denuncian supuestos fraudes electorales (que incluso pueden desembocar en intentos de golpes de Estado), o rechazan materializar coaliciones estables en el parlamento, o buscan capturar el poder judicial, o menosprecian a homosexuales, indígenas y otras minorías, o tienen conflictos abiertos con la Corte Suprema, o abusan de sus prerrogativas legales, o desmantelan políticas ambientales, educativas, científicas y/o de salud, o tienen relaciones de cooperación dificultosas con el poder legislativo, o triunfan gracias a contextos de recesión económica y descrédito de la política.

Entonces, ¿de qué hablamos cuando nos referimos a estos gobiernos? ¿Pueden agruparse todos en la misma bolsa sin mayor detalle?¿Corre riesgo la democracia con ellos? Si la respuesta es sí, ¿cuánto, y cómo podría minimizarse ese riesgo?

Algo parecido ocurre cuando los politólogos especialistas en Relaciones Internacionales se dedican a entender los problemas del complejo tablero de la política a escala planetaria.

¿Hay efectivamente un “nuevo orden global”? ¿Qué evidencia sostiene que el poder real se está trasladando hacia China? ¿Qué valores occidentales está abandonando Estados Unidos? ¿Está la democracia en retroceso en el mundo? ¿Es probable que el mercado y las compañías tecnológicas reemplacen a los Estados nacionales en un futuro no muy lejano?

¿Cuáles son las políticas que los gobiernos latinoamericanos podrían implementar para incrementar o al menos mantener de cara al futuro su ya escaso peso en el concierto internacional? ¿Hay alguna relación entre la política doméstica de los países y las grandes tendencias históricas, o solo depende de lo que haga el gobierno de Estados Unidos?

Las respuestas a preguntas trascendentales de este tipo no van a surgir de meras intuiciones políticas, ni de arriesgadas apuestas sin reflexión, o de lecturas superficiales e informaciones sesgadas. Y si surgen de allí, serán por supuesto catastróficas.

Los posicionamientos de las sociedades frente a estas nuevas circunstancias requieren de la investigación y el estudio riguroso, del examen pausado basado en encuadres intelectuales sofisticados y evidencia empírica. La forma en la que vivimos nuestra vida y la de nuestras familias es algo demasiado importante como para despreciar todo este mar de conocimiento.w

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