Algunos creen que la personalidad fuerte no cambia en sus convicciones. Otros asumen que la vida enseña la inteligencia del cambio. Esta última posición es la que abraza el escritor británico Julian Barnes en su libro de no ficción Mis cambios de opinión, publicado por Anagrama y con traducción de Jaime Zulaika.
Fotografía de archivo del 26/11/2012 del escritor británico Julian Barnes. EFE/ ARCHIVO/Marta Pérez
Recientemente galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026, Barnes es el escritor de El loro de Flaubert y El sentido de un final. Y Barnes admite: “He cambiado de opinión”.
Cambiar es evolucionar; lo contrario es una forma de congelamiento. Por eso, el escritor no duda de que “siempre creemos que cambiar de opinión supone una mejora que nos llevará a alcanzar mayor veracidad o una noción más realista de nuestra relación con el mundo y con el prójimo”.
La "mejora del cambio" puede producirse como respuesta a hechos esenciales de la vida, como la experiencia amorosa, la paternidad, la maternidad, o la muerte de un ser querido. Pero se puede cambiar también en cuestiones trascendentales, como pasar de no creer en Dios y que todo es insignificante, a sentir que el universo rebosa divinidad, sentido y misterio.
También se cambia al recordar y, a la vez, inventar, el pasado de otra manera: “creo que recordar se acerca más a un acto de la imaginación que a la clara, fiable y detallada recuperación de un suceso de nuestro pasado”.
Y el cambio puede emerger en el trato con el lenguaje. Barnes reconoce que su primera idea sobre las palabras respondía a la creencia de que las voces escritas o dichas concuerdan con las cosas. Una visión del lenguaje que remite a la doctrina filosófica clásica de la verdad como correspondencia: lo que se dice concuerda con lo que es la realidad. Parménides, Platón y Aristóteles se movían en ese supuesto cielo óptimo del poder de las palabras.
Una certeza del siglo XX
Pero Barnes cambió y abandonó esta posición: “No creía ya en una edad dorada del lenguaje ni en el maridaje platónico de palabra y objeto”.
Aun sin saberlo quizá, Barnes se asimiló a una certeza del siglo XX: las palabras solo se refieren a otras dentro del sistema de la lengua (el estructuralismo lingüístico de Saussure); las palabras son solo nombres (nominalismo), o lo que estas significan es consecuencia de acuerdos y convenciones (la posmodernidad y los juegos de lenguaje procedente de Wittgenstein).
En afinidad con estas posiciones tras su cambio sobre la naturaleza de las palabras, el escritor no duda en afirmar: “Llegué a creer que el lenguaje era –y es– a menudo aproximativo, que las palabras solo significan lo que convenimos en general que significan".
Las palabras pueden cambiar. Pero la rueda del cambio no siempre gira. La visión a favor o en contra de la política es uno de los ejemplos de lo reacio a los cambios. Y esto no solo por las adhesiones partidarias de por vida, sino porque también es poco probable pasar del fastidio por la política a su alegre ponderación.
Es el caso de Barnes, quien estima la política como una “plaga” y cree que la “vida personal y artística” es mucho más importante; y esto: “…lo sigo creyendo, y con la misma intensidad”.
Las lecturas juveniles encienden las velas de preferencias que luego se apagan. Barnes se presenta como ejemplo en la mutación de los gustos literarios. Al ser joven, observa Barnes, se puede ser más proclive a escritores que dicen cómo vivir, lo que se debe hacer y pensar; luego, de a poco, se desprecia el didactismo, y el arte literario y teatral que repite que “la guerra es mala, el capitalismo es malo, y la gente mala es mala”. Ya Flaubert advertía que “no se hace arte con buenas intenciones”.
La sedimentación de la lectura puede hacer cambiar la apreciación de un escritor. Barnes recuerda la modificación de su opinión sobre Georges Simenon, cuya influencia en su tiempo ahora se ha desdibujado. Simenon (1903-1989), el escritor belga en lengua francesa, autor prolífico de novelas policiacas protagonizadas por el comisario Maigret. Sus obras son más de 200, entre las publicadas con su nombre o con seudónimo.
Una arista más profunda y oscura
En su juventud, Barnes podía leer a Simenon casi como distracción, y luego con un desdén nacido al saber del ego del escritor, que se creía merecedor del Premio Nobel. Pero, muchos después, al leer nuevamente una de sus obras, En casa de los Krull, lo redescubrió en una arista más profunda y oscura. Cambio su opinión anterior y coincidió con las alabanzas a Simenon de Faulkner o Gide.
El escritor británico Julian Barnes. EFE/Marta Pérez
Y con el tiempo, una persona cambia la propia apreciación de la temporalidad. Barnes propone aquí que en la infancia el tiempo se vive como la aburrida espera de ser grande y maduro, mientras que, en la madurez, “el aburrimiento no es nada comparado con el de la infancia y la juventud”.
Y luego de pasar revista a muchos cambios posibles en el devenir de los años, Barnes concluye en la muerte como el momento final que, en principio, clausura los cambios. En las sociedades posreligiosas le “damos la espalda a la muerte como un problema que tiene solución, que es posible racionalizar”.
El transhumanismo es un ejemplo claro de esto último: la nueva fe de Sillicon Valley de aumentar la longevidad y, luego, resolver justamente el “problema de la muerte” mediante una posible inmortalidad. Visiones futuristas que no desvían al escritor británico de la realidad de nuestro yo prosaico. De la vida para la que no hay ningún lugar para ensueños tecnológicos, pero sí para el arte de cambiar.
Mis cambios de opinión, de Julian Barnes (Anagrama).
Todavia no hay comentarios aprobados.