Llevar un caso ante una tribuna pública se convierte en una forma de escritura para Laurent de Sutter. Un ejercicio de provocación que encuentra en la jurisprudencia una herramienta para desarmar una frase donde se sintetiza una ideología paralizante.
Decepcionar es un placer. Laurent de Sutter. Editorial Herder.
El periodista Michel Cressole acusa a Gilles Deleuze de haberlo decepcionado y el filósofo francés le responde: “Decepcionar es un placer” esta frase es tomada por de Sutter como el título de su libro publicado por Herder (traducción María Pons Irazazábal) para ofrecer un mapa sobre la decepción. Lo que cuestiona de Sutter es la lucidez de quien se considera decepcionado, esa seguridad de saber cómo debían ser las cosas y el desencanto que le produce que no hayan sucedido como se las imaginaba. Gracias a este procedimiento, de Sutter genera una mirada diferente sobre un sentimiento que puede atraparnos y que nos acerca a la espera como inacción.
Ver las intenciones del otro y proceder a discutir desde esa sagacidad genera para el autor belga un estado policial, un pensamiento demasiado centrado en sí mismo, en la capacidad que el observador tiene de darse cuenta del trasfondo de los hechos.
La expectativa nos proyecta hacia un futuro y nos impide habitar la realidad más cercana y tomarla en su estado inmediato. Deshacerse de las expectativas permite la creación, la acción sobre un presente que ofrece algo inesperado. Platón consideraba que las expectativas eran la garantía de un orden y de Sutter traza una narración que liga está formulación de la Grecia clásica con la cultura Judeo- cristiana y su lógica de la esperanza. El pensamiento doctrinario, la fe va hacia un estado de las cosas imposible, divino, de otro mundo. De algún modo de Sutter comprende que en ese gesto de decepcionarse hay un disciplinamiento al que seguimos aferrados, sostenido en una idea de perfección
Laurent de Sutter exponiendo en La noche de las ideas 2025 en Buenos Aires. Foto: Matías Martín Campaya
Spinoza es tal vez el autor que instala la duda sobre la esperanza ya que la esperanza no se basa en pruebas, no hay lógica ni razonamiento que la tenga como resultado sino que es un acto de fe que nos ubica en la posición de Abraham al obedecer un mandato carente de sentido (matar a su hijo) que solo se detiene cuando el mismo Dios le dice que quería probar su lealtad. La esperanza como la ausencia de decisión y de crítica establece que algo se ha escindido. Laurent de Sutter recurre a la noción lacaniana de forclusión para hablar de ese vacío que se produce cuando la permanencia en la esperanza busca evitar o negar la decepción.
Hay un saber al que el sujeto se aferra hasta las últimas consecuencias y que lo lleva a la melancolía pero, en un modo de complejizar este mecanismo, también podríamos decir que toda esperanza supone un nivel de negación, que quien espera sabe que hay algo que nunca va a suceder como si se situara en una lógica absurdista que se sostiene en sí misma. Lo que de Sutter desarrolla es este modo de tomar la esperanza como un elemento superador, incluso utópico si nos referimos a Ernst Bloch como un modo de impedir que el presente se encuentre con una realidad, una posibilidad no imaginada de antemano. Podríamos sostener que este libro es una crítica (aunque esa palabra no le gusta a de Sutter) o un destripamiento de la lógica y la práctica histórica de la izquierda que siempre se sustentó en un camino inevitable hacia la revolución, o, más cerca en el tiempo, en un funcionamiento social, en una reacción popular que no se corresponde con lo que sucede en la experiencia cotidiana.
Jean Baudrillard.
En Jean Baudrillard la seducción permite sacar al mundo de sus casillas. Si para Roland Barthes estar enamorado es usar el poder desesperado de esperar contra el poder ciego de hacer esperar, la seducción pone en movimiento lo que en el estado de enamoramiento implica una vacilación absurda.
El método de Laurent de Sutter consiste en unir narraciones que enmarcan a diferentes autores de la filosofía, establecer conexiones entre tiempos que se ligan a partir de conceptos para llegar al saber, a los modos de pensar instaurados que suponen una seguridad, una certeza y enfrentarlos a ese no saber que habilita la aparición del conocimiento. Cuando se discute (y eso era lo que Cressole quería hacer con Deleuze, desenmascarar los mecanismos de su escritura) el objetivo pasa a ser ganarle al otro. Deleuze prefiere correrse de ese lugar y aceptar la decepción, no refutar ni justificarse sino abrir el camino al caos en oposición a la previsibilidad, a otra dimensión del sujeto ligada al devenir y a la transcendencia. Alguien que rompe con un orden y que habita el propio tiempo.
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