24/10/2026 20:22
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La encrucijada europea

La encrucijada europea

Al impulso de nuevas demandas, los fatigados liderazgos de centro no atinan a reformar un Estado de Bienestar que parece agotado en el plano fiscal. Y crecen los extremistas más ce

La encrucijada en que hoy Europa está instalada, con agitaciones y violencia social, es otro síntoma del momento crítico que afronta la democracia tal como se la concibió al término de la Segunda Guerra Mundial. Es sabido que la democracia moderna atravesó varias etapas. Luego del desarrollo de las libertades civiles y política se sumaron las libertades sociales y, con ella, mediante su traducción institucional, el Estado de Bienestar.

El Estado protector, garante de las libertades y de la buena vida desde la niñez hasta la vejez fue entonces signo de ascenso social. La Europa de posguerra, devota de la integración, de la supranacionalidad y de la paz, dio cuenta de aquel propósito.

Me tocó ser testigo de aquellos años en que Europa occidental delegó la política de defensa en el Pacto del Atlántico Norte (la OTAN), liderado por los Estados Unidos. Libre de esa carga fiscal, Europa se entregó de lleno a fraguar el Estado de Bienestar; el éxito que acompañó este designio fue tan significativo como el proceso de incorporación de nuevos miembros al núcleo inicial de seis naciones que pactaron en 1957 el mercado común europeo, hoy Unión Europea ampliada hacia el Mediterráneo y, después de la caída del Muro de Berlín, hacia Europa del Este.

Hasta el presente, en Europa no tuvo lugar el salto que la llevaría a instaurar un Estado federal dotado de los medios propios de la defensa exterior. Lo intentaron en 1954, cuando comenzaba el proceso de integración, con el proyecto de una Comunidad Europea de Defensa (CED) que fracasó por carecer de consenso. Así, Europa siempre gozó en el campo de la defensa de la protección benigna de los Estados Unidos, lo que le permitió aplicar la presión fiscal a los objetivos del crecimiento económico y del Estado de Bienestar.

Hasta episodios recientes, muy pocos dudaron que el equilibrio del Pacto del Atlántico Norte sufriría semejante desaire y que, desde el seno mismo de los Estados Unidos, surgiera una impugnación a lo establecido, mientras que, en la frontera oriental de Europa. emanara el ánimo imperialista de Rusia, obsesionado con la dominación territorial. Los nombres de este juego lo dicen todo: Trump y Putin, ensamblando ambos una mutua admiración. Uno retaceando fondos a Europa, el otro soñando con someterla.

Europa, pues, entre dos fuegos, sufriendo además serios problemas endógenos. En rigor, el Estado de Bienestar descansa sobre cuatro presupuestos: primero, dinamismo demográfico para apuntalar a través de sucesivas generaciones el mercado de trabajo; segundo, crecimiento económico ligado a la innovación para dar consistencia a la base material de la ciudadanía fiscal; tercero, un sistema de partidos dotado de centralidad y políticas de Estado compartidas para mantener firme la ética reformista del Estado de Bienestar; cuarto, va de suyo, gobiernos atentos a renovar las bases constitutivas de Europa que tuvieron en mira los liderazgos fundadores.

Cada uno de estos cuatro presupuestos padece ahora fuertes impactos. Desciende la natalidad, las ricas sociedades europeas dejan de tener hijos, la vejez se prolonga y recurren a una inmigración no querida para reforzar el mercado de trabajo. El crecimiento económico y la innovación se mueven hacia China y los Estados Unidos, parteros de la mutación científico-tecnológica que culmina con la inteligencia artificial (a lo que se suma el dinamismo chino de las exportaciones industriales).

Ante tamañas disrupciones, los partidos flaquean en el centro de su antigua dinámica y se trasladan hacia los extremos de la derecha y la izquierda, con lo que la ética reformista se va esfumando. En fin, al impulso de nuevas demandas, los fatigados liderazgos de centro no atinan a reformar un Estado de Bienestar que parece agotado en el plano fiscal. Los extremistas más cercanos al apetito de demolición que al ánimo constructivo están entonces de moda.

Esta fusión explosiva de factores endógenos y exógenos ha dado curso a la violencia social. Caen los salarios, crece el endeudamiento público y privado, las viviendas no dan abasto, la existencia antaño tan segura e imbuida de movilidad ascendente parece detenerse. Como se dice habitualmente, avanza el tiempo de la incertidumbre, ahora también envuelto en el ropaje de la violencia; lo cual no es inédito al recordar, como es mi caso, el estremecimiento que produjeron en Francia los llamados Acontecimientos de Mayo de 1968.

Sin embargo, lo que ahora diverge de aquella “fiesta revolucionaria” según la llamó Raymond Aron destacando la tradición contestataria de Francia, son las carencias que hemos anotado: medio siglo atrás Europa crecía, innovaba, tenía impulso demográfico y fuertes liderazgos.

No es sorprendente que, en este contexto, tallen con furia líderes extremistas entregados a demoler una empresa que, según ellos, parece cosa del pasado. Alardean con símbolos (entre nosotros la motosierra) se desplazan como predicadores universales, acaso admirando la cultura política de algunos colosos del manejo industrial de la mutación científico-tecnológica que, sin más, rechazan la democracia y sus conquistas por juzgarlas inadecuadas para un presente que ellos procuran dominar. Se erigen pues como los nuevos príncipes del mundo que viene.

Milei y nuestro país somos parte de esta transición que no sabemos hacia dónde nos llevará. Pero ellos, los nuevos príncipes y sus adláteres, sí lo saben. Como los comunistas que repudian, libertarios y reaccionarios, en franco entendimiento, son deterministas. Creen ingenuamente que la historia es un proceso de consumación inevitable ya que nada impediría ese avance triunfal proclamado por quienes detentan la verdad y la virtud. Ignoran empero que la historia es un proceso abierto, impredecible, con accidentes también inesperados. La historia por consiguiente no se cierra. En ese espacio de libertad, la voluntad y la inteligencia tienen la oportunidad para rejuvenecer ante tanto cansancio la democracia y sus liderazgos. Lo estamos aguardando.

Natalio R. Botana es Politólogo e Historiador. Profesor Emérito de la Universidad Torcuato Di Tella.

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