La mayoría de los padres no intenta herir a sus hijos. Muchas de las frases que generan malestar nacen precisamente de lo contrario: quieren motivarlos, corregirlos, prepararlos para el futuro o mostrarles que esperan algo mejor de ellos.
El problema aparece cuando ciertas expresiones dejan de referirse a una conducta concreta y comienzan a transmitir algo sobre quién es el niño, cuánto vale o qué necesita hacer para conservar la aprobación de sus padres.
La psicología lleva décadas estudiando cómo el lenguaje de los adultos puede influir en la manera en que los niños interpretan el éxito, el fracaso y sus propias capacidades.
Seis frases que conviene evitar
1. “Eres muy vago” o “eres muy desordenado”
Hay una diferencia importante entre describir una conducta y definir a una persona. Decir “no ordenaste tu habitación” señala algo que puede corregirse. “Eres desordenado” transforma el comportamiento en una característica personal y puede terminar formando parte de la imagen que el niño construye sobre sí mismo.
2. “Estoy muy decepcionado de ti”
Expresar decepción no es dañino por sí solo. El riesgo aparece cuando el niño interpreta que el afecto o la aceptación dependen de no cometer errores. Puede ser más útil señalar la conducta: “Me preocupó lo que hiciste” o “esperaba otra decisión”, dejando claro que el vínculo no está en discusión.
Una frase aislada no determina la autoestima de un niño. Foto: Shutterstock.
3. "Estoy orgulloso de ti” no debería ser la única forma de valorar un logro
Parece extraño incluir una frase positiva, y decirla no tiene nada de malo. El problema surge si toda la valoración del logro proviene del adulto. Preguntar también “¿tú estás orgulloso de lo que hiciste?” ayuda al niño a desarrollar criterios propios para evaluar su esfuerzo y sus resultados.
4. “Si haces esto, te daré aquello”
Las recompensas tienen su lugar, pero convertir cada obligación en una negociación puede hacer que el niño empiece a preguntarse siempre qué recibirá a cambio. Algunas tareas también pueden presentarse como parte natural de la convivencia: recoger, colaborar o cumplir una responsabilidad porque forma parte de pertenecer a una familia.
5. “Muy bien, pero podrías haberlo hecho mejor”
El “pero” puede borrar todo lo anterior. Si cada reconocimiento termina acompañado de una corrección inmediata, el niño puede acostumbrarse a buscar siempre en qué faltó. Separar los dos mensajes ayuda: primero reconocer el logro y, en otro momento, hablar de lo que puede mejorar.
Algunos mensajes, cuando se repiten, pueden dejar una huella ilustración Shutterstock.
6. “Eres muy inteligente”
Esta frase cuenta con especial respaldo experimental. Claudia Mueller y Carol Dweck, entonces investigadoras de la Universidad de Columbia, realizaron seis estudios con niños de quinto grado. Quienes fueron elogiados por su inteligencia mostraron, ante una experiencia de fracaso, una respuesta menos adaptativa que quienes habían sido elogiados por su esfuerzo: persistieron menos, disfrutaron menos de la tarea y, en algunas de las pruebas, obtuvieron peores resultados.
El estudio no plantea que esté prohibido decirle a un hijo que es inteligente. La clave está en no hacerle sentir que debe demostrar esa cualidad todo el tiempo.
Elogiar estrategias, perseverancia y aprendizaje puede transmitir un mensaje diferente: equivocarse no pone en duda quién eres; simplemente muestra que todavía hay algo por aprender.
Lo mismo ocurre con las otras cinco frases. Ninguna provoca por sí sola un daño profundo. Importan la frecuencia, el tono y el contexto.
Los padres también pueden equivocarse y reparar. Decir “estaba frustrado y no debería haberte llamado vago” enseña otra lección valiosa: una relación puede sobrevivir a un error, reconocerlo y corregirlo.
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