Durante los cuatro años transcurridos entre 2014 y 2018, José Luis Landet emprendió un minucioso rescate de la obra y los escritos del artista Carlos Gómez, que según los datos encontrados acababa de morir. Nacido en 1945, la vida de este hombre había transcurrido en el contexto de la guerra fría en Latinoamérica. Su adhesión al partido comunista y los principios del marxismo leninismo habían alimentado en él una firme convicción de que la utopía de un mundo mejor era posible. Todo esto interesó a Landet que vio en Gómez una figura emblemática de la generación del 70.
Entonces el artista se empeñó en rescatar pinturas, correspondencia, anotaciones, dibujos y diarios que le ayudaron a profundizar en las ideas y prácticas militantes de Gómez. Un abundante material alimentó un archivo que le permitió conocer y dar a conocer las singulares características de este artista con el que llegó a obsesionarse al punto de que durante esos años su producción fue absorbida casi exclusivamente por ese proyecto. Su entusiasmo lo llevó incluso a intervenir imágenes de proyectos que Gómez había dejado inconclusos.
José Luis Landet. Su obra está en colecciones como Jumex, LACMA y Jorge Pérez.
Entre tantos hallazgos, Landet se interesó especialmente por el recorrido de Gómez por Latinoamérica y su travesía iniciática, muy habitual en la juventud de esa generación, que en su caso comenzó en el Noroeste argentino y se extendió hacia el norte hasta Colombia, donde estuvo exilado en los años 70. Pero tanto más le apasionaron los debates estético-políticos de este momento. En gran medida inspirados en el marxismo pero también en las ideas originales del filósofo argentino Rodolfo Kusch.
Lo cierto es que a través del voluminoso archivo de Gómez, Landet llegó a conectar su presente con los varios perfiles de ese artista y la anhelada utopía latinoamericana en la que se involucró procurando observar una moral y una estética revolucionaria que se veía plasmada en los escritos encontrados. Con ese material, Landet realizó en 2014 una muestra dedicada a Gómez en la galería Document Art y luego desarrolló para Brasil una frustrada presentación sobre la relación con el poeta brasileño Zé Braulio.
Materialidad. La obra de Landet pone también en evidencia la carga de memoria de los elementos.
Sin duda la figura de Gómez llegó a fascinar a muchos. Solo que en verdad resultó ser un personaje de ficción al que Landet dio vida a partir de ese archivo construido según la lógica particular que domina su obra desde hace tiempo y consiste en rescatar materiales desechados por otros: pinturas, dibujos, libros revistas que funcionan como apoyo de realidades visuales y textuales de ficción. Walter Benjamin acuñó un término en alemán Lumpensammler (trapero o cartonero) para aludir a quien revisa la historia o la memoria rescatando sentidos a través de huellas, vestigios o despojos que le permiten una “lectura a contrapelo” distinta de la convencional.
En un sentido es lo que Landet hizo con la figura de Gómez y lo que deriva de sus ideas y su época. Cuando se le pregunta por las razones que lo llevaron a armar ese fascinante relato al que dotó de una verosimilitud sumamente convincente, responde con franqueza. “Fue como armar mi propia referencia, mi propio mentor”. Y agrega un hilo de preguntas y respuestas. “¿De dónde viene la obra de José Luis Landet? Viene de Gómez. Es una invención de mi propio pasado, como creador. A través de él hice todo lo que quería hacer y tal vez no me animaba”.
Archivo. La obra y los escritos del artista Carlos Gómez, a la intemperie.
Por un tiempo, conservó el archivo completo que ordenó, clasificó y le dio sentido a todo ese material que contribuyó a perfilar la figura de Gómez hasta que le resultó abrumador. En un momento tomó conciencia que debía encontrar la forma de desprenderse de todas esas piezas.
Así surgió la idea de crear el ALM (Archivo Landet Museo) que no es una institución sino una obra como la que concibió alrededor de la vida de Gómez. Así, todo ese material acumulado durante años debió ser revisado en función de la capacidad del Museo y sometido a una limpieza que implicó emocionalmente a Landet. “Desprenderme de todo ese material no fue una decisión fácil –confiesa– y la tomé después de conversar mucho con amigos”.
Búsqueda. Una cierta noción de paraíso, recreando un individuo apócrifo.
El proceso que, a pesar de todo, fue liberador, le llevó unos seis meses. De las casi dos mil piezas del archivo sólo quedaron 430. El resto se destruyó o fue a la basura.
Lo interesante es que este nuevo proyecto desde su comienzo asume una perspectiva ruinosa. No sólo porque la totalidad de su patrimonio es exhibida a la intemperie en un edificio en ruinas, sino porque proviene de un proceso complejo de incorporar desechos y excluir las partes de un todo.
No deja de ser interesante la idea de un museo que se presenta desde sus inicios aceptando la condición de ruina de una institución. “Es una pieza orgánica, aclara Landet, que va a ir mutando según se comporte el clima o el tiempo. Me parece que hoy, ese dato cobra una dimensión sensible y hasta utópica porque funciona como una forma de resistencia al régimen de producción de la obsolescencia programada a la que se nos ha acostumbrado”.
Materia simbólica. Así como la orgánica, la expone a la descomposición.
Con esa lógica propia del capitalismo según la cual es preciso producir y producir para que no colapse el sistema que supuestamente sostiene todo, tenemos un exceso de producción. Galpones repletos y se nos impone todo el tiempo renovar los dispositivos de los que dependemos cada vez más estrechamente. Lo que propone Landet con esta obra es resistir esa lógica y con ella afirmar también el poder metafórico del arte.
“Entendiendo ese modo de producción como una forma de vida, como un statement”, dice y explica: “Estoy produciendo de una forma que implica soltar. No me interesa cómo se va a conservar. Es más, voy en contra de cualquier lógica de conservación”.
El espacio de La Boca donde el archivo se desintegra.
“Por principio, no puedo pasar de ser productor de arte a una suerte conservador. Sería complejo y sobre todo contradictorio con respecto a mi propia acción procesual. Me refiero a que soy una suerte de arqueólogo que junta cosas e imágenes para transformarlas en otra cosa. Mi proceso implica conservar, clasificar pero también soltar. Son momentos distintos de un mismo proceso”.
Así, al recorrer la obra del archivo Gómez que se exhibe en ese ámbito en ruinas convertido en Museo, nos enfrentamos también a la ruina de las utopías que impulsaron a este personaje. Entre muchas referencias, es posible leer textos que dan cuenta de sus convicciones. Máximas para una conducta revolucionaria que aparecen superpuestas a fragmentos de imágenes:
José Luis Landet.
“La batalla por la paz no conoce treguas” o “El problema nacional en el centro de la lucha”. Pero también normas de comportamiento del artista militante: “No se debe interferir el desarrollo del trabajo de los compañeros con el propósito de hacer tertulia” y “No se admiten juegos de azar ni de otro tipo”. Decenas de pequeños bustos de Marx aluden a unas alucinaciones que experimentó Gómez por el calor en la selva colombiana.
Amontonados aquí en un estrecho soporte le hacen un guiño a La mirada de Ulises, la gran película de Theo Angelopoulos que remite al retorno de un cineasta a su tierra natal en tiempos del colapso del orden político de los balcanes que sucedió a la caída de la Unión Soviética. Al ver pasar delante suyo una barca que se desliza por un río llevando amarrada una estatua derribada de Vladimir Lenin, el visitante le pregunta a la campesina a su lado. ¿Quién es? Y ella le responde: Nadie. La misma respuesta de los guerreros de Ulises al gigante Polifemo que reclama por su gran ojo herido y Ulises fatalmente admitió haber acertado con su lanza. Un clima parecido al de esa película sobrevuela el ALM Museo, una experiencia que vale la pena atravesar como itinerario alternativo de la historia que tenemos.
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