Peter Thiel, nuestro nuevo vecino de Barrio Parque y accionista de Vaca Muerta, afirma de manera pública que la democracia es incompatible con la libertad. El lenguaje político habitual describe la democracia no solo como una forma de gobierno, sino como el régimen institucional más adecuado para organizar sociedades abiertas y libres. La manifiesta contradicción implícita en el criterio expuesto por Thiel requiere un análisis preciso en cuanto a su sentido, sus objetivos y sus eventuales consecuencias.
A partir de su concepción centralizadora del poder, cuando el empresario alude en esos términos a la libertad se refiere a un atributo que a su criterio solo deben poseer los gobernantes, ya que la democracia genera dificultades cuando otorga el derecho de opinar, impugnar, protestar y oponerse a las personas comunes, que no están técnicamente habilitadas para entender y mucho menos operar los métodos de toma de decisiones impuestos por los modernos instrumentos desarrollados por la aristocracia del saber.
Ultrarrico, inversor externo de Facebook, aliado de Trump, fundó en 2003 “Palantir Technologies”, base de su universo empresarial. Empresa de software especializada en análisis de datos masivos y sistemas de inteligencia artificial (AI) para gobiernos y corporaciones, integra información compleja de múltiples fuentes para toma de decisiones en tiempo real.
Trabaja con agencias de seguridad e inteligencia (CIA. FBI, áreas de inteligencia militar y policial) y compañías privadas en los sectores de finanzas y sanidad.
En abril de 2026, “Palantir” emitió un manifiesto de 22 puntos que fue calificado como reaccionario, xenófobo, belicista y ultranacionalista con elementos teocráticos. La publicación constituye, en realidad, un manifiesto político, descripto como neofascista. Actualmente, lidera la vigilancia por inteligencia artificial en Gaza.
Su propuesta de fondo consiste en reemplazar el sistema de toma de decisiones basado en los principios de libre participación y consentimiento, por otra forma de definición de las políticas públicas que incorpore la concentración de la decisión a partir de un modelo corporativo de carácter empresarial, sustentado en una alianza entre la tecnocracia y la plutocracia financiera.
Modelo en el que gobernarán quienes administren ese costosísimo universo informático, ejerciendo el poder sin límites legales ni éticos, en versión actualizada del absolutismo ilustrado, método al que otorgan un nivel de eficiencia muy superior al que deriva de las deliberaciones lentas y caóticas de la democracia representativa.
La idea no es nueva. Hace casi dos mil cuatrocientos años, Platón la desarrolló en La República, a partir de la afirmación de que la virtud es conocimiento del bien, concepto que sostiene la existencia de un bien objetivo que es posible conocer mediante la investigación racional y que debe regir para las personas y los Estados, simplemente por ser el bien.
A partir de esa convicción, Platón concibió la figura del rey filósofo, personalidad que sabe cuál es el bien, conocimiento que no solo lo habilita sino que lo obliga a gobernar, también sin límites legales o formales, sólo a partir de ese conocimiento esencial de enorme dimensión.
Ambas propuestas parecen coincidir en la forma de ejercer el poder. Pero los fundamentos y los objetivos son distintos.
Platón buscaba que el sistema institucional promoviera sociedades buenas, organizadas a partir del intercambio de servicios en condiciones de cooperación social, en base a tres categorías: productores, guardianes y gobernantes. Este último –el Filósofo Rey- que tenía a su cargo la estratégica elección de medios y fines, estaba excluido de todo tipo de interés personal, hasta el punto de tener prohibidas la propiedad de cualquier clase de bienes materiales e incluso la integración de relaciones de familia. Solo podía dedicarse a la construcción del bien común.
Thiel y sus socios son dueños de instrumentos tecnológicos complejos cuyo valor económico es enorme, está concentrado en pocas manos y habilitan la instalación de un modelo político que les otorgue el poder de gobernar sin límites. Nada que ver con el bien común: la aristocracia del saber, transformada en oligarquía de tecnócratas supermillonarios que invocan la libertad para conducirnos a la sumisión.
La Doctrina Thiel resalta contra un telón de fondo que no logra ocultar un proceso de deshumanización que desvaloriza los factores en los que debe apoyarse una sociedad equilibrada y relativamente igualitaria. Los signos son evidentes.
Si la oligarquía tecnocrática que promueve Thiel impone su programa de poder concentrado, la libertad será una utopía. Si un personaje como Donald Trump gobierna los Estados Unidos y el 50% de sus ciudadanos ni siquiera quiere votar, la democracia será un recuerdo sin contenido.
Si el índice de natalidad sigue bajando, si las parejas jóvenes prefieren adoptar una mascota antes de tener un hijo e intuimos que en un futuro muy próximo habrá personas que preferirán tener un robot antes que un amigo, el individualismo egoísta derrotará a la convivencia solidaria. La vida, tal como la conocemos, perderá sentido.
La humanidad siempre tuvo capacidad para superar conflictos y crisis que pusieron en duda su continuidad. Estamos ingresando en una etapa distinta en la que aparecen elementos sobre los que no tenemos ninguna experiencia.
La alarma está sonando. Escuchémosla.
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