El sol salteño aprieta, pero no ahorca. O al menos eso piensa Osvaldo Cassina, más conocido como “El Colo”. Él es un querido artesano que hace más de treinta años compró dos lotes a los pies del cerro y edificó la casa donde creció su familia. También construyó su taller de cerámica, donde forjó su profesión. Ambas fueron en paralelo; mientras él producía, las piezas se vendían en los mercados artesanales y servía para pagar las cuentas. Pero con el correr de los años y con tres hijos que tomaron otros rumbos, llegó la jubilación y con ella una nueva perspectiva se abrió paso: la posibilidad de disfrutar del oficio sin la prisa que marcan los tiempos de la industria. Así fue que su obra se redujo, se volvió esporádica pero también tomó un reconocimiento que nunca creyó que llegaría: el de recorrer el camino del arte.
Recibe al suplemento Voy! en su cálida casa a las afueras de la ciudad de Salta.
Allí los colibríes llegan cada mañana a beber de una fuente que cuelga de una parra y donde el estruendo de los pájaros marca el comienzo del alba.
Cassina vive solo. En este momento lo acompaña un amigo músico. Y reparte su tiempo entre las tareas domésticas, la confección de sus jarras silbadoras y la participación en una multitudinaria banda llamada “Los Chaskis”, donde más de 20 músicos crean melodías andinas exclusivamente con instrumentos de viento, conocidos como sikus.
Cassina. En su taller en Salta. Foto: Mario De Fina
-¿Cómo definís tu arte?
-Para empezar, soy alfarero. No soy artista.
-¿Y en qué se inspira tu obra?
-En la cerámica precolombina, siempre me gustó.
Un repentino impulso hace que Cassina se pare y camine en línea recta por el patio hasta llegar a su estudio. Una vez allí muestra las pocas piezas que tiene disponibles en su showroom, creado hace poco tiempo y por el cual desfilaron algunas de las personas más influyentes de la cultura salteña, pero él insiste en que no dará ningún nombre. “Vení, mirá. Este es un ejemplo del arte precolombino”, dice antes de empezar a hacer música con él.
-¿Qué es?
-¡Cerámica precolombina!, pues.
Y se ríe a carcajadas mientras se distrae de la entrevista y comienza a balancear la pieza de un lado al otro para producir una especie de silbido producto del agua que lleva adentro.
-¿Una jarra silbadora?
-¡Exacto! Lo que más estoy haciendo en este momento son las jarras silbadoras. Esto se origina más que nada en el Ecuador pre incaico. Lo hicieron otras culturas anteriores de América del Sur.
-¿Y por qué esta pieza?
-Es muy entretenido hacerla, tenés que hacer que suene bien. Según como la muevas, la jarra suena de distintas maneras. Tiene su complejidad y es muy lindo que así sea. Investigar, probar y fracasar muchas veces también lo es.
Obra. De Cassina. Foto: Mario De Fina
Las jarras silbadoras de Osvaldo Cassina, dos vasijas unidas que incluyen un silbato oculto que se pone en funcionamiento a través de un impulso hidráulico, son de producción limitada y lo ayudaron a dar el salto a las galerías de arte.
De la mano de Sasha D Espacio de Arte, dirigida por Alejandro Dávila, su más reciente viaje a la Ciudad de Buenos Aires fue para la inauguración de “Territorio de la Mirada”, a fines de junio.
Sus jarras compartieron sala con la obra del prestigioso artista salteño Federico Kirschbaum. Aquella noche el “Colo” tenía un elegante traje negro, corbata a tono y por encima de los hombros una kufiya, el pañuelo palestino.
La charla cambia rápidamente de rumbo y pasa a otros temas como la cultura precolombina, el arte rupestre o la música andina. Cassina aprovecha la visita de un amigo para ordenar el estudio, montar un armario y hacer algo de lugar para la próxima producción, que comenzará pronto, o al menos cuando “se me dé la gana”, dice.
Sin saberlo, con su parsimoniosa forma de vida es parte de una modalidad que está en auge: la de realzar al objeto de consumo como un bien limitado. Aquel que se agota y cuya lenta reposición aumenta el deseo de adquirirlo. Pero aquí, a las afueras del barrio Autódromo y al pie del cerro, lejos de ser una estrategia de mercadotecnia es un estilo de vida.
La entrevista se retoma unos días más tarde. El sol ya está oculto. Son las últimas horas de un domingo. Los hijos y nietos del Colo, que lo visitaron para almorzar empanadas, se fueron hace algunos minutos.
Cassina, de impoluta camisa y corbata (“mis padres me enseñaron a vestirme elegante los domingos”, recuerda), nos lleva nuevamente a su estudio, algo más ordenado, desde donde sobresale un antiguo catálogo, fechado en mayo del 2001: “Los sueños del alfarero”.
Allí, una breve biografía narra que: “Nace en Río Cuarto, provincia de Córdoba el 16 de diciembre de 1954 y reside en Salta desde 1975”.
-¿Por qué llegaste a Salta?
-Fui a estudiar Antropología a La Plata en 1974 y ese mismo año hubo un congreso en Salta, y conocí la ciudad. Pero aquí no había muchas posibilidades porque solo se daba un terciario de la carrera. Al año siguiente abrieron finalmente Antropología en la Universidad de Salta, me inscribí en enero y en marzo fue el golpe militar. Al poco tiempo cerraron la carrera pero yo ya estaba mudado. Entonces me quedé acá haciendo cerámica y música.
-¿Cómo fueron tus comienzos como artesano?
-Yo sigo diciendo que soy un artesano, no me siento artista, aunque algunos consideren que hago arte. Es una larga charla pero para mí el arte necesita oficio. Cuando ves la carrera de Picasso o de Dalí se nota claramente la calidad de su trabajo. El tema es que trabajes el talento que tengas. Tenés que ponerte horas a hacer eso. Básicamente, en una obra de arte yo veo cuánto costó, cuánto tiempo llevó hacerla. Por eso, si no hay oficio no puede haber arte, y el oficio te lo da el tiempo de trabajo. Puede ser barro, alpaca, plata o madera pero tenés el oficio. En cambio si agarras y pegás una banana en la pared no puede haber arte ahí. Eso, en todo caso, es un manejo del prestigio, es prestigio social, nada más.
-¿Qué sentís cuando entrás a una galería y te encontrás con ese mundo que juraste destruir?
-Yo no quiero destruir nada, yo solo quiero que el oficio valga. Por eso cuando me llaman otros artesanos para presentarme en una galería me alegro, porque reconocen mis años de oficio.
-¿Y cuánto esfuerzo requiere tu oficio hoy en día?
-Ahora con 71 años y luego de 50 de hacer cerámica me toca disfrutar del hacer. Disfruto y lo hago cuando tengo ganas. Cuando me pongo a hacer algo me engancho, dejo un tiempo y vuelvo a agarrar el ritmo. A esta edad tengo esa posibilidad de que si se rompe una pieza no me desespero, no pierdo ni plata ni tiempo como antes. A esta edad el “éxito” no requiere de esfuerzo.
-¿Qué es el éxito para vos?
-Algo que nunca se alcanza. Es una meta, que te den un premio. ¿Y después de que te dan el premio qué? ¿Qué haces?
-¿Se puede decir que el sueño del alfarero hoy está reinventado?
-¿Reinventarme? ¿Yo? No, para nada. Hace ya muchos años que estoy inventado (ríe). Digamos que hoy en día el sueño es disfrutar la vida que conseguí. Una nueva.
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