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Emmanuel Carrère, en Buenos Aires: "Mi madre me enseñó a ver a Rusia como un imperio de la mentira"

Emmanuel Carrère, en Buenos Aires: "Mi madre me enseñó a ver a Rusia como un imperio de la mentira"

El escritor francés está en Buenos Aires para participar del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba). Aquí, reconstruye la historia de su madre, Hélène Carrère

Cuando falleció a comienzos de agosto de 2023 la historiadora francesa Hélène Carrère d’Encausse, una de las mayores sovietólogas europeas, no pocos medios mencionaron entre sus méritos que había sido la madre del escritor Emmanuel Carrère. En sentido inverso, mientras publicaba sus primeros libros en la década de los 80, el autor de El adversario y Limónov era presentado como el hijo de esa académica, que se transformaría en la primera secretaria perpetua de la Academia Francesa. En ese juego de espejos que se reflejan y deforman, y también en el trazo de ese linaje que los enlaza con la aristocracia georgiana expulsada tras la Revolución rusa y la pobreza del exilio en Francia, es que Carrère ubica Koljós (Anagrama), el más reciente de sus libros, sobre el que habló con Clarín esta tarde.

El escritor francés Emmanuel Carrère, en la Embajada de Francia en la Argentina, en la víspera de su presentación en el Filba. Foto: Martín Bonetto.

El escritor llegó anoche a Buenos Aires para participar mañana viernes y el sábado del Festival Internacional de Literatura (Filba). Para las 15:20 de este jueves, ya departió con autores, periodistas e intelectuales argentinos, ya dio la primera de las cuatro entrevistas que tiene agendadas y todavía lo esperan otros compromisos organizados por las entidades que posibilitaron su visita: las editoriales Anagrama y Eudeba, el Instituto Franco Argentino y Clarín y revista Ñ como Media Partner del festival.

Las entradas para su presentación del sábado en el Malba se agotaron en un suspiro. La fila para verlo en Derecho de la UBA, se estima, comenzará mucho antes del horario previsto.

Ajeno a ese fervor, vestido con un pantalón oscuro, una remera de algodón y un saco liviano (aunque se tuvo que comprar una campera porque lo sorprendió la temperatura en Buenos Aires), se dispone a ser retratado y a responder las preguntas con gentileza, concentrado en buscar la respuesta precisa, una anécdota divertida, un recuerdo que le haga justicia a esa madre reluciente, pero también a su padre, Louis Édouard Carrère, un apacible ejecutivo de empresas enamorado hasta el último día de su mujer, pese al naufragio de esa pareja; y a su tío Nicolás Zourabichvili, compositor y entrañable compañero del escritor desde la infancia.

Los cuatro, como una rosa de los vientos, tomaron caminos distintos, pero permanecen anudados en el corazón de una familia muy francesa, compuesta por migrantes y galos, por personalidades que se codean con presidentes y también seres anónimos, por mujeres implacables y hombres mansos, por amores frustrados, clandestinos y para toda la vida. Enlazados, además, en un libro descomunal, que, en la historia de cuatro generaciones, es capaz de recorrer las complejidades de la Rusia de todo el siglo XX y su transformación en esa maquinaria de destrucción que es hoy al mando de Vladímir Putin.

–Koljós comienza con el funeral de Estado de su madre. En ese momento, cuando se encuentra que debe vaciar la casa de sus padres, ¿sentía usted que los conocía de verdad o es imposible que un hijo conozca por completo a sus padres?

–Creo que los conocía bastante bien, aunque conocía mejor a mi madre que a mi padre. No solo porque ella fuera una figura pública, sino porque, también en el ámbito familiar, la conocía en lo bueno y en lo malo. Nos habíamos peleado, nos habíamos enzarzado. Mi padre, en cambio, aunque lo quería y sé cuánto me quería él a mí, era, en el fondo, más misterioso. Había pasado su vida un poco en la sombra y yo no sabía muy bien qué pensaba. Tengo la impresión de que conocía bien a mi madre y, además, nos parecíamos mucho.

–En muchas críticas sobre Koljós se dice que es la historia de una mujer, Hélène Carrère d’Encausse. Pero poco a poco, aparecen dos hombres también centrales en la historia: su padre y su tío Nicolás. ¿Cómo fueron ganando espacio esos personajes?

–En el caso de mi padre, a medida que escribía, y sobre todo al llegar al final, tuve la sensación de que había conseguido sacarlo a la luz, algo de lo que él siempre había huido de alguna manera. Fue una de las grandes satisfacciones que me dio este libro. Con mi tío fue diferente. Ya había hablado de él en Una novela rusa: era el protagonista de aquella historia sobre la familia rusa. Como personaje, me resultaba más familiar.

CUL / Emmanuel Carrere

–En cierto modo, los dos son protagonistas también porque cada uno de ellos dejó un trabajo: por un lado, los recuerdos escritos por Nicolás; por otro, los expedientes de su padre. ¿Qué encontró en esos papeles?

–Eran cinco expedientes gruesos, muy bien organizados. Eso fue lo que me sorprendió. Sabía que mi padre se dedicaba a la investigación genealógica de la familia de su mujer, mi madre, pero esperaba encontrar un desorden total. Él era extraordinariamente conservador, lo guardaba todo, aunque en el mayor desorden: era posible abrir un cajón de su escritorio y encontrar las velas de una torta de cumpleaños de la infancia y cosas así. Sin embargo, lo que había hecho durante los últimos años era reunir sus averiguaciones en unos expedientes extraordinariamente bien organizados, con una caligrafía muy cuidada, ideas, fotos y reproducciones pegadas en el lugar adecuado. Era un trabajo muy elaborado, claramente dirigido a otras personas.

–¿Y los recuerdos de Nicolás, que él escribió y compartió con usted, también estaban destinados a otras personas o eran algo privado?

–Estaban dirigidos a otras personas, pero dentro del ámbito familiar. No tenía ninguna intención de publicarlos. Lo que él dice es que, cuando uno ve en las fotos familiares a un tío en segundo plano, con barba y todo eso, puede preguntarse quién era y cómo fue su vida. Él quería que sus hijos y sus nietos supieran quién había sido cada persona. Me parece fantástico eso. Creo que todo el mundo debería escribir una especie de relato de su vida destinado a quienes lo sucedan. Es bueno para uno mismo y para los demás. Es una práctica muy buena.

–¿Encontró usted talento narrativo en esas memorias o eran apenas algunas notas?

–No, están muy bien escritas. Son textos elaborados, con un gran dominio de la narración y del lenguaje. Él mismo dice que no son más que el relato de su vida y que no tiene motivos para publicarlo, porque no hay ninguna razón para que le interese a gente que no lo conoce. Sin embargo, puedo decir que lo hizo con mucho esmero, aunque tuvieran solo un objetivo exclusivamente familiar e íntimo.

–Su madre tiene ancestros georgianos, rusos y alemanes y, entre todas esas raíces, se identificó claramente con las rusas. ¿Por qué cree que eligió ese país?

–Yo habría dicho que de todos los países de su historia, ella eligió identificarse con Francia. Mi madre se decantó totalmente por Francia. Estaba absoluta y completamente comprometida con los principios republicanos franceses. De hecho, no nos enseñó ruso a mis hermanas y a mí, algo que lamento mucho. Para ella, el ruso estaba bien, pero, ante todo, éramos franceses. Lo que resulta desconcertante es que alguien que era hija de emigrantes rusos blancos se convirtiera en especialista en la Unión Soviética. A mi madre le apasionaba ese mundo. En sus comienzos no era una intelectual conocida ni expresaba públicamente sus opiniones, pero tenía ese anticomunismo que se daba por sentado entre los rusos blancos y que, en cambio, no era nada habitual en la vida intelectual francesa de los años sesenta y setenta. Muchos intelectuales eran comunistas o, al menos, compañeros de camino, como se decía entonces. A ella, eso le resultaba totalmente ajeno. Ella decidió interesarse por la Unión Soviética, aunque ese interés sigue siendo un poco un misterio para mí. Además, su especialidad eran los pueblos musulmanes soviéticos, un mundo que, en principio, le era bastante ajeno. Pero fue por ese camino que pasó de ser una académica muy apreciada por sus colegas a convertirse en autora de un bestseller, L'Empire éclaté (publicado en 1978 y traducido al español como El imperio estalla), un libro enorme, lleno de estadísticas extremadamente áridas, sobre las nacionalidades musulmanas del Cáucaso y de Asia Central. Es una trayectoria curiosa. Después volvió a convertirse, en cierto modo, en especialista en Rusia. Cuando escribía sobre Catalina II, Pedro I o los Romanov, parecía regresar a sus raíces. Pero sus reflexiones sobre la Unión Soviética me resultan especialmente interesantes y lúcidas, incluso vistas desde hoy. Mi madre me enseñó a ver a Rusia y a la Unión Soviética como una especie de imperio de la mentira, una versión sistemática de la falsificación. Cuando escribí aquel librito llamado Uchronie, sobre la visión ucrónica de la Unión Soviética, fue ella quien me hizo comprender que esas historias alternativas, que son divertidas y novelescas, también pueden ser instrumentos de poder. Es lo que decía Orwell: la dictadura no consiste solo en controlar el presente, sino también en controlar el pasado.

El escritor francés Emmanuel Carrère, en la Embajada de Francia en la Argentina, en la víspera de su presentación en el Filba. Foto: Martín Bonetto.

–Cuando Rusia invadió Ucrania, esa experta que llevaba décadas analizando el devenir ruso sintió miedo. ¿Qué temía exactamente?

–Por decirlo de una forma un poco maliciosa, pero con cariño, creo que lo que la afectó terriblemente no fue que Putin invadiera Ucrania, sino haberse equivocado ella misma al descartar una guerra pocos días antes. A mi madre no le gustaba equivocarse ni que se lo hicieran notar. A partir del derrumbe de la Unión Soviética y del regreso de Rusia, tengo la impresión de que se veía –y eso me parecía digno de admiración– como una especie de embajadora en ambos sentidos: alguien que explicaba a los franceses qué era Rusia y a los rusos qué era Francia. Ella creía profundamente en un destino europeo para Rusia. En el gran debate que recorre la historia intelectual rusa entre occidentalistas y eslavófilos, ella estaba totalmente del lado de los occidentalistas. Defendía una Rusia europea e intentó convencerse de que avanzábamos en esa dirección, a veces contra toda evidencia. Al principio del gobierno de Putin, mucha gente pensaba que era un jefe de Estado moderno, que había puesto orden en un país sumido en el caos y que, en el fondo, sería posible llegar a un entendimiento. Mi madre también lo creyó. Tardó en advertir su error: ella seguía viendo a Putin como un hombre racional, un líder, un jugador de ajedrez que actuaba según las reglas de la política real. Por eso pensaba que, aunque fuera difícil, podíamos entendernos. La invasión de Ucrania y los acontecimientos que la precedieron demostraron que, claramente, no se jugaba con las mismas reglas.

–¿Su madre se equivocó o Putin cambió?

–Creo que Putin cambió, pero a mi madre le costó mucho darse cuenta. Hay una teoría de Giuliano da Empoli, autor de El mago del Kremlin, cuya adaptación cinematográfica hice con Olivier Assayas y que estamos esperando que se estrene. Según esa interpretación, Putin estaba dispuesto a mostrarse bastante favorable a Occidente, pero tuvo la impresión de que lo habían menospreciado y tratado con desdén. Hubo algo que nunca pudo aceptar: que Barack Obama dijera, de manera despectiva, que Rusia era una potencia regional. Creo que entonces se esfumaron sus posibles buenos sentimientos hacia Occidente. En 2007, Putin pronunció en la Conferencia de Seguridad de Múnich un discurso que dejó a todo el mundo boquiabierto. Era una declaración de guerra, muy parecida a lo que dice ahora Serguéi Lavrov, el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia. Después llegó la invasión de Crimea, en 2014. Si entonces no lo habíamos entendido, era el momento de hacerlo. Dicho esto, yo estaba en la misma situación. Tampoco me di cuenta.

–Usted desarrolló una relación propia con Rusia, más allá de la de su madre, aunque pasó mucho tiempo intentando alejarse de ese tema, porque era el ámbito profesional de ella. Con todo, Rusia terminó entrando en su vida y en su obra. ¿Cómo fue esa lucha?

–Lo que me pasó fue que, en el año 2000, fui a hacer un reportaje a una pequeña ciudad llamada Kotélnich. Era un encargo. Pensaba que iba a hacer un reportaje para la televisión, pasar diez días allí y dedicar quince días al montaje. Nada más. No me daba cuenta de que estaba entrando en un ciclo de mi vida que iba a durar casi veinte años. La historia de Kotélnich transcurre en lo más recóndito de Rusia, en lo que llaman glubinka (la Rusia profunda), algo que, en un francés elegante, podríamos traducir como “el culo del país”. Lo curioso es que allí accedí a una Rusia exactamente opuesta a la de mi madre. Ella se relacionaba con funcionarios, académicos, ministros; incluso fue recibida varias veces por Putin. Yo, en cambio, me encontré en un lugar realmente lúgubre, donde se ven pasar trenes que nadie tomará jamás. Allí terminé haciéndome amigo del policía del barrio, un agente del FSB que era al mismo tiempo un sinvergüenza, sentimental, amenazante, peligroso y, evidentemente, alcohólico. No era en absoluto el mismo tipo de personaje que conocía mi madre. Esa es una de las Rusias que terminé describiendo. Después llegó otra, a través de alguien tan extraño y fuera de lo común como Eduard Limónov.

–¿Su madre se interesaba por esa otra realidad rusa que usted descubría o se mantenía en su ámbito?

–Lo único que puedo decir es que, contra todo pronóstico, Limónov le gustó mucho. Había muchas cosas que no le gustaban, pero le rendí homenaje como historiadora. En varios momentos, expresé una especie de deuda hacia ella, y eso le llegó mucho.

–En cambio, Una novela rusa no fue su libro favorito.

–No, Una novela rusa fue realmente un tema delicado. Es un libro muy transgresor. Afortunadamente, las cosas se arreglaron después entre nosotros.

–Hay algo que puede resultar difícil de entender desde acá: el peso que sigue teniendo la figura del colaboracionista durante la Segunda Guerra en Francia, incluso cuando hablamos de hechos ocurridos hace tanto tiempo. Usted descubre que su abuelo, el padre de Hélène, había sido colaboracionista.

–Creo que en mi madre había también una especie de anacronismo. Su padre desapareció cuando ella tenía quince años. Que tu padre muera a esa edad ya es doloroso; que desaparezca hace que el duelo sea prácticamente imposible. Y, además, estaba en el bando equivocado. Al dolor se sumaba la vergüenza. Creo que esa vergüenza fue tan grande que mi madre construyó su identidad a partir de ella. Su extraordinario ascenso social y su integración en la sociedad francesa se levantaron sobre el hecho de que su padre había vivido y muerto como un paria. Podría haber pensado que, treinta o cuarenta años después, todo eso había quedado atrás. Sin embargo, para ella hablar del tema era como volver a ser aquella joven de quince años para quien representaba una amenaza absoluta. Cuando quise escribir sobre su padre, estaba convencida de que sería una catástrofe social: que la gente le daría la espalda, que tendría que irse a vivir al extranjero y que la expulsarían de la academia.

El escritor francés Emmanuel Carrère, en la Embajada de Francia en la Argentina, en la víspera de su presentación en el Filba. Foto: Martín Bonetto.

–Pero eso no ocurrió.

–Claro que no. Cuando publiqué el libro, nadie le reprochó a mi madre que tuviera un padre colaboracionista. A nadie se le ocurrió responsabilizarla por algo con lo que no tenía nada que ver. Varios años después, mi madre me dijo, de manera muy sorprendente y bastante rápida: “Hiciste bien en escribir ese libro”. Creo que hay una razón para ello. Cuando pasás toda la vida sintiéndote amenazado por algo y, finalmente, eso ocurre sin que pase nada, experimentás una especie de alivio. Pero, más allá de mi madre, creo que la cuestión de la colaboración con el nazismo sigue muy presente en la sociedad francesa. En los años setenta y ochenta hubo una revisión histórica impulsada por historiadores como Robert O. Paxton y por películas extraordinarias como Le Chagrin et la Pitié, de Marcel Ophuls. Ese documental sobre la vida en Clermont-Ferrand durante la ocupación marcó profundamente la sensibilidad francesa. Después de la guerra, De Gaulle había contribuido a construir una imagen de unidad nacional según la cual todos los franceses habían sido miembros de la Resistencia. Más tarde, algunos historiadores empezaron a decir que no había sido así: hubo resistentes heroicos, sí, pero también muchos colaboracionistas. Todavía hoy, las películas y los libros sobre la ocupación suscitan debates morales. Es un tema que sigue vivo. Hace poco, el cineasta francés Xavier Giannoli hizo una película de gran éxito sobre dos figuras de la colaboración parisina. Lo criticaron mucho por humanizarlas demasiado. Yo, personalmente, nunca critico que se humanice demasiado a un personaje. Creo que es necesario. En cambio, la guerra de Argelia nunca adquirió ese mismo lugar en la memoria francesa. A nadie parece importarle demasiado; muy poca gente la conoce. Es un episodio mucho menos familiar, aunque esté más cerca en el tiempo y haya sido terrible. Quizá una historia permita ignorar la otra.

–En algún momento definió a su madre como una mujer de derechas. ¿Qué significaba ser de derechas para ella?

–Mi madre no era en absoluto de extrema derecha; la horrorizaba. Era más bien una mujer conservadora. En aquella época, ser de derechas significaba, entre otras cosas, ser anticomunista. Y ella lo era. Durante los años sesenta, buena parte de la intelectualidad francesa era comunista o simpatizaba con el comunismo. Mi madre estaba claramente fuera de ese campo, tanto por tradición familiar como por lo que yo llamaría competencia profesional. Tenía todas las razones del mundo para desconfiar del comunismo. De manera que mi madre detestaba la extrema derecha y, ante todo, se consideraba un producto de la República Francesa. Era completamente republicana.

–Y meritocrática.

–Meritocrática, sí. Se consideraba un producto puro de la meritocracia francesa, de la escuela francesa y de todo eso. Habría aceptado perfectamente que dijera que era de derechas, siempre que quedara claro que no lo era en un sentido extremista, sino perfectamente respetable. Nunca le oí comentarios políticos que me escandalizaran. Estaba del lado de las instituciones: le gustaban el decoro y las instituciones, y no le gustaba el desaliño izquierdista. Ese no era su estilo.

–¿Cree que hoy, en Francia, una chica hija de inmigrantes tendría las mismas oportunidades que tuvo su madre si contara con un talento y un sentido de la responsabilidad semejantes?

–Es un poco engañoso plantearlo así, porque la inmigración de la que formaba parte mi madre era una inmigración de exiliados y marginados, pero de personas que pertenecían a una élite social e incluso cultural. Por eso, precisamente, los rusos blancos se integraron de manera notable en una sola generación. No les resultó fácil, pero llegaban con un bagaje cultural que no tienen necesariamente quienes vienen de familias del África subsahariana o del Magreb, por ejemplo, y que están mucho menos familiarizados con la cultura francesa y, a menudo, tienen un nivel educativo más bajo. Las dificultades son mucho mayores. No quiero restarle mérito a mi madre, pero creció en una familia donde se hablaban muchos idiomas y había toda la cultura posible e imaginable. Es cierto que tuvo que remontar la cuesta social desde una vida inicial muy precaria.

–La entrevista comenzó preguntándole sobre la posibilidad de que un hijo conozca a sus padres realmente. Cuando su padre decidió ordenar los expedientes de sus investigaciones familiares, ¿es posible imaginar que lo conocía tan bien a usted que imaginó este libro?

–No lo sé, pero me gusta pensar que sí. Tengo la sensación de que todas sus investigaciones anteriores eran solo para él. En cambio, este trabajo sí estaba dirigido a alguien: estaba hecho para mis hermanas y para mí. Pero, como era yo quien escribía, fui quien se hizo cargo de ese material.

–¿Y su madre? ¿Qué relación tenía con esas investigaciones y con los expedientes?

–Creo que no le interesaban demasiado.

El escritor francés Emmanuel Carrère, en la Embajada de Francia en la Argentina, en la víspera de su presentación en el Filba. Foto: Martín Bonetto.

–Pero era su familia.

–Era su familia. Le gustaba decir que su familia era rica, que tenía títulos nobiliarios y que era importante, al menos por el lado ruso. Los georgianos no pertenecían a ese mundo: en el fondo, eran una pequeña burguesía culta de un país colonizado, una intelectualidad de una nación colonizada. Y eran gente estupenda. De todos esos antepasados, son los que más me gustan.

–En esa historia familiar aparece también una expresidenta de Georgia, Salomé Zurabishvili.

–Sí, es un destino increíble: la hija que termina siendo presidenta del país del que sus abuelos huyeron casi un siglo antes, y que regresa primero como embajadora de Francia y después como presidenta. Es realmente extraordinario.

–¿Son, en cierto modo, dos caras de un proceso de integración en Francia?

–Sí. Se parecían bastante. Las dos eran producto de la meritocracia francesa. La diferencia estaba en el acercamiento a Rusia de una y a Georgia de la otra, pero, en cuanto al carácter, no estaban tan alejadas. Además, se llevaban muy bien.

–¿Qué está escribiendo ahora?

–Nada de nada.

–¿Y cómo surge el tema de un libro? ¿Hay búsqueda o es algo mágico?

–Es mágico, pero también misterioso. En el fondo, no sé de dónde viene. En este caso, veo claramente de dónde surgió: está relacionado con la muerte de mis padres. Es un tema que se impone. Ahora no veo ningún tema que se imponga. No hay nada en mi vida que suponga una gran transformación. En el mundo sí están ocurriendo grandes transformaciones, pero no sé muy bien cómo plasmarlas en un libro.


Emmanuel Carrère básico

  • Nació en París, en 1957 y se ha impuesto internacionalmente como un extraordinario escritor con ocho celebradas novelas de no ficción: El adversario; Una novela rusa; De vidas ajenas (el mejor libro del año según la prensa cultural francesa); Limónov (galardonado con el Prix des Prix como la mejor novela francesa, el Premio Renaudot y el Premio de la Lengua Francesa); El Reino (mejor libro del año según la revista Lire); Yoga; V13 y Koljós (premios Médicis y Grand Continent).

El escritor francés Emmanuel Carrère, en la Embajada de Francia en la Argentina, en la víspera de su presentación en el Filba. Foto: Martín Bonetto.

  • También se han publicado sus libros de reportajes periodísticos Conviene tener un sitio adonde ir y Calais y su biografía de Philip K. Dick Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, y se han recuperado sus cinco novelas de ficción, La amiga del jaguar, Bravura, El bigote, Fuera de juego y Una semana en la nieve (Premio Femina), así como el ensayo El estrecho de Bering.

  • En 2017 fue galardonado con el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances y en 2021 recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras, ambos en reconocimiento al conjunto de su obra.


“Emmanuel Carrère en primera persona”, un diálogo con la cronista y escritora Leila Guerriero, tendrá lugar esta noche a las 20 en el Salón de actos de la Facultad de Derecho de la UBA. Las entradas son gratuitas y se podrán retirar (dos por persona) hoy, de 15 a 18 en el museo MALBA y de 18 a 20 en la Facultad de Derecho, hasta agotar la capacidad de sala.

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