28/09/2026 11:43
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Beatriz de Vicente, abogada y criminóloga, 57 años: “La experiencia es un grado para detectar un ‘vino picado’ en los juzgados, pero no hay una regla matemática para detectar la mentira”

Beatriz de Vicente, abogada y criminóloga, 57 años: “La experiencia es un grado para detectar un ‘vino picado’ en los juzgados, pero no hay una regla matemática para detectar la mentira”

Inmersa en la sexta temporada de su pódcast ‘Bestias’, la letrada bucea en los aromas y sabores que han dado forma a una trayectoria dibujada entre juzgados, aulas y platós.

Nacida del ensamblaje entre un cardiólogo humanista y una acuarelista bohemia, Beatriz de Vicente (Madrid, 1968) admite que sabe quitarse las gafas de abogada y criminóloga para disfrutar de una cena en la desembocadura del río Palmones o brindar con un buen Rioja. Madrileña de nacimiento, pero criada en una Algeciras que todavía le evoca un aroma a sal y marisco —“el sabor es salado, como el Atlántico bravío”—, marida el oficio jurídico con una vocación divulgadora arrolladora que mantiene activa en las ondas y las pantallas. Entre las clases universitarias que imparte, las guardias del turno de oficio y sus habituales análisis en televisión, la polifacética comunicadora disfruta del éxito de su pódcast Bestias en Podimo, cuya sexta temporada ha consolidado un tono único para diseccionar los rincones más oscuros —y fascinantes— de la conducta humana con la misma soltura con la que cultiva el arte de la curiosidad que le inculcó su padre.

Asegura que la experiencia en los juzgados le ha enseñado a detectar mejor las red flags que delatan la mentira, aunque en las distancias cortas huye de los perfiles calculados y cultiva el positivismo como antídoto contra el desgaste. “El secreto es poner el corazón en lo que haces, poner pasión; y no atormentarse con los errores, sino aprender de ellos”, confiesa quien prefiere la intensidad de las sobremesas sencillas, el contacto con la naturaleza y el refugio de sus animales.

Con una voz inconfundible y un torrente de energía inagotable, Beatriz de Vicente celebra una etapa vital marcada por la madurez y la gratitud hacia un camino esculpido a base de esfuerzo. “Soy una guerrera”, apunta. Por su insobornable honestidad, su contagiosa pasión por enseñar y esa capacidad única de recordarnos que el cuerpo jamás miente, hoy servimos en copa los secretos de la mente criminal y brindamos con ella para hablar del arte positivista de decir “no” para empezar a encontrarse de verdad.

¿Adónde me llevarías a cenar ahora mismo, para celebrar esta etapa en la que maridas tu trabajo como abogada con el pódcast Bestias, la docencia y las colaboraciones en televisión?

Soy de cenar poco fuera, pero también soy intimista, así que probablemente no te invitaría a mi casa. Si lo hiciera en Madrid, iríamos a un sitio precioso en El Berrueco que tiene unas vistas excepcionales al pantano del Atazar y se come de maravilla. Si te invitara en el sur, donde yo me he criado, te llevaría a un chiringuito precioso que está en la desembocadura del río Palmones. Está en la bahía del Campo de Gibraltar, que se ha recuperado después de que quitaran una de las grandes industrias pesadas, y es una maravilla. También te invitaría al Tangana, un restaurante muy informal que me gusta muchísimo; está en Valdevaqueros y allí te lo vas a pasar de lujo. En cualquiera de esos tres comeríamos muy bien.

Alguna vez has bromeado con que no sueles beber porque “te va directo a la sangre como un lagarto”. Hoy, ¿qué botella pediríamos para empezar?

Vamos a decir que la bebida me vuelve muy concupiscente. Hago por no beber porque me achispo, pero un buen rioja me encanta y también me gusta el lambrusco. Otro vino que me vuelve loca es el de Oporto; es casi un vino de postre por lo dulce que es, pero me gusta mucho.

Decías que te has criado en el sur, aunque naciste en Madrid

Nací en Madrid y soy hija de madrileños, pero me crié en Algeciras. Soy bilingüe, puedo hablarte un andaluz perfecto.

Soy bilingüe, puedo hablarte un andaluz perfecto. Foto: IG/bestias.podcast

¿Qué aroma o sabor te transporta a aquellos años de infancia?

El mar y la sal; el atún fresco, el marisco, los erizos… El sabor es salado, como el Atlántico bravío.

Eres fruto del ensamblaje entre un doctor, tu padre, y una acuarelista, tu madre

Eso me ha hecho un ser libre. A veces libertaria, pero me han cultivado de maravilla. Mi madre, Teresa de Castro, era una mujer con un absoluto sentido de la sensibilidad. Era poeta y bohemia. Mis padres se divorciaron y mi madre siempre decía: “Gracias al divorcio, me descubrí a mí misma”. Era una mujer entregada, como las de la época, pero le dio tiempo a descubrirse. Era libre y maravillosa. Y mi padre era un científico loco y estupendo, casi un hombre de otra época. Era humanista; estudió Psicología, Filosofía… ¡y era cardiólogo! Tenía varias especialidades médicas, pero también tocaba la guitarra de conservatorio y era muy deportista. Se hizo profesor de yoga en la Universidad de Bombay, aprendió windsurf en Tarifa y viajaba mucho. Fue delegado de la ONU ocho años y estuvo en el Plan Nacional sobre Drogas en la década de los 80. Hizo varias publicaciones científicas y controlaba varios idiomas.

Era un hombre de impresionante bagaje

Él me entrenó en el arte de la curiosidad. Era muy avasallador, y eso a veces me pasa a mí; somos presencias muy arrolladoras. A veces te dicen “es que pisas a los otros”, pero no lo pretendo. Soy de las que digo: “Si no me conoces bien o no estás bien de autoestima, no me invites a tu cumpleaños… porque igual acabo soplando las velas”.

Decía mi padre que el corazón a veces te engaña y la razón te confunde u obceca. Foto: IG/bestias.podcast

Eres abogada penalista y letrada de oficio. ¿Cómo se entrena el olfato para detectar un ‘vino picado’ en los juzgados?

Las ciencias del comportamiento no son exactas; no hay una regla matemática para detectar la mentira. Pero llega un momento en el que la vida te da experiencia para ver cuando alguien miente o te quiere manipular. No hace falta ser abogado penalista; mucha gente de calle tiene esa sabiduría de decir: “¡Te veo venir!”. Decía mi padre que el corazón a veces te engaña y la razón te confunde u obceca. Hay una información que viene de las entrañas, que es la del animal; hay personas a las que no conoces y, sin saber por qué, no hay química alguna. Hay gente que te inquieta, aunque sea aparentemente diligente y amable.

¿Qué tiene de cata a ciegas el turno de oficio?

La experiencia es un grado, pero es engañosa. Lo que te informa cuando ves que algo no encaja es lo que, en criminología, se llaman las red flags. Cuando un escenario ha sido manipulado, se buscan esas banderas rojas. Y son incoherencias que también pasan en la vida. Si estoy moviendo un pie nerviosamente, pero digo que estoy tranquilo, verás que lo que digo no tiene nada que ver con lo que hago. Es la frase del hombre inocente. El hombre inocente, si le acusan de atropellar a un niño, dirá: “Pero por Dios, ¿está vivo? ¿Está bien?”. Un hombre que no es inocente preguntará por las pruebas que hay contra él. O dará explicaciones que no se han pedido, o exagerará la respuesta, o resultará egoísta… Hay muchos elementos que vas viendo con el tiempo, y muchas veces también te equivocas. No es nada fácil y no tenemos una varita mágica.

El poso de lo aprendido en el derecho, ¿te ha servido para habitar un mundo como el de los medios de comunicación?

Especialistas en psicopatías, como el grandísimo Robert Hare, recuerdan que la psicopatía no es una enfermedad mental, sino un trastorno de la conducta. Hay psicópatas que no delinquen, que están integrados y son prosociales. No siempre un psicópata es malo. El padre cacique, el jefe tirano, el amigo manipulador, la pareja extorsionadora, el compañero trepa... son, como decía un profesor mío, ‘hijópatas’. ¿Y dónde los vas a encontrar? Donde haya poder, control, dinero, fama; en la política, la policía, en los abogados, en los banqueros… o en la televisión. Pero todos tenemos ciertas características psicopáticas; todos somos un poco mentirosos, manipuladores, narcisistas, egocéntricos, crueles, cutres o trepas. El problema es que hay personas que se instalan a vivir ahí, y en televisión ves a gente a la que se la ha comido el personaje. Hay personas que se centran en el “yo” y, da igual de lo que hablen, parten de sí mismas. También es que ahora hay determinados productos mediáticos, en televisión y redes, que dan para hacer un máster.

¿Cómo cuáles?

A mí me tiene fascinada La casa de los gemelos, que lo estamos analizando en mis clases. ¿Cómo es posible que yo tenga una clase de 30 alumnos donde casi 20 lo siguen? ¿Qué es lo que les fascina? ¿El friquismo? ¿La agresión? ¿La sexualidad? ¿La diferencia? ¿La anormalidad? ¿O que les aparta de su día a día?

Hay muchas técnicas para averiguar la personalidad de un sujeto dependiendo de sus actos. Foto: IG/bestias.podcast

Cuando te sientas a cenar en un restaurante, ¿consigues apagar el piloto automático o te sale ponerte las gafas de criminóloga para examinar al comensal de la mesa de al lado?

No. Pero de pequeña, con mi madre, jugábamos —sin saberlo— a hacer perfilación criminal indirecta y me encantaba. Hay muchas técnicas para averiguar la personalidad de un sujeto dependiendo de sus actos. La perfilación indirecta, en realidad, la realizamos todos de forma doméstica. Cuando te fijas en cómo alguien tiene ordenada la habitación; en cómo se viste o se mueve, en cómo se porta en la mesa… o en cómo se expone en redes. ¿En todas las fotos sale él, o sale con alguien? ¿O no sale en ninguna? Con mi madre, cuando veíamos a alguien, jugábamos a pensar: “Está recién divorciado, viene de casa de su mujer, está enfadado, no le ha dado tiempo a vestirse bien…”. Pero no lo haría en una cena. Si estoy en una cena, espero divertirme hablando contigo. Es cierto que, por cierta deformación profesional —o vivencial—, recibo casi de forma inconsciente la información que me van lanzando. Hay muchas personas que no sé lo que tienen dentro, pero sí sé lo que desprenden. Dicen que los neandertales no mentían, y no mentían porque no hablaban. El lenguaje permite mentir, pero el cuerpo no miente. Es muy difícil, salvo que tengas entrenamiento, que tu cuerpo no diga la verdad.

Donde sí te pones las gafas de criminóloga es en tu pódcast. Estás inmersa en la sexta temporada de Bestias, en Podimo

Mi presencia mediática se prolonga casi 30 años; con 27 o 28 fue mi primer programa. He tenido una relación amor-odio con los medios porque te puedes convertir fácilmente en un monstruo o un friki. Puedes herir sensibilidades, así que siempre intento ser neutral y divulgadora. Soy una mujer vehemente, y en medios de comunicación intento ser técnica y no dar mi opinión. El nacimiento de Bestias parte de la mayor exposición de mi carrera profesional, cuando aparecí en un reportaje de Netflix sobre el caso del asesino de la baraja. Aquello hizo que Victoria Martín, a la que adoro, y Nacho [P. Pardo], que es su chico, pusieran los ojos en mí. Me invitaron a un pódcast, que lo he aprendido a decir ahora porque no sabía ni lo que era. Fui completamente a ciegas y, como soy bestia, con esa mezcla de bruta y técnica, me propusieron hacer mi pódcast. Desde entonces, mi vida ha cambiado. Tengo más trabajo, pero soy más feliz porque es una de las mejores experiencias laborales de mi vida.

¡Por si no tenías bastante!

Sí. Ya tenía mis clases en la universidad, la televisión, el despacho, los cursos, las guardias, los libros de criminología, los manuales… Y ahora también estoy con Aimar Bretos en la radio, que me está encantando, pero no sé de dónde sacar el tiempo. Hacer un episodio de Bestias me requiere veinticuatro horas reales, con la búsqueda rigurosa de datos y la escritura —que lo escribo y locuto yo completamente—, y ya después lo producen ellos con los efectos de sonido. Pero lo disfruto como pocas cosas en mi vida profesional. Por un lado, por la vertiente criminológica y porque soy una jurista vocacional, una alumna serpiterna. Por otro lado, por la divulgación científica; me encanta la docencia y enseñar lo que yo aprendo. Yo no soy maestra de nada, sino que soy una alumna aventajada; ya son años y enseño a otros porque me fascina. Y luego tengo un punto teatral, cierto histrionismo.

Tu tono narrativo es una de tus señas de identidad

Me encanta trabajar con la voz. Hay quien dice que mi voz le desespera y es normal, porque es histriónica. Pero es que lo vivo. Yo soy una mujer intensa y disfruto de esa parte interpretativa.

Fuera de los sets de grabación, ¿cuál es el capricho gastronómico que siempre te cautiva?

Un tartar de atún.

Me alimento de frutas, verduras y ensaladas. Foto: IG/bestias.podcast

¿A Beatriz de Vicente se la conquista por el paladar?

No, porque hago ayuno intermitente. Me alimento de frutas, verduras y ensaladas, así que no me vas a seducir por el paladar.

Y en tu cocina, ¿qué se cuece?

Soy muy básica. Frutas, verduras, plancha, horno… y cada vez menos carne. No me hago vegana porque hay una carnívora dentro de mí. Pero cada vez me cuesta más, conociendo el maltrato animal que hay detrás de la producción de carne, aunque no puedo evitarlo. E intento evitar todo lo empaquetado y de bote. Mi comida es muy mediterránea, muy de la abuela.

¿Con qué planes maridarías tu domingo ideal?

Mi tabla de chi kung o taichí no me la quita nadie, que la hago cada mañana cuando me levanto. Si puedo, hago pesas. Y practicar sexo, por supuesto. Me encantaría que haya un buen desayuno y un buen paseo por el monte para ir a ver —y disfrutar— a mis animales, mis gatos y mis burros. También una buena comida, y no sería nada raro que después me pasase parte de la tarde trabajando. Cayendo la noche, habría alguna serie divertida; lo mismo me gustan los dragones que un thriller.

Entre tanto trabajo, ¿cuál es el secreto para que el día no se te avinagre?

Mi madre me enseñó el arte del positivismo. Hay que sonreír a la abundancia y tengo el privilegio de dedicarme a lo que me gusta. Utilizo el estrés positivo; el distrés es el que te destroza. El secreto es poner el corazón en lo que haces, poner pasión. Y no atormentarme con los errores, sino aprender de ellos. Intentar ser la mejor persona posible todos los días y no torturarme, porque tiendo a ser muy obsesiva cuando algo no ha estado bien, o podía haberlo dicho mejor y haber afinado más. Siempre tiene que haber un trocito de día para la sonrisa, el abrazo, el humor y la broma. Yo siempre hago bromas; hay que reírse todos los días un poco. Es amar, reír y mejorar. Y el esfuerzo, soy una guerrera. La lucha y el esfuerzo, que se nos ha olvidado.

Yo siempre hago bromas; hay que reírse todos los días un poco. Foto: IG/bestias.podcast

Echando la vista atrás, ¿cuál ha sido tu mejor brindis?

Aprender a decir “no”, en todos los aspectos.

¿Antes te costaba?

Durante mucho tiempo me he engañado a mí misma pensando: “Beatriz es X”. Y mira, no; ni en lo personal, ni en lo profesional. Hay que decir: “Esto no me agrada, esto no quiero hacerlo, este trabajo o esta actitud no me gusta”. El mejor brindis es verte de verdad y aprender a ser sincera contigo misma. Cuando puedes decir “no”, decirlo. Y cuando no te queda otra, que el trago sea lo más amable posible.

Si solamente conozco al personaje público, la abogada y criminóloga mediática y podcaster, ¿qué me sorprenderá de ti en la sobremesa?

Probablemente, lo que más te sorprendería es que soy muy poco sociable, lo que no significa que yo no me sociabilice con facilidad. Pero en mi vida íntima me relaciono poco. Disfruto de la soledad y de las cosas muy sencillas; me encanta el contacto con la naturaleza y soy feliz con un kayak, subiendo una montaña, andando por la playa… Pero de eso puedo pasar a una fiesta divertida y vikinga, no lo dudes.

Vamos a jugar a tu cena ideal de sobremesa eterna. Hay tres asientos libres y puedes invitar a cualquier persona de la historia o actual, viva o fallecida. ¿A quién sientas contigo?

Si son personas fallecidas, traería a mi madre y a mi padre y haríamos una cena que nunca hicimos. Sería la hostia.

¿Por qué brindarías con ellos?

Les daría las gracias por traerme a la vida, por haberme dado tanto y haberme hecho un ser tan especial.

Y ahora, en pleno arranque de curso, ¿por qué brinda Beatriz de Vicente?

Doy gracias a la vida y al mundo por lo generosa que es la naturaleza conmigo y por lo privilegiada que me siento. A veces siento que vivo dentro de una persona que se llama Beatriz de Vicente, y es apasionante, agotador y fascinante. Doy gracias.

Adrián Monterrubio

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