A los 72 años, un hombre perdió en marzo a Jerry, su mejor amigo desde la escuela primaria, y durante su funeral descubrió algo que nunca había pensado mientras él estaba vivo: no eran parte de un grupo de amigos, sino que cada uno era el único amigo verdaderamente cercano del otro. “Yo no era un amigo entre varios. Yo era el amigo. La categoría entera”, escribió al recordar aquella escena.
La sala estaba llena. Estaban la esposa de Jerry, sus tres hijas, primos, antiguos compañeros de trabajo, personas a las que había guiado y vecinos.
Pero él buscaba otra cosa: al grupo de hombres que imaginaba que aparecería en un funeral, compartiendo anécdotas y recuerdos de muchos años. No lo encontró. Había hombres que conocían a Jerry del trabajo o del barrio, pero nadie más que hubiera estado junto a él desde los once años.
La idea de encontrar un nuevo mejor amigo a los 72 años le resultaba difícil de aceptar. Foto: ilustrativa: Pexels
Se habían conocido en la escuela primaria y, desde entonces, Jerry había sido su persona de confianza. Lo llamaba para pedirle ayuda con algo pesado, cuando no sabía qué hacer con alguno de sus hijos o cuando necesitó apoyo después de la muerte de su esposa.
Nunca fue necesario construir una amistad de manera deliberada: durante la infancia, la escuela hacía que se vieran todos los días y el vínculo simplemente crecía. Hubo otros hombres importantes en su vida, pero eran relaciones vinculadas a determinadas circunstancias: compañeros de trabajo, padres que conocía en la cancha o un vecino con el que conversaba ocasionalmente.
“Eran relaciones reales, pero ligadas a lugares concretos; cuando el lugar cambiaba, la relación desaparecía con él”, explicó en su relato, publicado en el sitio Bolde. Allí explicó que, durante unos cincuenta años, tener un solo amigo cercano le alcanzó.
“Nadie puede reemplazarlo”
El dueño de este relato aseguró que antes de marzo no se sentía solo. Tenía familia y personas con las que hablaba. Sin embargo, si alguien le hubiera pedido que nombrara a sus amigos, en plural, habría dicho un solo nombre: Jerry. La verdadera dimensión de esa ausencia apareció después de su muerte, especialmente en situaciones pequeñas.
Después de la muerte de su amigo, recibió el mismo consejo de sus hijos, su médico y los artículos que le enviaba su hija: que buscara nuevos amigos, hiciera voluntariado, se anotara en alguna actividad o hablara con otros hombres en el campo de golf. Pero la idea de encontrar un nuevo mejor amigo a los 72 años le resultaba difícil de aceptar.
Jerry había sido la persona de confianza que lo acompañó desde que era chico. Foto ilustrativa: Pexels
“Es como si tuviera que hacer audiciones para un papel que alguien desempeñó durante seis décadas”, escribió. Un nuevo amigo no podría conocerlo a los 12, a los 25 ni recordar aquel momento en que estuvo a punto de abandonar su trabajo y Jerry lo convenció de no hacerlo. No podía hacerlo porque no había estado allí.
Con el tiempo, sin embargo, empezó a pensar que quizá el problema había sido asumir durante medio siglo que una sola persona podía sostenerlo todo. Ahora entiende que aquellos hombres pueden ocupar un lugar distinto. “El modelo de ‘un solo amigo’ —la forma en que los hombres de mi edad vivimos la amistad— funciona hasta que deja de hacerlo”, concluyó.
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