Este último lunes compartí, como ocurrirá con muchos, como el mundo entero quizá, el más duro homenaje, el más bello, el más humano, que ha recibido Federico García Lorca desde que ya no está en el mundo, aunque está, como poeta, como ser humano, en todas partes. Es una película debida al cineasta Manuel Menchon, autor también, por ejemplo, de un recuerdo esencial, bellísimo, de la historia y de la muerte de Miguel de Unamuno.
Lo que ahora Menchon ha expuesto para el cine actual es La voz quebrada, más de una hora de cine en la que se encuentran Lorca, su amor, su música, el latido terrible de su asesinato y los numerosos amigos que con él iban haciendo una España distinta, republicana, alegre y posible.
Lo mandaron matar los que se levantaron contra la República española. Un asesinato que hoy regresa a la historia de España como un enorme recordatorio del mayor símbolo de los terribles sucesos que dieron lugar a la dictadura de Franco.
Sentí, ante esta película, una sensación que tiene que ver con el tiempo actual, en España, en Europa, en América, en todas partes. Pues en todas partes hoy se pueden encontrar raíces terribles de lo que ya pasó en las distintas guerras de entonces, y también en las guerras que se están haciendo en países que, como este en el que escribo, sienten que es hora de ser peores.
Es un mundo raro este que quizá sólo se puede entender si se mira a atrás y se estudia, y se repudia, lo que le pasó a Lorca y lo que pasó después de Lorca, por ejemplo en la Alemania de Hitler que, por cierto, ahora está viniendo de nuevo disfrazada en todas partes como si aquel bandido hubiera sido un benefactor y no un asesino.
Hace ahora noventa años del asesinato de Lorca. Estuve en la primera exhibición de la película de Menchón. Luego le hice preguntas que aquí vienen. Tratan del amor de Lorca, Juan Ramírez de Lucas, con el que poeta quiso viajar al extranjero cuando aquella España parecía romperse. Aquel gran amor de Lorca (que luego sería un gran periodista) se guardó sus secretos, que ahora afloran (escritos) en la película de Menchón. Es, dice el autor, “el capítulo desconocido del gran amor de Lorca… La historia íntima de un amor interrumpido en el contexto de un país quebrado por la tragedia”. Como dice un inolvidable verso del poeta José Hierro, “no he dicho a nadie que he estado a punto de llorar”.
Antes de la entrevista, esto me señaló su autor para avisar de lo que fue su inspiración y de lo que es ahora su documento:
“El asesinato de Lorca hace justo 90 años le convirtió en mito. En el verano de 1936, Federico García Lorca y el joven Juan Ramírez de Lucas proyectaban abandonar España y empezar una nueva vida lejos de una sociedad que les obligaba a vivir su relación en secreto. Aquel viaje nunca llegó a producirse. Semanas después, Lorca fue asesinado en Granada, al comienzo de la Guerra Civil. Noventa años más tarde, La voz quebrada recupera aquella historia truncada y se adentra en una dimensión íntima y amorosa de Lorca vinculada a sus últimos meses de vida, hasta ahora apenas accesible desde fuentes directas”. En el curso de la entrevista el cineasta expresa este escalofrío: “El pasado está más vivo que nunca”.
“Durante estos más de cuatro años de trabajo he reconocido en el presente los mecanismos del horror que cuenta la película: señalar al diferente, normalizar la mentira y el odio. Es fácil homenajear a Lorca, lo difícil es combatir el odio que lo llevó a la muerte. Juan Ramírez de Lucas encarna otra consecuencia: sobrevivir obligado a ocultar su amor y silenciar su vida”.
“Sí, pero no desde la solemnidad, sino desde la reparación. La película es un abrazo a Federico, claro, pero también a Juan: al que sobrevivió, al que tuvo que esconder su amor, sus recuerdos y una parte esencial de su vida. Me interesaba mirar no solo al genio asesinado, sino también al hombre que quedó al otro lado de la tragedia, condenado a seguir viviendo en silencio.”
En Lorca, vida y creación son inseparables. Su dimensión universal nace de expresar desde lo más íntimo y local conflictos que cualquiera reconoce: el deseo, la represión, el miedo a vivir como uno es. Lorca nos sigue hablando porque esos conflictos siguen abiertos.
“No quería repetir ni temática ni género. Mi anterior película ya había sido una sobre la Guerra Civil española. Pero se dieron varios hechos. Llegaron a mí las primeras páginas del diario de Juan, donde decía: “Quiero que estos recuerdos vean la luz tras mi muerte”. Me conmovió profundamente que un hombre hubiera tenido que ocultar sus recuerdos durante toda una vida. A los pocos días, en mi entorno cercano, un amigo recibió una paliza por ir de la mano con su chico. Era la víspera de Navidad. Aquello me conmocionó. Entonces entendí el silencio de Juan de otra manera. Y entendí también que el asesinato de Lorca no era algo tan lejano. El pasado está más vivo que nunca.
“Viene de la necesidad de entender el país y el mundo en el que vivo. En esas vidas encuentro preguntas muy actuales: quién puede hablar, quién tiene que esconderse, qué historia es la que se cuenta, cómo llega una sociedad a consentir la persecución a un grupo. Hago cine sobre ese pasado porque sus consecuencias siguen organizando nuestro presente”.
“Envidio la determinación con la que Argentina ha luchado por la verdad y la justicia. En España siguen quedando muchas víctimas en fosas y cunetas, familias que no han podido recuperar a los suyos como en Argentina. Han pasado noventa años desde el inicio de la Guerra Civil y todavía no sabemos con certeza cuántos quedan por encontrar. Eso me aterra, que hayamos aprendido a convivir con esa ausencia”.
-Ahora esta es una película que narra el encuentro con Juan y con Federico. ¿Hasta qué punto no es también una explicación de cómo era el mundo entonces?
-La película habla de un encuentro íntimo, pero también de un mundo que convertía la intimidad en peligro.
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