Hay frases que se pronuncian en la adolescencia con absoluta convicción: “Yo nunca seré como mi padre”. Sin embargo, con el paso de los años, algunas personas descubren que repiten gestos, respuestas o costumbres que creían haber dejado atrás.
Puede ser la manera de reaccionar ante una discusión, la forma de manejar el dinero, ciertos hábitos cotidianos o incluso el modo de relacionarse con los hijos. El parecido aparece muchas veces sin que exista una decisión consciente.
La explicación no está en una falta de carácter. Durante los primeros años de vida, los niños observan a sus padres y aprenden cómo comportarse en situaciones cotidianas antes de tener la capacidad de analizar esos comportamientos.
Por eso, algunas conductas pueden quedar incorporadas como modelos familiares y reaparecer décadas después. Reconocerlas no significa estar condenado a repetirlas, sino tener la posibilidad de entender de dónde vienen.
Lo que se aprende antes de poder cuestionarlo
Un estudio longitudinal británico encontró evidencias de que determinadas formas de comportamiento pueden repetirse entre generaciones. Hay asociaciones entre las experiencias de crianza recibidas y algunas conductas parentales posteriores, aunque los investigadores también remarcaron que la transmisión no es automática ni inevitable.
Infancia: tierra de conocimiento. Foto: Freepik.
Cómo pueden instalarse estos patrones:
- Los niños aprenden observando: antes de poder explicar por qué un adulto actúa de determinada manera, un niño ya está registrando cómo sus padres reaccionan frente al estrés, los conflictos, el trabajo o las relaciones.
- Lo conocido puede parecer normal: si durante años una persona observa una determinada manera de comportarse, puede llegar a considerarla una respuesta natural, incluso cuando de adulto decide racionalmente que no quiere repetirla.
- Las conductas pueden volverse automáticas: algunos patrones adquiridos durante la infancia pueden reaparecer como respuestas rápidas ante determinadas situaciones, incluso cuando la persona sabe que no quiere actuar de esa manera.
- No todo se hereda de la misma manera: las investigaciones muestran continuidad entre generaciones, pero también modificaciones. Las experiencias posteriores, las relaciones, la educación y el contexto pueden cambiar esos patrones.
Igualita a mamá. Foto: Freepik.
- Ser consciente permite modificar el patrón: identificar “esto lo aprendí en mi familia” puede introducir una pausa entre el estímulo y la respuesta. Esa distancia permite decidir si realmente se quiere continuar con esa conducta.
Comprenderlo después de los 60
La idea de que muchos hombres pasan décadas intentando alejarse de los comportamientos de sus padres hasta comprenderlos más adelante funciona como una interpretación del fenómeno, pero no existe evidencia científica que establezca que esto ocurre específicamente a los 60 años ni que todos los hombres atraviesen ese proceso durante cuarenta años.
Lo que sí está respaldado por la investigación es que las experiencias familiares pueden dejar huellas duraderas y que ciertos patrones pueden transmitirse entre generaciones.
Por eso, descubrir un comportamiento parecido al del propio padre no debería interpretarse como una derrota personal. Puede ser, justamente, el momento en que una conducta que durante años funcionó en automático empieza a hacerse visible.
Y cuando un patrón se vuelve consciente, deja de ser simplemente “algo que hago porque siempre fui así”. Se convierte en una elección: entender de dónde vino, decidir si todavía sirve y, si no, empezar a construir una respuesta diferente.
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