12/09/2026 21:57
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La sanidad inmóvil

La sanidad
inmóvil

Las alarmas se multiplican, pero además se potencian entre sí. La hora actual exige una especial luminosidad mental frente a la oscuridad y el declive del ambiente institucional y

La sanidad argentina se encuentra en una situación límite. El aumento de la tuberculosis, sífilis, Chagas, desnutrición, los problemas vinculados con la mala praxis (como las cesáreas, que alcanzan el 40% de los partos), el descontrol en algunas clínicas, institutos y laboratorios respecto al manejo de drogas, la aparición de médicos falsos atendiendo en ámbitos sensibles (escuelas, comisarías), la suba en la tasa de suicidios, la caída de la vacunación infantil y un largo etcétera, forman parte de una realidad que aparece de manera recurrente en los diarios.

Las alarmas se multiplican, pero además se potencian entre sí. La hora actual exige una especial luminosidad mental frente a la oscuridad y el declive del ambiente institucional y sanitario. Nos vemos inmersos en un momento en el que la falta de organización en el Sector Salud genera la fragmentación de sus actores principales, acercándonos a la anomia: a un punto en el que se pierde el sentido de las normas y sus fines. No se consolida un Sistema Federal Integrado de Salud ni un Observatorio de Salud que actúe como brújula y guía, careciendo de una planificación estratégica que articule armónicamente el sector público con el privado en redes cualificadas.

Es ahora cuando más necesitamos construir una nueva cosmovisión que nos lleve hacia la creación de procesos eficientes, equitativos y humanos. El educador argentino Gregorio Weinberg ya en 1999 iluminó un sendero señalando hacia el pasado y hacia el futuro. Al pasado, al advertir que necesitamos recuperar el optimismo que nos llegó de la Ilustración y el Positivismo. Y al futuro que implicarían los avances inéditos del desarrollo científico y tecnológico puestos al servicio de la vida humana.

Al mismo tiempo, los actuales adelantos en el campo de la medicina nos llevan a una clara dualidad entre una gran oportunidad y un gran riesgo. Oportunidad de incorporarlos al sistema productivo de la salud, y riesgo de que su utilización acrítica sea un agregado más a la ya fragmentada y desigual estructura sociosanitaria. Merece rescatar a un lúcido pensador como Adorno, quien señalaba que, en el estado de civilización técnica altamente desarrollada los seres humanos han quedado, de un modo curiosamente informe —sin forma propia—, por detrás de su propia civilización.

También se preguntaba qué significa superar el pasado, y respondía que el pasado sólo habrá sido superado el día en que las causas de lo ocurrido hayan sido eliminadas. Podríamos preguntarnos qué significa construir un futuro. Ciertamente, no negar, olvidar ni renegar del pasado, así como tampoco añorarlo o mitificarlo. Más bien, aprender de él y proyectar sus luces declinando sus sombras.

Nuestro país parece atrapado entre un pasado que no logramos superar y un futuro que no osamos imaginar. En “Esperando a los bárbaros” el poeta Kaváfis pinta una sociedad que convierte el temor a una supuesta amenaza en la excusa perfecta para la inmovilidad. La inacción frente a la fatalidad deslinda la responsabilidad de actuar. Los “bárbaros” son menos una excusa que una fantasía que redime de cualquier constructo a mediano plazo.

De manera análoga, en Esperando a Godot, la célebre obra de Samuel Beckett, los personajes viven a la espera de alguien o algo que nunca llega, que no saben quién es, pero se espera que, aunque no vendrá hoy, “mañana seguro que sí”; como en Mi tío de América, de Henri Laborit, donde esperan una herencia que no llegará. Para transformar la salud, como cualquier ámbito neurálgico de la nación, los argentinos debemos dejar de esperar y comenzar a actuar. w

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