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Françoise Gilot, la mujer que expuso el lado más violento y manipulador de Pablo Picasso

Françoise Gilot, la mujer que expuso el lado más violento y manipulador de Pablo Picasso

Durante diez años, Françoise Gilot compartió su vida, sus hijos y su arte con Pablo Picasso, hasta convertirse en la única mujer que decidió abandonarlo. La historia está basada en

París estaba bajo la ocupación nazi cuando Françoise Gilot conoció a Pablo Picasso en 1943. Ella tenía 21 años, cuando estaba preparando una exposición de arte junto a una amiga, luchando contra el futuro que su padre le había impuesto -había estudiado derecho y literatura por obligación, pero desde chica sabía que quería ser pintora-.

Picasso tenía 61 años, ya era reconocido por obras como el Guernica, y era uno de los artistas más importantes de su tiempo, aunque los nazis consideraban su obra "degenerada" y le habían prohibido exponerla públicamente.

Se cruzaron una noche en Le Catalan, un pequeño restaurante parisino. Picasso estaba sentado en la mesa de al lado y, después de intentar llamar la atención de Gilot y su amiga Genevieve, se acercó con un bol con cerezas.

Cuando supo que ambas eran pintoras y que tenían una exposición en París, se rio: "las chicas con ese aspecto no pueden ser pintoras", dijo. Y después las invitó a conocer el taller.

Francoise Gilot pintando en su estudio entre las décadas del 40 y 50. Foto: Pinterest

Gilot aceptó. En ese lugar encontró el desafío que estaba buscando. Un artista que admiraba dispuesto a mirar sus dibujos, enseñarle técnicas y pasar horas con ella hablando de pintura, filosofía y creación. Picasso se convirtió, primero, en su mentor y después el vínculo escaló hasta el suplicio.

Para entonces, su vida sentimental ya arrastraba varias historias inconclusas. Él seguía casado con Olga Jojlova , veía regularmente a Marie Walter, madre de su hija Maya, y todavía estaba relacionado con Dora Maar.

Gilot se sumó a la lista de mujeres sin saber que, durante los siguientes diez años, conocería de cerca una dinámica que todas las otra mujeres habían padecido anteriormente.

Cuando Picasso la besó por primera vez, Françoise no respondió ni lo rechazó. El frenó y, molesto, le dijo que, por lo menos, podría haberlo empujado porque de otra manera iba a acostumbrarse a pensar que podía hacer con ella lo que quisiera. Gilot tampoco quiso decirle que estaba enamorada. Esa indiferencia hizo que le atraiga aún más.

De aprendiz a pareja de Picasso

Durante los siguientes meses, Gilot comenzó a frecuentar cada vez más el taller. Picasso le enseñaba técnicas de pintura y grabado, pero no pasó mucho tiempo hasta que las conversaciones excedieron el arte. Hablaban de filosofía, de sus formas de entender la vida y de una conexión que él definía como que podían "hablar el mismo idioma".

En 1944, con la liberación de París, esa intimidad quedó rodeada, además, por la enorme exposición del artista. El estudio, su refugio, ahora estaba invadido por periodistas, soldados, turistas y marchantes.

Gilot descubrió aquella dinámica de Picasso. En un momento podía buscarla intensamente, para después herirla a fin de comprobar cómo reaccionaba. Cuando ella intentó tomar distancia, le aseguró que ella no significaba nada para él y que prefería conservar su independencia. Françoise respondió que ella también y se fue.

Pablo Picasso mostrándole una pieza de cerámica a Gilot en la "Maison de la pensée" (1948). Foto: AFP

Sin embargo, siguieron compartiendo hasta que una situación la puso en verdadero modo alerta con Dora Maar como protagonista.

En 1945, Picasso le contó que la fotógrafa había sufrido un colapso mental y estaba teniendo alucinaciones. Frente a Gilot, defendió su lugar en la vida de Maar asegurando que él la había construido y elevado como artista. "Quizá la elevaste, pero solo para dejarla caer después", les respondió François.

Gilot empezó a notar que Picasso se acercaba a mujeres talentosas, las estimulaba artísticamente y, una vez que dejaban de ocupar un lugar de inferioridad para él, destruía el vínculo.

No quería ser la siguiente. Se fue a Gran Bretaña y pasó meses sin verlo, aunque la distancia no funcionó. El día de su cumpleaños número 24, regresó al taller y se encontró con que, en sus dos meses de ausencia, Picasso había producido una serie de litografías de ella, repetidas veces.

En 1946, Picasso empezó a presionarla para que se mudara definitivamente con él. Durante una de sus discusiones, agarró el cigarrillo que tenía en la mano y se lo apoyó sobre la mejilla derecha. Ella se quedó inmóvil, y cuando él mismo dio por terminada la situación dijo: "no, no es una buena idea. Puede que todavía quiera mirarte".

A pesar de todo, meses después comenzaron a convivir.

Francoise Gilot junto a Pablo Picasso. Foto: Pinterest

La familia que Picasso decía querer

La convivencia no eliminó a las otras mujeres de la vida de Picasso. Durante unas vacaciones, recibía cartas apasionadas de Marie Walter y se las leía en voz alta a Françoise para remarcarle cuánto lo amaba.

Cuando se hartó y quiso irse, él la alcanzó en auto y le propuso tener un hijo, como solución a sus discrepancias. Según Picasso, no sabría realmente qué significa ser mujer hasta convertirse en madre. Poco después quedó embarazada de Claude, que nació en mayo de 1947. Dos años más tarde llegó Paloma.

Con dos hijos, la cotidianidad empezó a recaer cada vez más sobre Gilot. Además de criar, organizaba la casa, resolvía mudanzas y tareas del taller e intentaba encontrar algún espacio para su propio proyecto artístico. Cuando Picasso alquiló una fábrica de perfumes para trabajar, era ella quién debía llegar antes para limpiar y encender las grandes estufas de leña.

Claude y Paloma Picasso, hijos de Francoise y Pablo Picasso. Foto: IG/museupicasso

La familia estable que habían construido tampoco pareció sentarle demasiado bien a Picasso. Gilot recordaría que él empezó a sentir que había perdido independencia y que ahora era "uno más de la familia". Su reacción fue alejarse. Y mientras Françoise atravesaba el posparto de Paloma, su cuerpo fue el nuevo blanco de críticas.

Picasso le decía que cuando la había conocido parecía una Venus y que ahora era un "Cristo románico", con las costillas visibles. También la comparó con una escoba y le hizo saber que ya no le parecía atractiva.

A partir de ahí, Gilot comprendió la relación como una sociedad, centrada en su hijo, trabajo y la cotidianidad rutinaria; ya no iba a encontrar ahí el afecto que necesitaba.

En 1951, apareció una nueva mujer. Gilot se enteró por terceros que Picasso tenía una amante y, cuando lo enfrentó, él negó todo. Françoise, inocentemente, le pidió que si él quería comenzar una nueva vida, ella no iba a ser un impedimento, pero que no estaba dispuesta a compartirlo.

Picasso le respondió que si realmente existiera otra persona, ella debería preguntarse qué responsabilidad tenía en que él la buscara. Gilot dejó de discutir.

Para 1952, la convivencia parecía haber mejorado. La casa funcionaba, ella organizaba el trabajo de Picasso y prácticamente habían desaparecido las discusiones. Pero esa tranquilidad escondía algo que Gilot recordaría como: "cada uno de nosotros mantenía un monólogo en dirección al otro".

Es que mientras Picasso celebraba que estaba en su mejor momento laboral, Françoise estaba pensando en irse.

Francoise Gilot junto a su marido e hijos, Claude y Paloma. Foto: IG/museupicasso

"Te dirigirás directamente al desierto"

Cuando Picasso se dio cuenta de que podía perderla, intentó volver a provocarla. Pintó obsesivamente a la joven Lydia Corbett, esperando despertar sus celos y hasta le reprochó no reaccionar como Marie o Dora Maar cuando aparecía otra mujer en sus cuadros. Gilot no tenía interés es competir con él, o ellas.

Entonces Picasso buscó otras formas. Le dijo que nadie llegaría a interesarse verdaderamente por ella, que cualquier atención que recibiera existiría únicamente porque había compartido su vida con él. "Para ti la realidad ha terminado. Termina justo aquí", le advirtió.

Según Picasso, la había conocido joven, había quemado todo a su alrededor y, si intentaba salir de la realidad que ahora compartían, terminaría directamente "en el desierto". Gilot decidió averiguar si tenía razón.

En el verano de 1953, su salud empeoró y comenzó a sufrir fuertes hemorragias. El médico indicó una operación urgente. Cuando le contó a Picasso, él le respondió que estaba demasiado ocupado para permitirse "tomarse el tiempo libre" y que las mujeres no tenían necesidad de enfermarse tan seguido. Esa fue la gota que colmó el vaso.

Pablo Picasso sostiene una sombrilla sobre la cabeza, Françoise Gilot (1948). Foto: EFE/Robert Capa

Compró los pasajes y le comunicó que el 30 de septiembre se mudaría a París con Claude y Paloma. Picasso estaba convencido de que no iba a hacerlo. Ese día llegó un taxi, François subió las valijas, a sus hijos y se fue.

La venganza después de Picasso

En 1955, ya separada y a punto de construir otra vida, Gilot descubrió que La Galloise, una propiedad que legalmente le pertenecía, había sido vaciada por orden de Picasso. Llegó acompañada por un comisario para dejar constancia del despojo.

Habían desaparecido sus libros, dibujos, pinturas y hasta las cartas que Henri Matisse -pintor y amigo- le había escrito durante años. Solo quedaron muebles básicos y algunas cajas que quienes vaciaron la propiedad no encontraron.

La venganza también impactó su carrera. Según relató Gilot, el marchante Daniel-Henry Kahnweiler rescindió su contrato exclusivo, perdió una invitación para exponer en el Salón de Mai y distintos galeristas le reconocieron en privado que apreciaban su obra, pero no estaban dispuestos a exponerse a las represalias de Picasso por trabajar con ella.

En 2023, Françoise Gilot falleció a los 101 años en Estados Unidos. Foto: YT/KhanAcademyTurkce

El "desierto" que Picasso le había prometido finalmente existía, solo que Gilot no se quedó ahí.

Se trasladó a Estados Unidos, continuó exponiendo y vendiendo su obra y, en 1964, publicó Vida con Picasso, donde contó desde su perspectiva los diez años que había pasado a su lado.


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