Casi medianoche de viernes en el Morán Centro Cultural, ahí en la tranquilidad del barrio de Agronomía (CABA). Puertas adentro, un fenómeno poco usual convoca a una multitud fiel: un programa de radio que no está en el aire, un disc jockey de los clásicos pasa discos en vinilo de los 70 en adelante. Es Otra Noche Tarde (ONT) conducido por Nicolás Pfeifer, un encantador de radioescuchas que lo seguían en radio tradicional y que ahora acuden a cada esperada cita de culto. Hay un baile suave, un espectáculo en vivo, una forma de escuchar música que no es habitual: mezcla de viejos tiempos y un futuro que se ha fundido con el presente. Es una novedad porque antes no ocurría, un encuentro que nació como parte de un recambio cultural.
Otra Noche Tarde, de Nicolás Pfeifer. Crédito: Carlos Sidoni
En los últimos cinco años nuestras vidas cambiaron radicalmente. El mundo del trabajo, la educación, la economía, la política, la vida cotidiana y también la cultura, se transformaron de un modo que ya nunca podrán volver atrás. Ese cambio de matriz hoy se expresa con decisión casi en todas las expresiones culturales. Una combinación de variantes globales y locales transformaron el modo en el que producimos y consumimos cultura.
La caída del poder adquisitivo y el ascenso total de la digitalización, pasando de un consumo masivo a uno más selectivo, austero y tecnológico desde 2022, provocaron el reemplazo de hábitos culturales y de consumo de los argentinos. Las salidas tradicionales disminuyeron y se priorizaron los pequeños placeres cotidianos y el endeudamiento para gastos básicos. Algunas de estas tendencias ya eran registradas por la Encuesta Nacional de Consumos Culturales publicada en 2023. Es decir, el cambio ya estaba en marcha tiempo atrás, la pandemia profundizó este rumbo y en los años siguientes, el aceleracionismo universal nos llevó a otras dimensiones, a otras matrices culturales .
En este periodo se consolidó el auge del streaming y las redes sociales, como grandes ejemplos. A partir de 2020, se multiplican los formatos de programas diarios en vivo por internet con estética de televisión pero lenguaje digital (como el surgimiento de Luzu TV y posteriormente proyectos como Olga, Blender y Neura). Aunque la televisión abierta y por cable sigue siendo relevante para ver informativos y deportes, más del 65% de la población adoptó definitivamente las plataformas de streaming de series y películas como su principal medio de entretenimiento audiovisual. Al mismo tiempo el uso de plataformas como Spotify y YouTube consolidó su dominio absoluto (alrededor del 80% del consumo de música), dejando casi sin uso a los reproductores físicos y reduciendo drásticamente el espacio de la radio tradicional. No significa que hayan desaparecido, al contrario, escuchar música en vinilo y casetes, encender la radio, por ejemplo, se volvieron casi actos de resistencia cultural.
Proyección de La Traviata en la Plaza del Vaticano, Teatro Colón de Buenos Aires . Foto: Pedro Lázaro Fernández.
Ya en 2012, pioneros como la FM Vorterix empezaron a fusionar la radio tradicional con transmisiones de video en directo por la web. Había un proceso en marcha de modificación profunda de la forma de ver videos y de escuchar radio. También de informarse.
Ansiedad y aceleración
Un viejo chiste de los 90 a mostraba a una persona tratando de meter una carta en una computadora. “¿Por aquí se manda el correo electrónico?”, preguntaba. Claro, el futuro se fundía con el presente y muchos optaban por la vía del humor para enfrentar el mundo que asomaba impetuoso en el horizonte. Una época de grandes transformaciones comenzaba y con él, el cambio profundo en la cultura.
Era el mundo de ayer que se iba, al que muchos empezaron a extrañar y al que eligieron para anclarse allí, compartiendo esa visión pesimista de “todo tiempo pasado fue mejor”.
Un cambio cognitivo profundo acompaña esta serie de transformaciones. Años atrás, a nadie se le hubiera ocurrido acelerar una película o una serie en su hogar solo para saber si valía la pena o conocer el final de una trama policial. La lectura en el libro electrónico no funciona igual en todas las personas, muchas no recuerdan lo que leyeron en ese soporte, tampoco pueden reconocer la tapa del libro. De todos modos, la posibilidad de llevar un número importante de títulos en un aparato diminuto es insuperable y garantiza días y días de lectura sin tener que pagar exceso de equipaje.
La comodidad del libro electrónico.
Foto: Maxi Failla.
Otros creen en el súperpoder de prestar atención a las tramas de tres pantallas simultáneas. El deseo de tenerlo todo –al menos en términos de bienes culturales–, nos mueve en la dirección de un consumo de objetos simbólicos, con especial énfasis en el tiempo que vino después de la pandemia. Es imposible no ceder a la tentación de pasear por los pasillos del Louvre o del MoMA en un viaje virtual donde ya nadie debate por la pérdida del aura de la obra de arte. Un deseo se comparte entre los mayores de luchar por recuperar el tiempo perdido que nos lleva a desear cada vez más la posesión de estos capitales culturales.
Camino de la transformación
A lo largo de las tres primeras décadas del siglo XXI el ya enorme campo de la cultura estalló en subcampos, en prácticas novedosas y otras que fueron revalorizadas. Estas irrupciones de nuevas expresiones, soportes, neoartistas y espacios también generaron discusiones y polémicas. Moda, gastronomía, videojuegos, diseño, géneros populares como el rap y el trap, la cumbia resignificada, los debates sobre las nuevas sexualidades, el turismo como terreno de experiencias folclóricas, ampliaron el campo de las culturas y las volvieron objetos culturales legítimos. Cocineros, gamers, diseñadores, músicos, performers son interpelados, cuestionados y elogiados con el mismo tratamiento que reciben intelectuales y artistas consagrados.
Sean conscientes o no, los centennials o La Generación Z (nacidos entre 1997 y 2010 o 2012), son los jóvenes que siguen a los millennials y preceden a la Generación Alfa y, quienes, para las industrias son los protagonistas de nuevas formas de valoración de objetos de la cultura popular más allá de las pantallas. Son nativos digitales: crecieron con acceso inmediato a internet, teléfonos inteligentes y redes sociales. Se preocupan por temas como la salud mental, la diversidad y el cuidado ambiental. No les importa demasiado el pasado, no extrañan el mundo artesanal porque no lo vivieron ni les seduce.
La Mona Lisa. En celular y en un recorrido virtual que propone el Museo del Louvre
A esta sumatoria de un mundo diversificado e intenso se agrega la aceleración creciente debido a la enorme oferta cultural que, a pesar de todo, persiste. Se aprecia muy claramente en la cantidad de obras de teatro independiente, comercial o industrial (como lo llama el empresario Carlos Rottemberg), hay salas que cierran y otras que abren, también en la lucha por la persistencia de las galerías de arte. Con la oferta infinita en casa de las plataformas, especialmente la oferta casi gratuita de YouTube, hacen que crezca la ansiedad por querer verlo todo. Madrugadas de celular en la mano y necesidad de un tiempo infinito para intentar abarcar mucho más y poder participar en distintas conversaciones.
Por todos estos motivos también se establecieron claras diferencias entre, por ejemplo, ver una película sin la posibilidad de ponerla en pausa en el cine, a verla en una plataforma deteniéndola para ir a buscar comida o bebida, adelantarla, dejarla para otro momento o cambiarle los idiomas de audio y subtitulado. También hay quienes ven innumerables veces una escena elegida antes de continuar con el ritmo de la trama.
Microteatro. Las salas miden 15 metros cuadrados y los actores hacen hasta seis veces la misma obra por noche muy cerca de la gente.
Si bien el cine tradicional gana en el mantenimiento de la magia de una ilusión también se altera (o altera humores), cuando se vuelve un patio de comidas y, aun así, la película continua. Por ese mismo motivo, la oferta de cine de autor tanto en salas reconocidas como la sala Leopoldo Lugones, cine Lorca, Cosmos, o el Cine Arte Cacodelphia o posibilidades en centros culturales o en ámbitos reducidos para ver grandes películas sin interrupciones, se mantienen y se vuelven una buena opción como una vieja/nueva forma de ver cine.
Es decir, no solo han cambiado los hábitos, también los objetos culturales, sus soportes y consumidores.
La experiencia del microteatro, como un zapping, con la puesta de obras de 15 minutos de duración con una salida al hall, patio de comidas para hacer una pausa antes de ver otra, se volvió una salida novedosa y que genera un motivo por fuera de las vías de entretenimiento más habituales.
Carolina Spataro y Melina Vázquez, autoras del libro Sin padre marido estado. Foto: Luciano Thieberger.
Los eventos relacionados con el reencuentro palpable genera pequeños fenómenos inesperados. El libro de las investigadoras Carolina Spataro y Melina Vázquez Sin padre, sin marido y sin Estado (Siglo XXI), publicado hace un año exactamente, ya ha sido presentado casi 40 veces (incluyendo actos en Latinoamérica y en Europa), presenciales y virtuales. Algo similar había ocurrido con Está entre nosotros, editado por Pablo Semán y del cual también participó Vázquez.
El desfile de moda como obra de arte, de Claudio Calò (Ampersand).
También pasaron cosas decisivas en el muy veloz mundo de la moda. En el libro El desfile de moda como obra de arte (Ampersand), su autor Claudio Calò sostiene lo siguiente: "Se ha visto como en los años más recientes la forma de tratar y mostrar la moda, gracias también al acelerador de las restricciones pandémicas, parece haber adoptado algunas modalidades más recurrentes, resumidas en el término transmoda: una visión colectiva que se dota cada vez más de una modalidad creativa difusa, permutativa, remota y autosostenible". Y luego afirma: "Los retos y las incertidumbres que plantea la creación de desfiles para el futuro próximo no se resuelven, sin duda, exclusivamente, en la dicotomía entre lo físico y lo digital: sin embargo, estos dos polos crean inevitablemente la tensión más interesante y debatida, como ocurre en cualquier ámbito cultural y productivo". Y concluye: "El desfile físico y su representación digital nunca más serán mutuamente excluyentes; la partida estética, y también la comercial, en cambio se jugarán en torno a la forma de manejarse con destreza en todos lo medios, poniendo a prueba cada vez la resistencia de los límites de cada canal para ofrecer un producto de comunicación líquidamente innovadora y creativamente policéntrico".
Otra Noche Tarde, de Nicolás Pfeifer. Crédito: Carlos Sidoni
Las presentaciones de libros se volvieron hechos significativos, momentos de encuentros fraternales y políticos en los que acompañarse se volvió fundamental. Buscar la playa debajo de los adoquines es el sueño cultural del presente con cara de futuro.
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