El mundo atraviesa un periodo de cambios sustanciales que afecta individuos, negocios, modos de vida, las relaciones humanas y la política. Cambios que están surgiendo por efecto de siete tendencias simultáneas, que son parte de un sistémico proceso de trasformación profunda, radical, integrado, de las condiciones para actuar (tanto internacionalmente como localmente).
Y aunque tenemos la sensación de que el mundo está en medio de un caos o de movimientos poco manejables, puede entenderse que están ocurriendo cambios sustanciales sistémicos (aunque sea difícil administrar sus efectos).
Estamos ante la formación de un nuevo “sistema” global. Ha dicho Mario Bunge que un sistema es el conjunto de elementos relacionados y estructurados entre sí, con un mecanismo de funcionamiento propio y con propiedades emergentes, en donde el todo no es igual a la suma de las partes. Y ha agregado: todas las cosas (sean materiales o inmateriales) constituyen un sistema o forman parte de alguno.
Pues pueden esbozarse esas siete tendencias.
La más mencionada es la incidencia de la geopolítica en los avances científicos, el desarrollo de negocios o la actividad política. Lo que no sólo está basado en hechos militares (desde Ucrania hasta Irán) o en tensiones entre países (China y EEUU por ejemplo) sino que también surge de la relevancia que los países están dándole al desarrollo científico aplicado (como, por caso, la disputa por la producción de microchips), a propósitos públicos estratégicos (como las regulaciones ambientales), a disputas por intereses económicos (como las preocupaciones por el avance de productos chinos en varios países) o al acceso a activos estratégicos (como las llamadas tierras raras).
Pero esta primera tendencia no está sola. Una segunda, complementaria, es la revolución tecnológica. El mundo avanza hacia la automatización, la robotización, la aplicación de la inteligencia artificial y el hardware y el software más avanzados y sofisticados como insumos en la generación de riqueza y la creación de todo lo relativo a la vida humana (alimentos, conocimiento, salud, seguridad, comunicación, comercio).
Y ello afecta sustancialmente las cadenas de suministro relativas. Lo que, además, se vincula con una creciente relevancia de las super empresas internacionales, que han adquirido una significancia enorme y un rol que supera el de meros generadores de prestaciones ofrecidas a clientes.
Ello se relaciona con una tercera tendencia, que consiste en la gran relevancia de la información, el conocimiento y los datos en la creación de valor. Dice Bill Schmarzo que “los datos son el nuevo petróleo”. Y esto condiciona la actividad productiva o comercial, las acciones estatales y hasta la sencilla vida cotidiana.
Y ellas se conjugan con una cuarta: un cambio sociológico que redefine el rol de las personas y sus ámbitos de acción (la sociología estudia las relaciones entre individuos, los grupos sociales y las instituciones). El nuevo soporte tecnológico masivo ha llevado a las personas a relacionarse a través de novedosos medios, más allá de las distancias, superando ámbitos de inserción tradicionales y creando nuevos espacios de pertenencia (muchas veces no relacionados con la cercanía, que antes fue un requisito) y generando una autentica globalización de las personas entre sí.
Una quinta tendencia vinculada es la transformación demográfica. La que, a su vez, se compone de los cambios sociales que generan las migraciones (y las telemigraciones), la mayor incidencia de las nuevas generaciones en la irrupción de la agenda tecnológica y el mayor protagonismo de la “generación gris” (los mayores).
La sexta tendencia en esta lista es la transformación organizacional. Está ocurriendo una mutación del modelo de las organizaciones, que han pasado a ser abiertas, móviles, mutantes, desjerarquizadas, flexibles, integradas.
Lo que cambia el mundo del trabajo y modifica las “viejas” cadenas globales de valor transformándolas en “ecosistemas” que crean relaciones no lineales y en red de actores multidisciplinarios que compatibilizan generación de saber, inversión, operación. Lo que no solo incumbe a la actividad económica, sino que se refiere a muchos otros ámbitos como, por ejemplo, el conocimiento (que ya es esencialmente supranacional) y a la cultura.
Y esto se complementa con una séptima tendencia: la transformación organizacional no se refiere solo a las empresas sino también a la política, que está sufriendo un cambio inusualmente profundo que incluye nuevos modos de adhesión, sustitución de los partidos políticos tradicionales, transformación de liderazgos, nuevas metodologías y modificación de agendas, mecanismos comunicacionales y contenidos.
Estas siete tendencias superan la cuestión económica, son profundamente suprafronterizas, y no dependen solamente de la acción de las autoridades políticas (que es sin dudas relevante) porque se apoyan en liderazgos no gubernamentales poderosos y se alimentan de una creciente horizontalidad tecnologizada de las interrelaciones humanas.
Pues este cambio exige adaptarse (para personas, organizaciones, empresas, la política, los institutos educativos, los sindicatos y los líderes) y ello requiere un profundo esfuerzo. Dice Rita Mc Grath que aprender requiere desaprender.
Ha expresado Marina Gorbis, directora del Institute for the future en Sillicon Valley, que no hay otro modo de adaptarse a algo que desprendiéndose de los viejos hábitos y adquiriendo la nueva forma de hacer. Y agrega, parafraseando a Margaret Mead: somos inmigrantes del futuro porque ninguno es nativo de esta nueva tierra.
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