13/10/2026 14:33
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DistopIA: el seductor y mortal canto de las sirenas

DistopIA: el seductor y mortal canto de las sirenas

La conversación pública sobre la inteligencia artificial sigue instalada en el vocabulario de la amenaza cuando el problema es justamente el contrario: nos deslumbra, nos seduce, n

Ninguna sirena obligó jamás a nadie. En efecto, las sirenas de Homero no amenazan, prometen: cantan que quien se acerque sabrá cuanto ocurre sobre la tierra, y los marinos se acercan y mueren, no vencidos, sino convencidos. Sin embargo, hoy, la conversación pública sobre la inteligencia artificial sigue instalada en el vocabulario de la amenaza -el reemplazo, el control, el apocalipsis- cuando el problema es justamente el contrario. No nos fuerza, nos gusta, nos encanta, nos deslumbra, nos seduce, nos fascina.

Homero dejó también la solución, y conviene mirarla de cerca y a los ojos, porque no es la que se suele recordar en viejas lecturas de jóvenes. Circe no aconseja un remedio sino dos: cera en los oídos de los remeros, cuerdas y mástil para Ulises. Adorno y Horkheimer vieron ahí la primera división del trabajo de la modernidad. Los que reman no oyen nada y el que oye no puede mover un dedo. Nadie escucha y actúa a la vez. Cámbiense los nombres y tendremos el retrato de hoy. Millones de usuarios que no ven la máquina por dentro y miles de ingenieros que la ven y aseguran, atados a su propio mástil, que ya no pueden detenerla.

Kafka escribió sobre ese mismo pasaje unas páginas que lo revierten por completo. Las sirenas, asegura, tienen un arma más terrible que su canto: su silencio. Ulises pasó atado y extasiado, oyendo una música que no existía. Es la mejor descripción disponible de lo que ocurre cuando conversamos con una máquina porque, de hecho, la elocuencia es real, la fluidez es real, la pertinencia asombra por su verosimilitud, pero lo que no hay es alguien ahí. No es un engaño sino un silencio de ficción creíble.

Y aquí está, tal vez podría ser, la razón última del encantamiento, que es también la más incómoda de todas las posibles. Si la máquina nos fascina no es por lo que tiene de sobrehumano, sino por lo que tiene de humano, demasiado humano. Nietzsche acuñó la fórmula para rebajar lo sublime y aquí sirve al revés.

Está hecha con nuestros textos, nuestros prejuicios, nuestras cortesías y nuestras trampas. Cuando nos responde nos devuelve nuestra propia voz, lavada de vacilaciones, del mismo modo que el canto de las sirenas nunca fue una voz ajena. Era la nuestra, tan solo que cantada mejor.

Bradbury lo había anticipado sin saberlo en Fahrenheit 451, otra poderosa distopía. Cuando el capitán Beatty explica por qué se queman libros, no acusa a ningún gobierno. No hubo órdenes ni censura, asegura, fue la tecnología y la impaciencia de todos, y lo afirma satisfecho.

Esa es la coartada que hoy repiten, casi palabra por palabra, quienes construyen los sistemas que organizan nuestra atención. Alguien los diseñó, es cierto, pero del diseño de sus efectos nadie se hace cargo, y esa doble condición los vuelve casi imposibles de imputar. Huxley había puesto el listón todavía más alto al describir el régimen perfecto, aquel que no necesita coacción alguna porque sus súbditos aman su servidumbre.

De modo que la nueva distopía no se parece a ninguna de las que aprendimos a temer. No quema libros ni reescribe archivos como en el 1984 de Orwell. Se limita a leer por nosotros, a resumirnos lo que no vamos a leer y a escribir lo que ya no sabemos escribir, todo con una amabilidad pulida, sin aristas.

Queda el mástil, que es lo único de valor que el mito nos dejó. Ulises no se tapó los oídos. Quiso oír y sobrevivir, y para eso necesitó una cuerda y unos compañeros dispuestos a apretarla más fuerte cuando él suplicara que lo soltaran. La cuerda tiene hoy nombres modestos y nada heroicos: leer entero lo que se cita, escribir uno mismo el primer borrador, sostener una pregunta más tiempo del que resulta cómodo, decir “no sé” y quedarse ahí. No es abstinencia ni tecnofobia. Es la vieja idea de que se puede escuchar el canto sin ir hacia él. Ulises pasó de largo y siguió siendo Ulises. Es exactamente lo que está en juego. Y en lo que de verdad nos la jugamos.

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