Francisco José González tiene 47 años y hace seis que se dedica a la apicultura. Cuenta con 400 colmenas y pasa sus días entre abejas, miel y naturaleza.
Antes de dedicarse a este oficio, trabajó durante 20 años como jefe de obra de instalaciones, hasta que decidió dejarlo todo para cambiar de vida.
Había comenzado a acercarse a la apicultura algunos años antes, casi como una actividad paralela, pero con el tiempo descubrió que quería dedicarse por completo a ella.
Así nació su propia marca de miel, que puso en marcha en el pueblo donde pasó buena parte de su infancia junto a su familia.
De chico soñaba con ser veterinario, pero el camino lo llevó por otro lado. Aunque nunca ejerció esa profesión, hoy vive rodeado de animales y naturaleza, y encontró en la apicultura un trabajo que, además de permitirle ganarse la vida, disfruta.
Francisco José González, apicultor: “Toda la miel que produzco es de mis explotaciones. Voy por los colmenares, recojo la miel y la envaso”
“Dejé mi trabajo de 20 años para ser apicultor. Comencé en el año 2016 pero, de forma profesional y exclusiva, me di de alta en febrero de 2020. Hace seis años que me dedico en cuerpo y alma a ello”, cuenta en una entrevista con EL ESPAÑOL de Castilla y León.
Francisco José González, 40 años, apicultor. Foto: Instagram.
González empezó en la apicultura desde cero y, con el tiempo, fue construyendo su propia explotación, formada por varios colmenares. Allí produce distintos tipos de miel que luego él mismo extrae y envasa.
“El proyecto engloba los productos de mi pequeña explotación apícola formada por varios colmenares repartidos por diferentes zonas de Castilla y León de los que se obtienen varios tipos de mieles que son extraídas y envasadas por mí mismo”, relata.
Su vínculo con el pueblo donde hoy desarrolla parte de su actividad viene desde la infancia. De lunes a viernes iba al colegio y los fines de semana viajaba hasta allí para encontrarse con su familia y amigos.
Con el paso del tiempo, aquel lugar terminó convirtiéndose también en el centro de su trabajo. Allí recibe la miel que obtiene de sus propios colmenares y se ocupa personalmente del proceso hasta que llega a los envases.
“Toda la miel que produzco es de mis explotaciones. Voy por los colmenares, recojo la miel y la envaso”, explica.
Su producción es variada. Trabaja con miel de flores, en versiones más claras y oscuras, además de lavanda, castaño y brezo. En menor cantidad también prepara miel batida de flores o lavanda.
Panal de abejas. Foto: Rafael Mario Quinteros.
“De vez en cuando también elaboro miel batida de flores o lavanda. Poca cantidad porque es especial”, detalla.
La actividad se convirtió en su principal fuente de ingresos y hoy puede vivir de lo que produce. “Desde el año 2020 y hasta el día de hoy, vivo de esto. Todo pasa por mí. El beneficio que da es para mí. Vendo mi propia miel natural a precios que van de los 10 a los 12 euros”, cuenta.
Sin embargo, mantener una explotación apícola también requiere una inversión constante. Los envases, las etiquetas, las cajas y el resto del embalaje representan para él un “gran desembolso”.
Por último, González también habló sobre el futuro del oficio: “Creo que estos oficios van a desaparecer. La juventud no quiere ser apicultor, por ejemplo. Son trabajos muy sacrificados con una rentabilidad básica. Con el tiempo, pasará a la historia”.
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