Pasan los años y El Principito (1943) continúa siendo una referencia al momento de analizar la sociedad, sobre todo las diferencias entre los adultos y los niños.
En el libro de Antoine de Saint-Exupéry pueden leerse algunas frases que, de manera indirecta, describen el comportamiento de las personas mayores, con sus defectos y virtudes.
En este sentido, las reflexiones sobre el poder, la autoridad y la obediencia son algunas de las más recordadas de la obra.
Dónde está la frase y qué significa
En el capítulo X, el autor francés plantea una idea que trasciende el tiempo: quien ejerce el poder debe formular órdenes razonables y acordes con las capacidades de quienes deben cumplirlas.
La escena de la cita en cuestión se desarrolla cuando el Principito llega a un pequeño planeta habitado únicamente por un rey que considera a cualquier persona un súbdito. Convencido de que su autoridad debe ser respetada, el monarca presume de gobernarlo todo, incluso las estrellas.
En el capítulo X, el Principito discute con un rey acerca del poder. Foto: Shutterstock (ilustración)
Sin embargo, su forma de entender el poder queda resumida en una frase: “Si yo ordenara a un general que se transformara en ave marina y el general no me obedeciera, la culpa no sería del general, sino mía”. Más adelante insiste en la misma idea al explicar que únicamente puede exigirse a cada persona aquello que realmente está en condiciones de hacer.
El diálogo continúa y el rey adapta constantemente sus órdenes para que siempre puedan cumplirse. Primero prohíbe bostezar al Principito y, acto seguido, le ordena hacerlo cuando descubre que está cansado. Después, cuando el niño le pide contemplar una puesta de sol, el monarca acepta conceder el deseo, pero solo cuando las condiciones sean favorables.
Para él, la autoridad no consiste en exigir lo imposible, sino en actuar de acuerdo con la razón. De hecho, llega a afirmar que, si un gobernante ordenara a su pueblo hacer algo irrealizable, sería responsable de la desobediencia e incluso provocaría una rebelión. Así, la obra contrapone el poder absoluto con la necesidad de ejercerlo de forma razonable.
El Principito y la justicia
El capítulo también deja otra enseñanza esencial cuando el rey propone al Principito convertirse en ministro de Justicia.
Ante la ausencia de habitantes en el planeta, le explica que la tarea más difícil no es juzgar a los demás, sino juzgarse a uno mismo, y sostiene que quien logra hacerlo con rectitud demuestra una auténtica sabiduría.
En la obra, el rey pretende nombrar ministro de Justicia al Principito. Foto: Archivo
Finalmente, el Principito decide continuar su viaje por el espacio, mientras el rey, resignado, lo nombra embajador.
Antes de marcharse, el protagonista vuelve a observar con asombro el comportamiento del adulto y concluye que las personas mayores son verdaderamente extrañas, una idea que recorre toda la obra y que refuerza el carácter simbólico de este inolvidable encuentro.
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