“Lo que atrae a los mosquitos no es una sangre más dulce, sino los compuestos químicos que emitimos”, afirma el biólogo Rubén Bueno a La Vanguardia. El entomólogo, doctor por la Universitat de València y director técnico de Rentokil —donde diseña programas de vigilancia y control de plagas para ayuntamientos y gobiernos autonómicos—, desvela por qué algunas personas son más propensas que otras a las picaduras de los mosquitos.
Especialista en el impacto sanitario de los mosquitos en el Levante, Bueno aclara mitos, explica la química que guía a estos insectos y ofrece claves para reducir el riesgo de picaduras.
Lejos de la creencia popular, estos insectos no seleccionan a sus víctimas por el sabor de la sangre, sino por una combinación de señales olfativas y físicas que cada persona libera de forma única, tal y como cuenta el especialista. Las hembras —las únicas que pican— localizan a sus objetivos gracias a receptores especializados que detectan primero el dióxido de carbono (CO₂) exhalado al respirar. “Sabemos desde hace más de 100 años que los mosquitos se sienten atraídos por el dióxido de carbono que exhalamos: es la primera señal que desencadena su comportamiento”, explica el experto.
Por qué los mosquitos pican más a unas personas que a otras. Foto: Pexels
A medida que se acercan —a partir de unos diez metros—, los mosquitos empiezan a percibir el olor corporal, que junto con el CO₂ intensifica su atracción. Entre los compuestos que más influyen figuran el ácido láctico, el octenol, el amoníaco y distintos ácidos carboxílicos, muchos de ellos producidos por la microbiota cutánea. “En función del tipo y la cantidad de estos atrayentes, algunas personas generan una ‘pluma de olor’ más atractiva para ellos”, detalla Bueno.
Por qué los mosquitos pican más a unas personas que a otras
Bueno hace hincapié en que no todos emitimos la misma cantidad ni la misma mezcla de compuestos. Las personas que respiran más rápido o con mayor volumen —como ocurre en individuos con mayor masa corporal, deportistas tras el ejercicio o mujeres embarazadas— liberan más CO₂, lo que incrementa su atractivo para los mosquitos. Del mismo modo, quienes sudan más o tienen una piel con mayor presencia de bacterias que metabolizan el sudor producen niveles más altos de ácido láctico y otros compuestos volátiles.
También influyen factores genéticos. Algunos estudios sugieren que las personas con sangre tipo O pueden ser picadas el doble de veces que aquellas con otros grupos sanguíneos, aunque esto no se debe directamente al sabor de la sangre, sino a que ciertos grupos están asociados a patrones distintos de emisión de compuestos químicos en la piel.
No es lo mismo ser picado que notar la picadura. Foto: Pexels
No es lo mismo ser picado que notar la picadura
Un detalle clave que a menudo pasa desapercibido es la diferencia entre ser picado y desarrollar una reacción visible. “Algunas personas no desarrollan una reacción alérgica visible y piensan que no les han picado, cuando en realidad sí”, advierte Bueno. La intensidad de la roncha, el picor o la inflamación dependen de la respuesta inmunológica individual, no necesariamente del número de picaduras.
Por otro lado, la creencia popular de que los mosquitos prefieren a quienes tienen una sangre más “dulce” carece de base científica. “La idea de que depende del tipo de sangre o de que la sangre sea más ‘dulce’ es en gran parte un mito: lo que realmente perciben los mosquitos son esos compuestos químicos en superficie, no la sangre en sí”, insiste el entomólogo.
Otros factores secundarios, como el uso de perfumes, desodorantes o incluso la ropa oscura, pueden aumentar la atracción, ya que los mosquitos también se guían por el calor y la humedad corporal. Aunque, tal y como indica el especialista, no es posible cambiar la propia “firma química”, sí se pueden reducir los factores de atracción: evitar el ejercicio intenso al aire libre en horas de máxima actividad de mosquitos, usar repelentes autorizados por el Ministerio de Sanidad, vestir ropa clara y de manga larga, y eliminar focos de agua estancada donde puedan criar.
En definitiva, los mosquitos no eligen al azar. Siguen un rastro químico preciso, y algunas personas, sin saberlo, dejan una estela más intensa que las convierte en objetivos preferentes.
Irene Marsal
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