En lo alto de un edificio de viviendas construido en 1976, más de 200 metros cuadrados de placas de fibrocemento forman una cubierta continua sobre varios hogares habitados.
Durante medio siglo han protegido el inmueble del agua y del exterior. Ahora, retirarlas obliga a afrontar una intervención compleja que va mucho más allá de desmontar una antigua “uralita” y sustituirla por otra solución.
Esta cubierta es también el reflejo de una época. En los años setenta, el crecimiento de las ciudades exigía construir muchas viviendas con rapidez y presupuestos ajustados.
El fibrocemento encajaba en aquella lógica: era ligero, resistente al agua, barato y fácil de instalar. El edificio se levantó precisamente dentro del periodo de máxima utilización del amianto en la construcción española.
Lo que entonces parecía una solución eficaz representa hoy un problema técnico, sanitario y económico. La comunidad del edificio deberá pagar no solo la retirada del material, sino también la reconstrucción de la cubierta, el aislamiento, los remates, la evacuación del agua, los medios de seguridad y las posibles reparaciones estructurales.
Frente a ese desembolso, la última convocatoria catalana permitiría obtener alrededor de 6.000 euros para una superficie de estas dimensiones: una ayuda que cubre parte del desamiantado, pero no la reconstrucción completa ni la mejora energética.
Héctor Payá, arquitecto, habla sobre la presencia de amianto. Foto: Infinite architecture
Este caso resume una contradicción que afecta a miles de edificios. El amianto fue un material autorizado e instalado masivamente para acelerar y abaratar la construcción, pero su eliminación recae ahora, en buena medida, sobre las comunidades que lo heredaron.
Al mismo tiempo, retirar la cubierta ofrece una oportunidad difícil de repetir: aislar mejor las viviendas, evitar filtraciones y condensaciones, reducir el calor en verano y prolongar la vida útil del inmueble.
Aunque España prohibió su uso en 2002, el amianto todavía permanece en cubiertas, fachadas, tuberías y espacios ocultos de numerosos edificios. El riesgo aumenta cuando estos materiales envejecen, se rompen, se perforan o se manipulan, ya que pueden liberar fibras cancerígenas.
Héctor Payá, arquitecto responsable de varias rehabilitaciones, explica a La Vanguardia dónde puede esconderse el amianto, por qué una inspección visual no siempre basta para detectarlo y cómo su retirada puede aprovecharse para mejorar la eficiencia energética del edificio.
Dónde se encuentra el amianto y qué hacer con él
-¿Qué tipos de edificios, barrios o épocas constructivas concentran una mayor presencia de materiales con amianto?
-La respuesta más directa es que debe considerarse sospechoso cualquier edificio construido o reformado antes de 2002. El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo sitúa el periodo de máxima utilización del amianto en la construcción española entre 1960 y 1984, aunque el material continuó comercializándose hasta su prohibición.
Su presencia es especialmente probable en antiguos polígonos industriales, naves, talleres, edificios agrícolas, almacenes, equipamientos escolares, sanitarios y deportivos, mercados, estaciones e infraestructuras.
En Barcelona y su área metropolitana, conviene prestar especial atención a las antiguas zonas industriales y a los barrios periféricos desarrollados en los años sesenta, setenta y primeros ochenta.
El censo catalán identificó en 2026 cerca de 122.000 cubiertas susceptibles de contener amianto, más de 2.000 de ellas en Barcelona. También destaca su presencia en ciudades de pasado industrial como Terrassa, Sabadell, Manresa o Vic.
-Además de las cubiertas de fibrocemento, ¿en qué elementos menos evidentes puede encontrarse dentro de un edificio?
-La cubierta ondulada es la forma más conocida del amianto, pero este material también puede esconderse en fachadas, bajantes, depósitos de agua, conductos de ventilación, chimeneas o tuberías. En algunos edificios, por ejemplo, permanece oculto en patinillos y falsos techos hasta que una reforma lo deja al descubierto.
También puede aparecer en pavimentos, adhesivos, paneles aislantes, morteros, sellados, cuadros eléctricos o antiguas salas de calderas. Como estos elementos no siempre pueden identificarse a simple vista, puede ser necesario tomar muestras y analizarlas en un laboratorio.
Además, que un material se conserve compacto no significa que sea inofensivo. Una placa aparentemente estable puede liberar fibras peligrosas si se corta, perfora o rompe. Por eso, uno de los principales errores es relacionar el amianto únicamente con la uralita ondulada y pasar por alto otros elementos menos visibles del edificio.
-¿Debería estudiarse la presencia de amianto antes de iniciar cualquier rehabilitación importante en un edificio antiguo?
-Sí, sin ninguna duda. Antes de iniciar una rehabilitación importante en un edificio anterior a 2002, debería realizarse un estudio de amianto centrado en las zonas que se van a modificar, como fachadas, falsos techos, patios, instalaciones, pavimentos o cuartos técnicos. Una simple inspección visual o preguntar al propietario si conoce la existencia de uralita no es suficiente.
La normativa obliga a identificar los materiales que puedan contener amianto antes de comenzar trabajos de demolición o mantenimiento. En una rehabilitación integral puede ser necesario abrir falsos techos o desmontar parcialmente algunos elementos para localizar materiales ocultos. Este estudio debe hacerse durante la fase de proyecto.
Descubrir amianto con la obra ya empezada puede obligar a detener los trabajos, contratar una empresa autorizada, modificar el plan de seguridad y asumir retrasos y sobrecostes.
-¿Se está teniendo suficientemente en cuenta este problema en las inspecciones técnicas de los edificios y en los proyectos de rehabilitación?
-Mi respuesta es que todavía no. Aunque existe más conciencia que hace diez años, en muchas obras el amianto sigue tratándose como un residuo que se gestionará “si aparece”, en lugar de contemplarse desde el inicio en el diagnóstico, el presupuesto y la planificación.
La Inspección Técnica del Edificio puede detectar elementos visibles, como una cubierta o una bajante de fibrocemento, pero no equivale a un estudio específico de amianto. No permite descubrir materiales ocultos tras falsos techos, cámaras o revestimientos, ni analizar aquellos que generan dudas.
Cataluña ha avanzado con la Ley 8/2026, que establece medidas para retirar el amianto de los edificios públicos antes de 2028 y del conjunto del territorio antes de 2032. También prevé censos, financiación y certificados sobre la presencia de amianto visible en determinadas compraventas y alquileres. Sin embargo, este certificado no sustituye el estudio previo a una rehabilitación.
Es importante hacer una revisión para detectar amianto y reemplazarlo. Foto: Fernando de la Orden/Archivo
Cómo enfrentar el problema
-¿Qué materiales pueden sustituir actualmente al fibrocemento con amianto en cubiertas, fachadas y canalizaciones?
-Actualmente existen alternativas seguras y eficaces al fibrocemento con amianto. La elección depende de las características del edificio y de aspectos como el aislamiento, la humedad, el ruido, la resistencia al fuego y la durabilidad.
En las cubiertas pueden instalarse placas de fibrocemento sin amianto, paneles sándwich con aislamiento, chapas metálicas o materiales tradicionales como la teja y la pizarra, siempre que la estructura pueda soportarlos.
Para las fachadas existen paneles cerámicos, metálicos o minerales, además de sistemas de aislamiento exterior. En bajantes y tuberías pueden utilizarse materiales plásticos certificados, como PVC, polipropileno o polietileno, y metales en instalaciones con necesidades especiales.
Lo importante es no limitarse a sustituir una placa por otra. La nueva solución debe evitar condensaciones, aislar correctamente del calor y el ruido, cumplir las normas de seguridad y garantizar una durabilidad adecuada.
Paula Martínez, La Vanguardia.
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