Alberto Pellai, psicoterapeuta de la edad evolutiva, puso en discusión una idea frecuente en familias y escuelas: las buenas personas cometen errores. La frase apunta a quienes confunden ser un ejemplo con actuar siempre sin fallas.
Para el especialista, la diferencia aparece después del error. Una persona valiosa no queda definida por no caer nunca, sino por la capacidad de advertir el daño, hacerse cargo y cambiar.
Para Alberto Pellai, una buena persona no es alguien incapaz de equivocarse. Puede responder mal, fallar en una promesa, decir algo injusto o tomar una decisión que lastime a otro.
“Las buenas personas cometen errores”: qué significa la frase
El psicoterapeuta señala que muchas veces las “buenas personas” son vistas como figuras ejemplares. El problema aparece cuando ese lugar se confunde con la obligación de ser infalible. La frase del especialista va en esa dirección: las buenas personas se equivocan, pero tienen una especie de “sensor” interior que les advierte que algo estuvo mal y las empuja a remediarlo.
Pedir disculpas, corregir una información falsa, cumplir una promesa pendiente o cambiar una respuesta repetida son formas concretas de ese movimiento. Por eso, decir que las buenas personas también cometen errores no funciona como permiso para actuar de cualquier manera. La frase queda completa recién cuando aparece la corrección.
La mirada de Pellai resulta especialmente importante para chicos y adolescentes. En esa etapa, los adultos no enseñan solo con lo que dicen; también enseñan con la forma en que reaccionan cuando se equivocan.
Por qué dar el ejemplo no significa ser perfecto
Un padre, una madre o un docente que nunca admite una falla puede transmitir una exigencia imposible. El ejemplo cambia cuando un adulto reconoce una mala respuesta, una injusticia o una decisión apresurada.
Y no pierde necesariamente autoridad: muestra una forma de hacerse cargo. En la escuela y en la familia, ese gesto tiene peso. Los chicos observan si los adultos escuchan, si piden disculpas, si modifican una conducta o si prefieren negar lo ocurrido. Pellai vincula esa idea con una noción de crecimiento más realista.
La perfección no existe como punto de llegada; lo que puede construirse es conciencia sobre las propias acciones. Esa diferencia evita una trampa habitual: convertir un error en una condena total sobre la persona. Una cosa es revisar una conducta concreta; otra, concluir que alguien ya no vale por haberse equivocado.
Qué significa saber corregirse después de cometer un error
Cuando el error se mira como una acción que puede corregirse, queda más margen para reparar. La persona puede nombrar qué hizo, qué consecuencia tuvo y qué está dispuesta a cambiar. Saber corregirse no se reduce a decir “perdón” de manera rápida. Una disculpa pierde fuerza cuando llega acompañada por un “pero”, una excusa o una acusación hacia quien se sintió herido.
Una reparación más clara empieza por nombrar el hecho. “No cumplí con lo que prometí”, “te hablé mal” o “conté algo que era privado” ubican la conducta sin esconderla detrás de frases generales. Después aparece una pregunta práctica: qué necesita la otra persona. En algunos casos alcanza con rectificar. En otros, hace falta reconstruir confianza durante más tiempo o aceptar cierta distancia.
También importa que el cambio pueda verse. Si alguien pide disculpas por interrumpir, la corrección aparece cuando empieza a escuchar y espera su turno.
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