La isla de Honshu (la “principal” de Japón) termina en su extremo septentrional en la península de Shimokita, que forma una peculiar forma de gancho que mantiene bien cerrada de las inclemencias marinas a la bahía de Mutsu. En el centro se halla uno de los lugares más sagrados del país, el monte Osore u Osorezan.
El paisaje sobre el que se alza esta montaña es, como en el resto del país, netamente volcánico. Una tierra agreste de color gris y negro sobre la que se elevan vapores mefíticos del azufre que surge de las entrañas del planeta. No extraña que, ante panorama tan desolador, el pueblo nipón haya considerado ancestralmente que es el lugar por el que se accede al inframundo, el mundo de los muertos y, peor aún, al infierno.
Tradicionalmente, el Sanzu, un arroyo de color amarillo fruto de su alta carga mineral, ha sido considerado el lugar por el que llegar a tan poco deseado destino. Para tener una introducción serena, justo a sus orillas se alzó el templo budista Bodai, adonde cada año se dirigen miles de peregrinos. No es porque tengan ganas de caer en el averno, sino por razones diferentes.
La ubicación de la isla (La Vanguardia).
En las creencias tradicionales, desde ese santuario se puede establecer contacto con el más allá. Especialmente, con los ancestros, que tanta importancia tienen todavía en la ajetreada vida nipona. No hay familia que no tenga en casa un altar con las fotografías de sus predecesores difuntos, a los que se honra a diario con velas, ofrendas y peticiones, y con los que se conversa cotidianamente.
Mujeres médiums
En las inmediaciones del monte Osore hay un cuerpo de mujeres médiums que tiene la capacidad de establecer contacto con los seres que ya no están en este mundo. De ahí que miles de familias se dirijan a Osorezan para que las pitonisas sirvan de enlace con sus allegados.
Este núcleo de adivinas conocidas como itako reúnen la característica de ser todas invidentes y entrever el futuro. Tras un entrenamiento místico exigente, alcanzan la capacidad de conectar con los seres de ultratumba y establecer comunicación con las familias. Quien no encuentre similitudes con novelas ideadas por Frank Herbert puede que tal vez también tenga algún problema de visión.
Puerta Sanmon del templo Bodai-ji en el monte Osore (Mukasora / Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)).
Aún con su paisaje desolado y difícil de caminar (aunque hay varias instalaciones que permiten salvar los riachuelos sulfurosos), los japoneses se retiran a Osore a veces durante días (el monasterio ofrece un austero alojamiento y servicio de restauración vegetariano y libre de alcohol por precios muy asumibles) para deambular entre las montañitas de pedruscos que marcan el lugar para las tallas jizo, fantasmagóricos seres cubiertos con paños blancos que son protectores del territorio.
La península Shimokita se halla en una zona de clima extremo. En verano el calor es abrasador (aumentado por la absoluta falta de vegetación) y en invierno las bajas temperaturas obligan a cerrar el santuario Bondai, por lo que los peregrinos se apresuran a visitarlo antes de que caigan las primeras nevadas, en el mes de noviembre.
La Vanguardia.
GML
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