La mujer que se alojó en el Hotel Hordaheimen en Bergen, Noruega, el 19 de noviembre de 1970, se registró como Elisabeth Leenhouwfr. Dijo ser de Ostende, Bélgica, y se quedó durante cuatro noches.
Los empleados recordaron que vestía con elegancia, hablaba distintos idiomas y tenía comportamientos extraños, como pedir constantemente cambios de habitación.
El 23 de noviembre abandonó el establecimiento y, seis días después, su cuerpo apareció completamente quemado en un valle a las afueras de la ciudad.
La policía descubrió que Elisabeth Leenhouwfr no era su verdadero nombre, como tampoco lo eran los otros que había utilizado durante sus viajes por Noruega. En sus pertenencias encontraron anotaciones cifradas, pelucas y objetos cuyas marcas de fabricación habían sido eliminadas.
La autopsia determinó que había ingerido decenas de pastillas para dormir y que todavía estaba viva cuando comenzó a incendiarse.
El caso fue cerrado como posible suicidio, aunque algunos de los investigadores que participaron en la primera gestión rechazaron esa conclusión. Su identidad nunca pudo establecerse y, con el tiempo, comenzó a ser conocida como "la mujer de Isdal", por el lugar en donde encontraron sus restos.
Los investigadores hicieron un boceto de la mujer calcinada. Foto: Archivo del Estado de Bergen
Un cuerpo calcinado y una escena confusa
El 29 de noviembre de 1970, un hombre que caminaba junto a sus dos hijas por el valle de Isdalen encontró el cadáver de una mujer sobre unas rocas. El lugar, situado cerca de Bergen, era conocido entre algunos habitantes como El Valle de la Muerte, debido a antiguos suicidios y accidentes de excursionistas que habían ocurrido por la zona.
La posición del cuerpo llamó la atención de los investigadores. Tenía los brazos extendidos y flexionados por el efecto del calor, una postura característica de los cadáveres expuestos a temperaturas elevadas.
Las quemaduras afectaban principalmente la parte delantera, incluido el rostro y parte del cabello, mientras que la espalda había quedado relativamente preservada.
Carl Halvor Aas, uno de los primeros funcionarios policiales que acudieron al lugar, recordó en una entrevista con la BBC el fuerte olor a carne quemada y la dificultad para reconocer las facciones de la víctima. También señaló que se encontraba en un sector apartado como para tratarse de una caminata.
A pocos metros del cadáver, encontraron un reloj, varias piezas de joyerías, botellas, un paraguas roto, restos de media de nailon y botas de goma. Los accesorios no estaban sobre el cuerpo sino a su alrededor.
Tormod Bønes, uno de los investigadores forenses, explicó que la distribución de los objetos le había recordado a un estilo de ceremonia.
Las etiquetas de la ropa habían sido cortadas y las marcas de identificación de las botellas, eliminadas. Tampoco había documentos que permitieran identificar a la fallecida.
El reloj y la joyería encontrada en la escena junto a la mujer de Isdal. Foto: Archivo del Estado de Bergen
La policía difundió una descripción física para localizar posibles testigos. Se trataba de una mujer de aproximadamente 1,64 metros de altura, cabello largo castaño oscuro, ojos marrones, rostro pequeño y redondeado, además de calcularle entre 25 y 40 años. Llevaba el pelo atado con una cinta azul y blanca.
La noticia tuvo una importante repercusión en Bergen, una ciudad en la que los delitos violentos eran poco frecuentes. Sin embargo, las primeras averiguaciones no permitieron identificarla.
Las valijas, los nombres falsos y los viajes por Europa
Pocos días después del hallazgo, la policía localizó dos valijas vinculadas con la fallecida en la estación ferroviaria de Bergen. Su contenido permitió reconstruir algunos de sus movimientos y establecer que había utilizado numerosas identidades los meses previos.
Entre sus pertenencias había ropa, maquillaje, más pelucas, dinero de distintos países y una libreta con anotaciones codificadas. Como había ocurrido con las prendas encontradas en el valle, las marcas que podían servir para rastrear algunos objetos habían sido retiradas.
Los investigadores intentaron identificar el origen de los productos de belleza y se comunicaron con importantes locales europeos, entre ellas las Galeries Lafayette de París. Ninguna pudo reconocer los artículos consultados.
Una bolsa de plástico de la zapatería Oscar Rørtvedt, ubicada en Stavanger, proporcionó una pista. Rolf Rørtvedt, hijo del propietario, recordó haber atendido a una mujer de cabello oscuro, muy bien vestida, que había dedicado bastante tiempo a elegir unas botas de goma.
Maletas y un tubo de crema hallados en la estación de tren de Bergen. Foto: Archivo del Estado de Bergen
El vendedor le explicó a la BBC que hablaba inglés con acento extranjero, tenía una actitud tranquila y desprendía un olor intenso, que posteriormente asoció al ajo. Las botas coincidían con las encontradas junto al cadáver y los investigadores sospecharon que también había comprado el paraguas ahí.
A partir de su testimonio, consiguieron relacionarla con el Hotel St Svithun, donde había permanecido registrada bajo el nombre de Fenella Lorch.
El análisis de los formularios hoteleros permitió vincular nueve estadías con la misma mujer, aunque los nombres y lugares de procedencia declarados eran diferentes.
En marzo de 1970 había utilizado el nombre de Genevieve Lancier en Oslo y el de Claudia Tielt en dos hoteles de Bergen. A finales de octubre, regresó a Stavanger como Claudia Nielsen y, al día siguiente, se registró en Bergen como Alexia Zarne-Merchez.
Durante noviembre pasó por Trondheim bajo el nombre de Vera Jargle, regresó a Stavanger como Fenella Lorch y, finalmente, utilizó el apellido Leenhouwfr en dos establecimiento de Bergen. Los documentos indicaban supuestas procedencias de Bélgica y Eslovenia, entre otros lugares.
La policía consiguió relacionar los registros mediante estudios de escritura. Además, el sistema de identificación exigido por los hoteles indicaba que la mujer había podido presentar documentación falsa.
Los testimonios de los empleados tenían algunas similitudes. La información permitió establecer que había recorrido varias ciudades noruegas, pero no aclaró los motivos de sus desplazamientos ni la procedencia real de la documentació.
Carta con mensajes encriptados encontrados en las valijas. Foto: Archivo del Estado de Bergen
Las sospechas de espionaje y una autopsia que no convenció a los investigadores
El contenido de la libreta encontrada entre sus pertenencias alimentó las sospechas de espionaje. Las anotaciones combinaban letras y números que inicialmente parecían mensajes secretos, pero cuando los investigadores consiguieron descifrarlas descubrieron que correspondían a fechas y destinos.
Por ejemplo, la secuencia "O22 O28 P" indicaba una estadía en París entre el 22 y el 28 de octubre. O29PS coincidía con su desplazamiento desde la capital francesa hasta Stavanger, mientras que O30BN5 correspondía a su permanencia en Bergen entre el 30 de octubre y el 5 de noviembre.
Noruega atravesaba entonces la Guerra Fría y las actividades de inteligencia extranjera formaban parte de las preocupaciones de seguridad nacional. Según la BBC, los servicios secretos noruegos también investigaron el caso, aunque su participación no fue reconocida públicamente hasta décadas después.
De acuerdo con la cadena pública NRK, las autoridades habían recibido información sobre una mujer que presuntamente observaba pruebas militares con cohetes en el oeste del país. Sin embargo, los documentos de inteligencia no permitieron demostrar que la fallecida fuera una espía.
Mientras tanto, los resultados de la autopsia aportaron datos sobre sus últimas horas.
Los médicos encontraron un hematoma en el lado derecho del cuello, compatible tanto con un golpe como con una caída. No detectaron indicios de enfermedades previas y establecieron que no había tenido embarazos ni hijos.
Huellas dactilares de la mujer de Isdal encontradas en unos lentes. Foto: Archivo del Estado de Bergen
En el estómago había restos de entre 50 y 70 comprimidos de Fenemal, un medicamento sedante de fabricación extranjera. Las pastillas todavía ni habían sido absorbidas completamente por el organismo.
También encontraron una elevada concentración de monóxido de carbono en la sangre y partículas de humo en los pulmones. Esto último confirmó que la mujer todavía respiraba cuando comenzó a quemarse. Además, el análisis del terreno permitió identificar restos de gasolina debajo del cadáver.
La conclusión médico-forense estableció que había muerto por una combinación de intoxicación con monóxido de carbono e ingestión de una cantidad elevada de somníferos.
Las autoridades clasificaron el fallecimiento como un probable suicidio, una interpretación respaldada por el jefe de policía de Bergen. No obstante, algunos funcionarios que habían participado en la investigación consideraban poco convincente que una mujer hubiera viajado hasta un sector apartado del valle para prenderse fuego después de consumir decenas de pastillas.
Aas fue uno de los que cuestionaron públicamente esa hipótesis. Años después, declaró a la BBC que, según recordaba, muy pocos de sus compañeros creían que se tratara de un suicidio.
La policía distribuyó fotos, huellas dactilares y retratos de la fallecida mediante Interpol, pero ninguna de las consultas internacionales permitió identificarla.
Sin nueva evidencia, la investigación fue cerrada y la mujer fue enterrada en febrero de 1971, sin que se conocieran familiares que pudieran reclamar sus rastros.
Al velatorio de la Mujer de Isdal solo asistieron efectivos policiales. Foto: Archivo del Estado de Bergen
La investigación se reabrió décadas después
Durante años, el expediente permaneció archivado. Sin embargo, una decisión tomada en la autopsia de 1970 y las nuevas tecnologías permitieron a los investigadores recuperar evidencias fundamentales casi medio siglo después.
La dentadura de la mujer presentaba características poco habituales para su edad. Tenía 14 dientes empastados y varias coronas de oro, tratamientos que no coincidían con las prácticas comunes de la época en Noruega.
El profesor Gilse Bang había decidido conservar su mandíbula para que especialistas extranjeros pudieran estudiar los trabajos dentales e intentar reconocer su procedencia. Tras su muerte, se creyó que la pieza había sido destruida.
El médico forense Inge Morild, responsable de conservar parte de la documentación, explicó que incluso la mandíbula había sido descartada por su mal olor. Sin embargo, cuando periodistas de NRK comenzaron a investigar nuevamente el caso, el perito forense consiguió localizarla en un sótano del Hospital Universitario de Haukeland.
El hallazgo permitió realizar estudios no disponibles en los setenta.
La policía criminal noruega, conocida como Kripos, y la Universidad de Bergen comenzaron a analizar los isótopos presentes en los dientes. Estas pruebas permitieron obtener información sobre las condiciones geográficas y alimentarias durante la formación de las piezas dentales.
Investigadores en la zona donde fue encontrado el cuerpo. Foto: Archivo del Estado de Bergen
Los investigadores estudiaron particularmente el oxígeno, que pueden aportar datos sobre el agua consumida durante la infancia, y el estroncio, relacionado con las características del suelo y los alimentos de una región.
El objetivo era reducir las posibles zonas de origen de la fallecida y comprobar si había crecido fuera de Noruega.
También se recuperaron muestras de tejidos de su corazón, pulmones, glándulas suprarrenales y ovarios, conservadas desde la autopsia. Aunque en el momento del deceso no existían las técnicas para analizarlas, sí podían utilizarse para obtener ADN.
En 2017, la BBC informó sobre la reapertura las pesquisas y el trabajo conjunto de los especialistas forenses y periodistas noruegos.
Los análisis posteriores apuntaron a posibles vínculos de la mujer con Europa continental, especialmente con áreas de Alemania y regiones cercanas a la frontera francesa, aunque los resultados no permitieron establecer su nacionalidad ni confirmar su nombre.
Más de cinco décadas después, el expediente acumula una cantidad considerable de información sobre los movimientos de la mujer, sus características físicas y las circunstancias de su muerte. También se conservaron restos biológicos que podrían permitir futuras comparaciones genéticas. Sin embargo, hasta la fecha su identidad sigue siendo un misterio.
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