“Soy farmacéutico, estudié una carrera y un máster. He trabajado en mi profesión y ahora tengo incluso un segundo empleo. Haces lo que se supone que debes hacer y, aun así, conseguir estabilidad en la vivienda sigue siendo muy difícil”. Es la afirmación contundente de Miquel Alzina, un joven de 28 años que vive de alquiler, en un piso compartido en Barcelona. Ahora tiene que buscar otro lugar donde vivir: no puede asumir la subida del alquiler.
El suyo es uno de los miles de casos de inquilinos que sufren la crisis de la vivienda. Una crisis que estos días vuelve a tensar la calle y a marcar la agenda política. En Madrid, unas 600 personas siguen acampadas en la Puerta del Sol para exigir el fin de los desahucios, mientras que en Barcelona las protestas también reflejan la indignación de quienes viven del alquiler.
El malestar social coincide con el intento del Gobierno de aprobar mañana, en el Consejo de Ministros, un nuevo decreto sobre vivienda. La norma, todavía en negociación, incluye propuestas para vetar la compra de viviendas por parte de fondos buitre, subir el IVA a los pisos turísticos, regular el alquiler de temporada y aplicar bonificaciones a los caseros que bajen los precios.
Mientras se negocian estas medidas, quienes viven de alquiler afrontan dificultades para encontrar una vivienda y mantenerse en ella. Es el caso de Alzina, que compagina su empleo en la farmacia con un segundo trabajo como entrenador de vóley. Pese a tener dos empleos y llevar casi diez años compartiendo piso en Barcelona, donde ha convivido con más de 28 personas, ahora dispone de dos meses para encontrar otro lugar donde vivir.
Mientras se negocian estas medidas, quienes viven de alquiler afrontan dificultades para encontrar una vivienda y mantenerse en ella. Foto: Unsplash
La finca ha cambiado de propietario, está en obras y, según explica a La Vanguardia, le han planteado una subida del alquiler de al menos un 30%. Con ese incremento, calcula que tendría que destinar alrededor del 40% de sus ingresos al alquiler, un esfuerzo económico que le lleva a plantearse abandonar la ciudad.
Una búsqueda con fecha límite
“Tengo dos meses para encontrar otro sitio”, explica. Ese es el plazo con el que afronta ahora la búsqueda. Cuenta con amigos que podrían acogerlo si no encuentra una vivienda a tiempo, una red que le permite tener cierto margen. “Si no contara con ellos, quizá tendría que aceptar el primer piso que encontrara”, señala.
Según cuenta, la mudanza implica, además, resolver qué hacer con los muebles y los objetos acumulados. El piso estaba sin amueblar cuando llegaron y buena parte de las cosas son suyas o de su compañera. Si la siguiente vivienda ya está equipada, tendrá que decidir deprisa qué conserva y dónde puede guardarlo.
Entre las opciones aparece marcharse de Barcelona. Foto: Magnific
Entre las opciones aparece marcharse de Barcelona. Su trabajo le permitiría vivir en las afueras, pero la decisión supondría alejarse de los lugares donde ha construido su vida durante casi diez años. Les Corts sigue siendo el barrio que siente más suyo, ya que allí ha vivido buena parte de ese tiempo y ha compartido planes con sus amigos.
Alzina recuerda que, cuando se trasladó a la zona de Glòries, al principio todavía se sentía un extraño. “Después de pasar por tantos pisos, estos últimos años había tenido más suerte, y ahora me he dado de bruces con una situación que vive mucha gente”, relata. En esta ocasión, tampoco conoce a nadie de su círculo cercano que busque compañero o tenga una habitación disponible. “Me veo un poco forzado a plantearme irme de la ciudad”, explica.
Compartir piso más allá de los años de estudiante
Su experiencia compartiendo vivienda le ha enseñado a negociar rutinas, relativizar conflictos y reconocer cuánto necesita un espacio propio. Sin embargo, la convivencia se prolonga mucho más allá de la etapa universitaria. Alzina conoce a personas que siguen compartiendo piso pasados los treinta y se acercan a los cuarenta.
Algunos de sus amigos recurren a esta fórmula mientras intentan ahorrar para la entrada de una vivienda, aunque saben que pueden tardar años. A él le preocupa, además, encontrar ofertas con contratos temporales de once meses. “Cuando tienes poco tiempo para buscar, todo eso hace aún más difícil encontrar un lugar donde puedas quedarte tranquilo”, explica.
Esa tranquilidad es precisamente lo que asocia con sentirse independizado, es decir, llegar a casa y encontrar un hogar compatible con sus ritmos y hábitos. Mientras las movilizaciones reclaman respuestas, su urgencia tiene un horizonte concreto de dos meses.
“Soy farmacéutico, estudié una carrera y un máster. He trabajado en mi profesión y ahora tengo incluso un segundo empleo”, resume. “Haces lo que se supone que debes hacer y, aun así, conseguir estabilidad en la vivienda sigue siendo muy difícil”, insiste.
Judit González Pernías
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