Coves no entiende el jardín como una composición que deba mantenerse siempre igual, ni como una suma de especies escogidas solo por su aspecto. Le interesa más que cambie con las estaciones, que las plantas convivan entre ellas y que el conjunto se parezca más a un paisaje que a una colección de plantas colocadas una junto a otra.
“Lo naturalista no está en la lista, está en cómo se planta, no en filas ni en manchas cerradas, sino mezclado, dejando que las especies se busquen, se resiembren y se cedan el sitio según el año”, explica en conversación con La Vanguardia. En invierno, cuando muchas flores ya se han secado y el jardín pierde parte del color que había conseguido los meses anteriores, la tentación suele ser cortar y limpiar. El paisajista propone aprender a mirar también esa fase del jardín y entender que una planta seca no significa necesariamente una planta que sobra. “No cortar la flor seca, porque esa espiga marrón del invierno es estructura, comida y semilla”, explica.
Por eso, tampoco busca que la flor sea siempre la protagonista. “Así el jardín se lee por la hoja, por los verdes y por el viento peinando la hierba, con la flor como puntuación, hortensia y monardas en verano, ásteres en otoño, camelia en invierno, el oro del abedul y del castaño al caer la hoja”. En esa sucesión de estaciones, las flores secas forman parte del jardín igual que las floraciones de primavera o verano. Sus espigas mantienen la estructura cuando otras plantas desaparecen, conservan semillas y siguen teniendo una función para insectos y fauna durante los meses fríos.
Un jardín frondoso no se construye planta a planta. Foto: IG/javiercovespaisajismo
Un jardín frondoso no se construye planta a planta
Para conseguir esa apariencia natural, Coves insiste en que no basta con escoger una lista de especies que nos gustan. “Lo primero es pensar en capas, no en plantas sueltas”. En Galicia, sus referencias son la carballeira y el jardín de pazo, pero también el paisajismo naturalista inglés. “Lo que se sostiene en un jardín inglés tiene muchas más papeletas de funcionar aquí que cualquier cosa traída del sur”.
La primera capa la forman los árboles. “Arriba, una bóveda de árbol autóctono, carballo, castaño, abedul, que tamiza la luz”. Debajo aparece una vegetación especialmente bien adaptada al clima gallego: “Camelia de flor invernal, hortensia que en suelo ácido se vuelve azul, magnolias, rododendros y azaleas”.
Y al ras del suelo entra una tercera capa, más cambiante, formada por herbáceas y gramíneas. Coves menciona persicarias, astrantias, anémonas de otoño, ásteres, monardas, dedaleras que se siembran solas o geranios vivaces. Entre ellas introduce deschampsias y molinias, “de suelo ácido y húmedo como si las hubieran inventado para aquí”, y algún miscanthus para dar cuerpo.
La gracia está precisamente en que esas especies no permanezcan rígidamente separadas. Se mezclan, aparecen en lugares distintos, se resiembran y ganan o pierden terreno según las condiciones de cada año.
La gracia está precisamente en que esas especies no permanezcan rígidamente separadas. Foto: IG/javiercovespaisajismo
El jardín también empieza por entender el clima
Esa forma de plantar está directamente ligada al lugar. “El error casi siempre es el mismo, importar una imagen pensada para otro clima”, insiste Coves. En el norte de España, uno de los casos más claros es intentar reproducir la estética mediterránea con lavanda, romero, jara, olivo, ciprés. El problema no es únicamente estético. “Son plantas que detestan el pie mojado, se pudren, enferman y no maduran con la poca luz del verano gallego”.
“En el Mediterráneo el factor que manda es la sequía. Se diseña alrededor de la escasez de agua, con riegos profundos y espaciados y plantas que saben esperar y no aguantan el encharcamiento. En Galicia se invierte todo”. Aquí, explica, entran en juego “el exceso de humedad, mal drenaje, presión de hongos, menos sol y calor en verano y, en la costa, viento y sal”. Por eso, su método comienza antes incluso de escoger las plantas. “Leer primero el suelo y el clima, elegir lo que pertenece al sitio e intervenir lo menos posible”.
Un jardín que no haya que “pelear para siempre” Foto: IG/javiercovespaisajismo
Un jardín que no haya que “pelear para siempre”
Utilizar especies propias del lugar determinará cuanto mantenimiento se necesita a largo plazo. “Trabajar con lo que pertenece a un sitio no es nostalgia, es la diferencia entre un jardín que se sostiene solo y uno que hay que pelear para siempre”. En el norte, la referencia está en el bosque atlántico: “Carballo, castaño, abedul, laurel, madroño, con un sotobosque de helechos y brezos sobre suelo ácido”.
Partir de esa matriz no significa copiar literalmente el bosque, sino utilizar su lógica para construir un jardín que responda bien al suelo, al agua y a la luz disponibles. El resultado que busca Coves es que el diseño casi desaparezca. “Combinado así, no se posa sobre el paisaje. Se disuelve en él, como una prolongación del bosque, solo que lleno de insectos y de vida en movimiento”. La idea, dice Coves, es que el jardín parezca que siempre estuvo ahí.
Paula Martínez
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