Hay historias que empiezan con una gran decisión. Y otras, simplemente, con alguien que pasa por el lugar adecuado en el momento indicado.
Marc iba a escalar por una zona de Cataluña y siempre atravesaba el mismo camino. Allí había una finca abandonada, unos antiguos terrenos vinculados a un molino de papel del siglo XVIII y una pequeña construcción prácticamente derruida. Un día decidió preguntar qué podía hacer con aquello.
Cuatro años después, aquel lugar se ha convertido en su particular experimento de autosuficiencia con huerto, árboles frutales, una balsa de agua, un manantial, una pequeña casa y muchas horas de trabajo.
La finca no es suya
“Yo pasaba por aquí muy a menudo, iba a escalar y vi esto, que estaba abandonado totalmente”, explica Marc en el video publicado por el creador de contenido Arnau Serrado.
El anterior usufructuario había dejado de hacerse cargo de los terrenos y estos empezaban a quedar cubiertos por la vegetación.
Marc tuvo entonces la ocurrencia de hablar con la administración y presentar un proyecto para recuperar el espacio, mantenerlo limpio y utilizarlo para producir sus propios alimentos.
“Me hicieron una entrevista, hubo un concurso y al final tuve la suerte de que me la concedieron”, cuenta.
El lugar se convirtió en espacio de una experiencia autosuficiente. Foto: Captura
Una casa que estaba prácticamente en ruinas
Cuando llegó, la pequeña vivienda tampoco estaba en condiciones de entrar a vivir. Un árbol había caído sobre la cubierta y buena parte de la construcción estaba derrumbada.
Durante los siguientes tres años, Marc y algunos amigos fueron reconstruyéndola poco a poco. Vigas, tejado, paredes encaladas, suelo y una pequeña zona para cocinar forman ahora un refugio de dimensiones reducidas, pero suficiente para pasar allí los fines de semana.
No hay una gran cocina ni electrodomésticos. Tampoco placas solares (teme que puedan ser robadas porque la finca está cerca de una zona frecuentada por excursionistas). La iluminación se resuelve con unas pequeñas barras de luz y una batería portátil. Para cocinar utiliza camping gas y para calentarse, una estufa de leña.
“Yo aquí estoy encantado. No necesito más”, asegura. Abajo, la casa cambia por completo. Parte de la construcción está excavada junto a la roca y la temperatura es mucho más fresca, hasta el punto de que Marc lo compara con entrar en una vivienda con aire acondicionado.
Tomates, cebollas, pimientos y agua de una antigua balsa
La verdadera despensa está fuera. Ocurre que Marc recuperó los terrenos de cultivo y actualmente planta tomates, cebollas, pimientos, melones y sandías, además de contar con cerezos, perales, uvas, nueces, almendras, olivos y otros frutales. Todo, explica, se cultiva de forma ecológica y sin pesticidas.
El agua es uno de los mayores dolores de cabeza. La antigua balsa del molino se utiliza para regar, pero una conducción se ha obstruido con cal y el depósito tiene grietas.
Su "despensa" está en ese mismo terreno. Foto: Captura
Para solucionarlo, Marc recurre a una motobomba y también instaló un sistema de riego por goteo que aprovecha el desnivel del terreno.
A pocos minutos de la casa existe además un manantial que, según explica, ha mantenido su caudal incluso durante los años de sequía. El joven asegura que bebe de esa agua, aunque reconoce que no dispone de un análisis reciente que garantice su potabilidad.
Una historia pequeña que encaja en un problema mucho mayor
Lo que ha hecho Marc no es una solución aplicable automáticamente a cualquier finca abandonada. Su caso depende de la situación concreta del terreno, de la administración propietaria y del procedimiento utilizado.
Pero su historia llega en un momento en el que Cataluña está intentando precisamente recuperar población y vivienda en sus zonas rurales. En 2026, la Generalitat mantiene un programa de ayudas para rehabilitar viviendas vacías en entornos rurales y fomentar el arraigo y el repoblamiento.
La convocatoria se dirige a 590 municipios y contempla ayudas que, dependiendo del caso, pueden alcanzar entre el 50% y el 80% del coste subvencionable.
Marc Mestres, La Vanguardia
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