A lo largo de su carrera, Vicente Fernández, el Chente, construyó una imagen asociada a la fuerza, el carácter y una manera inconfundible de interpretar la música mexicana. Sin embargo, en una entrevista realizada por Adela Micha en 2013 mostró una faceta especialmente sensible al hablar de su vida.
La conversación recorrió algunos de los momentos más dolorosos que atravesó, desde la enfermedad y muerte de sus padres hasta el secuestro de uno de sus hijos. En ese contexto, el cantante habló abiertamente sobre el llanto y rechazó la idea de que un hombre debía ocultar sus emociones.
“Para llorar se necesita ser muy hombre”, afirmó Vicente Fernández, después de contar que podía emocionarse por el dolor de otras personas e incluso llorar mirando una película. Para él, esa capacidad no representaba una debilidad, sino una forma de sensibilidad.
El cantante habló abiertamente sobre las emociones y la importancia de poder expresarla. Foto: EFE / Francisco Guasco
El artista explicó que quienes pueden llorar tienen la posibilidad de liberar aquello que llevan dentro. “Nos lavamos el alma por dentro”, sostuvo al definir lo que significaba para él dejar salir las emociones, una idea que atravesó buena parte de aquella conversación.
La sensibilidad detrás de una figura de carácter fuerte
Fernández reconoció que era “el hombre más sensible" y aseguró que podía sentirse lastimado por la menor acción, aunque también encontraba felicidad en cosas muy pequeñas. Para el cantante, esa sensibilidad había sido parte inseparable de su manera de vivir y de cantar.
Durante la entrevista, Adela Micha le señaló que resultaba difícil imaginar tantos años dedicados a la música sin esa capacidad para sentir. Fernández coincidió y dejó en claro que sus interpretaciones estaban directamente vinculadas con una personalidad profundamente emocional.
Durante la charla recordó la enfermedad y la muerte de sus padres. Foto: AP / Christian Escobar Mora
También recordó la enfermedad de su madre, que padeció cáncer y murió cuando él todavía era joven. En aquellos años, mientras intentaba abrirse camino en su carrera, debía dejarla internada para salir a cantar serenatas y ganar el dinero que pudiera.
La pérdida de sus padres fue uno de los episodios que recordó con mayor emoción. Su madre murió a los 47 años y su padre a los 56. A pesar de esas experiencias, sostuvo que siempre intentó aceptar aquello que la vida le presentaba.
La pesadilla del secuestro de su hijo
Uno de los momentos más duros de su vida fue el secuestro de su hijo Vicente. El cantante contó que la familia recibió una llamada y que, tras confirmar lo ocurrido, comenzó una espera que se extendió durante cuatro meses.
Cuando finalmente su hijo regresó, Fernández recordó el abrazo y el momento en que descubrió que le habían cortado dos dedos. Para el artista, el episodio fue una pesadilla marcada por la incertidumbre y por la imposibilidad de saber qué podía haber ocurrido.
También explicó por qué decidió despedirse de los escenarios mientras aún conservaba su voz. Foto: Xinhua / UPPA/ZUMAPRESS
Explicó que lo que más lo atormentaba era pensar que, si su hijo no regresaba con vida, ni siquiera sabría dónde llevarle una flor, una lágrima o una oración. Años después, todavía recordaba aquel período como uno de los golpes más profundos que había sufrido.
El público, el aplauso y la decisión de retirarse
En otro tramo de la charla, Fernández habló de su retiro de los escenarios. Aunque definía al canto como su vida y aseguraba que dejar de hacerlo podía causarle tristeza, decidió despedirse mientras todavía conservara la voz con la que quería ser recordado.
También describió el aplauso como una sensación difícil de reemplazar. Ver las reacciones del público, escuchar los gritos y sentir cómo cada canción generaba una respuesta distinta era, según explicó, una de las experiencias más intensas de su carrera.
Pero detrás de esa figura acostumbrada a escenarios multitudinarios estaba el hombre que no tenía problemas en admitir que lloraba. Para Vicente Fernández, la sensibilidad nunca estuvo enfrentada con la fortaleza: después de una vida marcada por el dolor y la emoción, ambas cosas podían convivir.
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