El escritor leonés Julio Llamazares tiene como sello de sus obras la sensibilidad con el arraigo, la memoria y el paisaje. Escribe ficción, poesía y crónicas, pero ese es el hilo conductor de sus libros. La naturaleza y el campo se evocan de distintas maneras en su pluma, tal como explicó en una reciente entrevista desde su casa en Madrid.
El escritor nacido en 1955 en el desaparecido municipio de Vegamián, León -estaba situado en la ribera del río Porma, en la comarca de Montaña Oriental- abrió las puertas de su refugio personal durante el reportaje con el medio español elDiario.es.
Es autor de "La lluvia amarilla", "La lentitud de los bueyes", "Luna de lobos", "El río del olvido", "Memoria de la nieve" y "Vagalume", entre muchos otros títulos.
Para su libro más reciente, "El viaje de mi padre", publicado en 2025, él mismo recorrió el camino que hizo su papá en el Regimiento de Transmisiones durante la Guerra Civil.
Durante la charla, que recorrió toda su trayectoria, surgieron varias reflexiones sobre la desconexión del mundo urbano respecto a la realidad rural y el fenómeno de la "España vaciada".
La naturaleza como testigo del paso del tiempo, según Julio Llamazares
"Yo vengo de un mundo que desapareció, incluso físicamente. Nací en un pueblo que está debajo del agua, pero eso es un símbolo", rememoró Llamazares sobre su pueblo natal, que quedó bajo las aguas de un embalse cuando era un niño.
"Me crié en pueblos mineros o campesinos, donde mi padre ejercía de maestro. Vengo de una cultura que ha desaparecido, y por tanto, tengo interés por eso y por las consecuencias de esa desaparición", indicó.
Aunque se licenció en Derecho, abandonó el ejercicio de la abogacía para dedicarse de lleno al periodismo y a la literatura. "Para mi el escritor es todo aquel que tiene la vocación de escribir, que lo haría aunque nadie le leyera", definió.
El escritor Julio Llamazares en 2008, año en que publicó "Las Rosas de Piedra". Foto: EFE
Para Llamazares cada escritor escribe sobre lo que le pide el alma. En su caso entiende el paisaje como memoria y la naturaleza como testigo del paso del tiempo.
"El escritor no elige los temas, sino que los temas lo eligen a él. Las cosas que te pide el alma tienen que ver casi siempre con tu vida, con tu sensibilidad, con tu identidad, con lo que te preocupa, lo que te apasiona, y eso no es igual en todos los casos", expresó.
Yo no escribo para nadie: intento escribir lo que me gustaría leer. Luego soy limitado como escritor y por eso hay que trabajar mucho los textos. Lo que ocurre es que en el mundo hay una serie de personas que piensan y sienten de manera parecida a ti, o que por lo que sea cuando te leen se conmueven. A mí un espectador una vez en Italia me dijo: “Es que su poesía da calambre”. Tú con la literatura tienes que dar calambre, y a partir de eso despertar una cierta sensibilidad, conmover, hacer sentir, hacer pensar.
"La diferencia entre un periodista o un político es que intentas convencer a la gente de algo. La literatura no tiene ninguna función social directa. La literatura es la purga de tu corazón y el efecto que eso produzca en los lectores es más indirecto que directo", argumentó.
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Los temas de la vida cotidiana que trata la literatura
"Cada novela es una respuesta a una pregunta. Y la pregunta que me hacía cada vez que veía un pueblo abandonado era: ¿'qué pensaría el último que se quedó aquí?'", comentó sobre el motor detrás de su obra "La lluvia amarilla".
"La cultura hoy es mayoritariamente urbana y la mirada que hay del campo suele ser una mirada urbana. El ecologismo es una mirada urbana, la gente del campo no es ecologista. Pero esa mirada está siempre desenfocada: o bien a favor o bien en contra", sostuvo.
La distorsión de la realidad en la dicotomía de lo rural y lo urbano
"Hay una mirada urbana del campo que es que son todo paletos, son rudimentarios. Es una mirada despectiva. Hasta hace poco había humoristas que hacían chistes de los de los pueblos", explicó.
"Y luego hay otra mirada que en mi opinión es peor, que es la paternalista. Los que van al campo como que es el paraíso perdido sin saber que allí las pasiones son las mismas que en las ciudades: la gente se ama, se odia, se mata", continuó.
"El problema del campo es que siempre se cuenta desde las ciudades. Raramente hay gente que vive y escribe desde allí. Y eso tiene una serie de consecuencias", manifestó.
"Yo vengo de ese mundo y me he criado en el otro, como millones de españoles y europeos. Eso me hace evitar el menosprecio y la alabanza de la aldea", aseguró.
Julio Llamazares tiene 47 años de trayectoria pública y literaria. Foto: Captura de YouTube @Librotea
Luego dio un ejemplo puntual: "Tú ves a la gente que va a la sierra de Madrid un domingo y va vestida como si fuera al Amazonas. Y ven una vaca y le preguntan al señor si la pueden tocar".
"Yo pienso que el paleto nacional ahora no es Paco Martínez Soria, que venía con la boina y llegaba a Atocha y miraba un semáforo con la boca abierta. Ahora el paleto es el urbanita que sale a 30 kilómetros de la ciudad y mira a una oveja como si viera una jirafa", aclaró.
"Hay una distorsión de la realidad que a mí me llama mucho la atención", remató. La palabra que usó, "paleto", se usa de manera despectiva para referirse a una "persona rústica y sin habilidad para desenvolverse en ambientes urbanos", tal como define la RAE.
"Pueblerino" o "campesino" suelen utilizarse como sinónimos, pero la diferencia es que paleto se usa con un sentido negativo. "La impresión que yo tengo es que la gente, cuando habla de la naturaleza, se refiere a la naturaleza del campo, pero la ciudad también es naturaleza", selañó.
Llamazares considera que los edificios, las calles, también son naturaleza. "Es un medio natural, más intervenido por el género humano, pero el campo también está muy intervenido: desde un avión ves el paisaje y está todo cultivado, está intervenido", enfatizó.
Sobre la nostalgia de aquellos tiempos donde había menos intervención, el autor aseguró que su intención no es recuperar lo que ya se perdió. "Se trata de fijarlos en la memoria para que no desaparezcan del todo, pero eso lo hacemos entre todos", remarcó.
"La nostalgia no tiene ningún sentido. Cualquier tiempo pasado fue peor, no mejor. No hay que idealizarlo. Lo único que fue mejor es que éramos más jóvenes y nos quedaba más tiempo por delante", sentenció.
"Simplemente considero que la memoria es fundamental para todos nosotros. Es lo más importante que tenemos, y además no es fija, sino que se va transformando", concluyó.
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