Juan Manuel Díaz Aguayo está a punto de cerrar la última etapa de una trayectoria laboral que comenzó muy lejos de los cementerios. Antes de incorporarse a la empresa de servicios funerarios Áltima), hace una década, había sido propietario de una cadena de panaderías y cafeterías, una experiencia que le enseñó a tratar con el público, a resolver problemas y a entender que una parte importante de cualquier oficio consiste en saber atender a la persona que tienes delante. Cuando llegó al cementerio comarcal de Roques Blanques, en El Papiol, descubrió que aquella capacidad también era esencial allí, aunque las familias no acudieran a comprar nada, sino a despedirse de alguien.
Durante estos diez años trabajó como operario de cementerio y como técnico especialista en hornos crematorios, una profesión que suele reducirse desde fuera al momento en el que el féretro entra en el horno, pero que incluye controles de identificación, preparación de las instalaciones, tratamiento de humos, mantenimiento, inhumaciones, exhumaciones y, sobre todo, acompañamiento. Díaz insiste en que los procedimientos pueden estar perfectamente establecidos, pero la manera de llevarlos a cabo depende de las personas. Una flor sobre un ataúd, una carta o unos últimos minutos para hablar pueden parecer detalles menores para quien observa desde fuera, pero para una familia, en cambio, pueden convertirse en la última forma de despedirse de alguien a quien acaban de perder.
¿Cómo definiría el trabajo de un operario de cementerio?
El trabajo consta de varias partes. Están los servicios de inhumación y exhumación, es decir, los entierros y la extracción de restos o cadáveres de una sepultura; está el mantenimiento del cementerio, que ocupa una parte importante de la jornada; y está la atención al público, que para mí es probablemente lo más importante. Después hay una segunda vertiente, que es la de técnico especialista en hornos crematorios. Durante mucho tiempo se ha utilizado la palabra “hornero”, pero a mí no me parece la más correcta, quizá porque vengo del mundo del pan y un hornero se asocia enseguida con alguien que hace pan o pastelería.
¿Qué suele imaginar la gente cuando piensa en un horno crematorio?
La mayoría se queda con el momento en el que se abre la puerta y se introduce el féretro. Lo primero que preguntan muchas veces las familias es si van a ver fuego, pero no se ve fuego ni prácticamente nada. Esa parte puede durar un minuto o un minuto y medio, pero antes y después hay muchísimo trabajo que la gente desconoce. Todo empieza cuando el difunto llega al crematorio y hay que identificarlo, señalizarlo y asegurarse de que nunca pierda la trazabilidad durante el proceso. Es un trabajo que exige mucha concentración, porque no puede haber errores.
¿Cómo se identifica al difunto durante todo el proceso?
Cuando recibimos el féretro se le asigna una placa con un número que funciona como una especie de DNI y que acompaña los restos en todo momento. Se fotografía esa placa junto al nombre que figura en el féretro y la imagen queda incorporada a un archivo. A partir de ahí, ese número está presente durante toda la cremación y también después, cuando los restos pasan a la cremuladora, que es la máquina que los reduce hasta obtener la textura que conocemos como ceniza. Finalmente, se introducen en una urna y se entregan a la familia con la misma identificación.
¿Cuál es la parte más física del oficio?
La parte más física está relacionada sobre todo con el mantenimiento del cementerio. Roques Blanques tiene alrededor de 50 hectáreas y está situado en medio del bosque, de manera que el viento, la lluvia o la caída de árboles pueden dejar el recinto muy afectado de un día para otro. También hacemos pequeños trabajos de albañilería, pintura, cristalería y mantenimiento general. En este trabajo hay que saber un poco de muchas cosas. Aquí, en cierto modo, se le puede dar la vuelta al dicho de “aprendiz de todo, maestro de nada”, porque ser aprendiz de todo resulta muy útil.
¿Hace falta una formación específica para entrar a trabajar en un cementerio?
Se puede entrar sin experiencia previa porque la propia empresa te forma en los protocolos, las medidas sanitarias y los procedimientos que debes seguir. La parte técnica se aprende relativamente rápido si estás atento y tienes interés. Lo que resulta más difícil de enseñar es el don de servicio. No sé si uno nace con él o lo desarrolla con los años, pero aquí es fundamental. También hace falta empatía, mucha empatía, aunque sin perder nunca la profesionalidad. Puedes comprender el dolor de una familia y acercarte a ella, pero al mismo tiempo tienes que mantener la cabeza fría para hacer correctamente tu trabajo.
¿Qué importancia tiene el cuidado cuando la familia ya se ha marchado?
Toda. Una vez, una persona me dijo: “Tápalo bien, que mi padre era albañil y te estará mirando”. Yo le respondí que no sabía si lo taparía tan bien como lo habría hecho él, pero que podía estar segura de que lo cuidaría cuando se marchara. Nuestro trabajo no termina cuando la familia abandona el cementerio. Aquí permanecen sus seres queridos o sus restos, y tenemos la obligación de seguir tratándolos con respeto. No dejan de ser personas que alguien ha querido y que para alguien siguen siendo importantes. Ese cuidado forma parte del oficio, aunque nadie lo vea.
¿Por qué cree que existe tanto desconocimiento sobre los cementerios y las cremaciones?
Porque seguimos teniendo miedo a la muerte. Sabemos que llegará, seguramente es la única certeza que tenemos, pero preferimos no hablar demasiado de ella ni preguntar cómo funciona todo. Pasa algo parecido con el testamento. Mucha gente evita hacerlo porque parece que redactarlo pueda acercar la muerte, cuando en realidad es un trámite que puede evitar muchos problemas a la familia. Con los cementerios ocurre lo mismo: sabemos que existen y que algún día los necesitaremos, pero no queremos profundizar demasiado porque hacerlo nos obliga a pensar en algo que nos incomoda.
¿Uno se acostumbra a trabajar cada día con la muerte?
Te acostumbras a introducir un féretro, a seguir un procedimiento o a realizar determinadas tareas, pero no te acostumbras al dolor de las familias. Cuando llegan, para nosotros la muerte pasa a un segundo plano, porque lo importante son ellas. Cada familia expresa el dolor de una manera distinta y cada despedida es diferente. Se suele pensar que siempre es más duro cuando muere una persona joven, y evidentemente hay fallecimientos traumáticos o inesperados que son especialmente difíciles, pero el dolor no se puede medir solo por la edad. Yo he escuchado a una hija llorar desconsoladamente por su madre de 97 años y preguntarse por qué se había ido tan pronto. ¿Cómo se mide eso? No se puede.
¿Cómo consigue no llevarse todo ese dolor a casa?
No siempre lo consigues. Hay situaciones que te acompañan cuando termina la jornada, pero tienes que aprender a resetear porque también tienes tu propia vida y al día siguiente debes volver con la misma disposición para ayudar. Trabajar aquí, sin embargo, también tiene una parte positiva: te recuerda que estás vivo. Salimos de casa por la mañana dando por hecho que volveremos por la tarde, pero puede ocurrir un accidente, un infarto o cualquier cosa. Tener la muerte tan cerca te obliga a valorar más lo que tienes y a intentar disfrutar. Parece un tópico, pero yo he aprendido muchísimo sobre la vida acercándome a la muerte.
¿Cómo ha cambiado el oficio con el aumento de las incineraciones?
Las incineraciones han superado a los entierros tradicionales, pero hay que hacer un matiz. Podemos hablar de un 60% de cremaciones y un 40% de inhumaciones, aunque muchas de esas cenizas también terminan depositándose en un cementerio. Una cremación no significa necesariamente que el servicio se haya acabado. Algunas familias conservan la urna en casa, pero muchas necesitan disponer de un lugar al que acudir, sentarse un rato y hablar consigo mismas o con la persona que han perdido. Por eso se han tenido que crear nuevos tipos de sepulturas para cenizas.
¿Qué es lo más duro de su profesión?
Lo más duro es empatizar sin perder la profesionalidad. Hay momentos en los que resulta muy difícil que no se te caiga una lágrima, pero tienes que seguir haciendo bien tu trabajo. La emoción está ahí y no creo que haya que esconderla del todo, porque somos personas, aunque tampoco puedes permitir que te bloquee. La familia necesita que estés presente, pero también que sepas qué debes hacer en cada momento.
¿Y lo más gratificante?
Lo más gratificante es sentir que has ayudado a una familia en un momento muy complicado. Siempre digo que los procesos son mecánicos, pero lo humano es la manera en la que nosotros realizamos esos procesos. Desde que la familia termina los trámites empezamos a acompañarla, a observar cómo se encuentra y a detectar qué necesita. Cuando acaba el servicio, te dan las gracias, te miran con una sonrisa o te dicen que valoran el trabajo que has hecho, sientes que todo ha tenido sentido. Para mí y para todo el equipo es una satisfacción enorme.
¿Qué le diría a quien considera que este es un trabajo frío?
Que no es frío ni puramente mecánico. Esa idea nace del desconocimiento. Yo cambiaría la palabra “frío” por “paz”. Roques Blanques está en medio de la montaña, no escuchas apenas ruido y trabajar aquí transmite una tranquilidad difícil de explicar. Animaría a la gente a conocer este oficio y también a acercarse alguna vez a un cementerio sin que tenga que ser necesariamente por un funeral. Yo solo puedo estar agradecido por estos diez años. Este trabajo me ha cambiado la vida y me ha enseñado muchísimo. La muerte forma parte de la vida, es la última parte, y entenderla un poco mejor también puede ayudarnos a vivir de otra manera.
Joel Sáez
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