07/08/2026 08:31
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La nueva historia de Marcelo Birmajer: Tomarse un tiempo

La nueva historia de Marcelo Birmajer: Tomarse un tiempo

Un encuentro casual en un colectivo con un amigo del secundario, que cuenta una historia de amor (con el consabido "tenemos que tomarnos un tiempo"), que incluye un sosías y un des

Todo esto tiene que haber ocurrido en los años '90. La inteligencia artificial ya había pasado de moda. Se había agotado en un ramillete de películas: una de ciencia ficción de los años '50, con robots que parecían juguetes y se adueñaban del mundo.

Terminator, en 1984, que había envejecido prematuramente. Blade Runner era la mejor.

Pero las tres incluían la propiedad eminente de las buenas historias inventadas: o habían ocurrido en un pasado irrecuperable, o nunca habían ocurrido, o estaban ocurriendo siempre.

Repentinamente surgió a mi lado, en el asiento del colectivo, Jofre, compañero, casi amigo, del colegio secundario. Lo recordaba por varios motivos. Había sido el novio de la alumna más hermosa de la clase, Brisa. Además, Jofre era casi idéntico a mi amigo Munga, del Club. Se los había comentado a ambos, ocasionalmente, aunque no se conocían.

Jofre me saludó. Conservaba algo del encanto de nuestra adolescencia. Fue el primero de nosotros en tener barba de días. Por entonces no era un hábito deliberado, como se impuso después de Mickey Rourke.

El encanto de Jofre le alcanzaba para Brisa, pero no mucho más. He conocido personas que viven de su encanto, desarrollan una carrera, consiguen una posición. Pero Jofre, o bien no había querido abusar de su don, o no sabía cómo hacerlo. El noviazgo con Brisa duró hasta que ella cumplió 23 años, me contó durante el viaje. Y no pude evitar reconstruir en mi memoria a aquella beldad, similar a Lagertha de los Vikingos, que nunca más volví a ver.

-Ella me pidió que nos tomáramos un tiempo -me informó Jofre, recapitulando un episodio de por entonces más de 20 años atrás, si no estoy calculando mal-.

-¿Qué es tomarse un tiempo? -abundó mientras el colectivo 24 buscaba un destino-.

-Le pregunté -siguió-. ¿Un mes? ¿Un año? Y si durante ese período estás con otro, ¿qué le vas a decir? ¿”Estaremos sólo por un tiempo”? ¿”Jofre me espera”?

-No tiene sentido la frase -remató Jofre-.

-Nada lo tiene -apunté-.

-Siempre repetís eso -me desestimó Jofre-. Desde que tenías 17 años.

-¿Y no es verdad? -lo desafié-.

-Aún si lo fuera -replicó-. Hay que comportarse de alguna manera. La frase “tomarse un tiempo” es inconsecuente. No tiene significado.

-Es cierto -asumí-. Pero es irrebatible.

-¿Cómo se olvida a una mujer como Brisa?

-No se la olvida -acepté-.

Pero podés alejarte... -especuló-. Me alejé todo lo que pude. Me fui tan lejos como este colectivo nunca va a llegar. En el campo, conocí a Blanca. Literalmente una campesina. Me amaba con adoración. Me enseñó a sembrar, a maniobrar con los animales. Hicimos rancho juntos. Teníamos dos perros. No me dejaba lavar los platos ni tender la cama. Yo por ella lo intentaba, pero me insistía que era su tarea. Era fresca como la mañana, y cada noche. Por momentos yo le decía que era una cabrita vuelta muchacha para mí. Ella jugueteaba con sonidos y me llamaba su lobo.

-Estamos en un colectivo -le dije en voz baja-.

-Pasamos cinco años deliciosos -remató Jofre-.

-Un día apareció Brisa con tu amigo Munga -agregó-.

La información me golpeó. El disperso conventillo rodante se congeló, sin que lo supieran los pasajeros.

-Munga no era mi amigo -reaccioné-. Un conocido. Era igual a vos.

-Seguía siendo igual -acotó Jofre-. Dos gotas de agua. No sé cómo lo habrá contactado Brisa...

-Yo te comenté a vos de la existencia de Munga -rebobiné-. A Brisa también, en el secundario, claro. Era uno de los pocos comentarios que podía hacerle. ¿De qué le iba a hablar?

-No sé cómo lo habrá contactado -repitió Jofre-. Pero se aparecieron en el pueblo, como veterinarios.

-El tiempo terminó -me escuché reflexionar-.

-Me vino a buscar -confirmó Jofre-. Eso era evidente. Con un hombre igual a mí. Parecía un clon. La ciencia habrá avanzado todo lo que quieras, pero a mí me sigue sorprendiendo más la coincidencia de dos personas iguales, sin antecedentes biológicos ni manufacturaciones técnicas.

-A mí también -coincidí-.

-No podíamos eludirlos. Cada tanto algún animal había que llevar. Uno de nuestros perros. Pronto Blanca descubrió todo. No necesité explicarle. Me leía como si fuera una carta. Me dijo: si esa mujer te desvela, te regalo una noche con ella.

-No -le dije-. No necesito una noche con ella. Necesito que se vaya.

-Lo sé -declaró Blanca-. Pero no la podemos echar. Ni se va a ir. Vino a buscarte. Hasta se trajo a un fulano igual a vos.

-Pero yo me voy a quedar con vos -sentencié-.

-¿Es una decisión, o un sentimiento? -me preguntó-.

-Sos todo para mí -insistí-.

-Eso no es una respuesta -porfió Blanca-.

“Era la primera vez -desde que la había conocido, susurró Jofre-, que me hablaba con frialdad”.

“Nunca me acerqué a Brisa más que para llevar algún animal. O saludar de lejos cuando me la cruzaba en el pueblo. Con Munga no intercambié una palabra.

“Un día Blanca me dijo que me fuera de casa. Le repetí que yo me había mantenido exclusivamente junto a ella. Me dijo que ya lo sabía. Pero que no podía soportar que me pasara el día pensando en Brisa. Se había aburrido de mí”.

-Al menos no te pidió tomarse un tiempo -bromeé-.

Pero no registró el chiste.

-¿Cuál fue el mejor momento de tu vida? -me preguntó, tan repentinamente como había surgido a mi lado-.

-Ninguno -improvisé-.

-El mío -abundó sin que se lo pidiera-, mi primera vez con Brisa. La segunda, y la tercera.

-¿Y los años que pasaste con Blanca?

-Son los únicos que quisiera repetir.

No le pedí más aclaraciones. Pero no creo que me las hubiera podido brindar.

-Uy, me pasé -exclamó con urgencia-.

No me acuerdo dónde se bajó. Tampoco a dónde iba yo.

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Las únicas personas que realmente pueden “tomarse un tiempo”, son los amigos. En este caso puntual, los conocidos. No se lo anuncia, no se proclama: el tiempo pasa discretamente. Años, décadas. Estaba a punto de cumplir sesenta cuando creí haberme reencontrado con Jofre en la farmacia.

-Jofre -le grité, para alarma de los demás clientes-. Es una paradoja preguntar cómo estás... en este lugar.

-Soy Munga -me respondió-.

Me lo quedé mirando sin saber qué decir. No quería saludar a Munga. Lo hubiera evitado.

-Jofre falleció -me descerrajó-.

No sé si impostó o efectivamente su rostro se consternó.

-Un accidente automovilístico -informó-.

Unos párrafos arriba definí a Munga como “amigo” del Club, en éste aclaro que, tal como lo se lo especifiqué a Jofre, sólo era un conocido. Y ahora hubiera preferido que ni siquiera fuera un conocido.

-¿Qué dice un escritor de un veterinario en una farmacia? -intentó desatar un diálogo-.

Repuse el papelito del turno en el tiquetero y me fui.

Durante días no pude dejar de pensar en que Jofre había huido desde aquella vez hasta su final.

El encanto de Munga no sólo le había permitido alzarse con un amor y un oficio, sino también sobrevivir. Estaba contento con su destino: no le importaba que la mujer lo hubiera elegido de postín. Sus sentimientos se adecuaban a sus circunstancias.

Alguna vez me tenté de averiguar dónde seguía la veterinaria. Pero de entre aquellas cosas que nunca vamos a saber, esta es una de las pocas a las que renuncié.

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