(Leer la primera parte haciendo click acá:
Durante el viaje, unos veinte minutos, el señor indicó a Mossen que lo llamaría “Pedro”. Mossen asintió. Pero le preguntó por el Dios del Vendaval, aparentemente algún tipo de Iglesia.
Cuando Dios anegó la Tierra -explicó el señor-, una pareja humana, que sabía del Arca pero no logró abordarla, sobrevivió al Vendaval. Se reconcilió con Dios a su modo, en la estela del Arco Iris. En ese credo, los colores, la naturaleza y nuestro pensamiento, son una sola cosa. No hay mentira. Pero yo nunca he podido comulgar con la religión de mis padres. La respeto, pero no creo, ni cumplo los rituales.
-Vendaval... ¿es el Diluvio? -consultó Mossen, a quien el resto de la parrafada le había resultado indescifrable.
-En nuestra traducción -aclaró el hombre-, es Vendaval.
Cuando llegaban a Parque Pacheco, el camino se tornó escarpado. Promontorios y acequias fracasadas, secos lodos de antiguas tormentas. La ruta como tal había dejado de funcionar.
Mossen maniobraba el auto como un matungo rebelde.
Providencialmente surgió la casa de Doña Marta, la madre del pasajero, en una suerte de monte impostado, en medio de una llanura interminable.
-¿Usted cómo se llama?
-Isidro.
-¿Y cómo le digo? ¿Pá? ¿Padre?
-¿Cómo le decías a tu padre?
-No me acuerdo -confesó Mossen-. Falleció cuando yo tenía 18 años.
-Padre estará bien -concluyó Isidro-.
Marta salió a recibirlos a lo que los americanos llamarían el porche. Era una mujer espigada, con un gran rodete blanco algodón de azúcar, similar al de Drácula de Coppola. Lo mismo podía tener 90 años que 22. No parecía a punto de morir. “Pero el tiempo de vida de las personas no se puede medir por la apariencia”, ponderó Mossen. El moribundo siempre es una figura retrospectiva.
-Amá -dijo Isidro a su madre-.
Mossen no pudo dejar de criticar en su fuero interno el apócope.
-Mi hijo -señaló Isidro a Mossen-. Tu nieto.
-¡Pedro! -lo abrazó la mujer. Olía a mañana invernal de colegio primario-.
Mossen evocó a Calabró y el Pedro inventado del Contra. Tal como postulaba la Iglesia del Vendaval, los personajes inventados no se distinguían de los meros individuos.
La anciana había preparado vizcacha en escabeche. La apariencia de las presas del roedor le provocó a Mossen rechazo, pero el sabor era aceptable. De todos modos ocultó todo lo que pudo la carne en la ensalada de papa, huevo y remolacha, y comió mucho más del acompañamiento que de la pobre vizcacha. Era un animalito que a grandes rasgos había logrado eludir el apetito humano. Isidro y su madre intercambiaban vaguedades.
Sorpresivamente Isidro, que había aparecido en el medio del campo como la corporización de una Luz Mala diurna, con todas las señas de un peón de rancho -aunque de outfit urbano-, resultó ser un agente de viajes, experto geólogo, empresario de distintos rubros. Llevaba y traía pasajeros de sitios tan improbables como Krakatoa, al este de Java, normalmente deshabitados, para toma de muestras, escenarios de filmación, muy probablemente lavado de dinero. Venta de armas y de drogas, especuló Mossen, contrabando de chicles, falsificación de figuritas.
Mossen inventaba delitos que pudieran hacer la diferencia en el titular de un diario. Isidro no le había dicho de qué trabajaba, y mucho menos lo podía deducir exactamente del intercambio entre su “padre” y su “abuela”.
“Hay hombres capaces de afrontar cualquier sacrificio, cualquier tormento, con tal de no trabajar”, se dijo Mossen.
La vizcacha se acompañó, además de con la ensalada, con un vino patero de los que no traían etiquetas auspiciosas. Con dos vasos se podía perder el conocimiento. Mossen se limitó a medio. Pero Isidro, que trasegó cuatro, lo desoló con una sentencia inapelable:
-Me voy a dormir la siesta.
Mossen quedó a solas con Doña Marta.
Era el momento en que lo aniquilarían, se previno. La situación pedía prestado tanto al Evangelio de San Marcos de Borges como a Psicosis de Hitchcock. Era lógico que los feligreses de la Iglesia del Vendaval, como sobremesa de la vizcacha y el vino patero, lo achuraran.
¿Por qué se dice “sobremesa”, se preguntó Mossen? La conversación, en la mesa, posterior a un almuerzo o cena, era en todo caso una post mesa. Si se trataba de hablar apoyado en la mesa, eso también ocurría previamente. Pero había llegado el momento de enfrentarse a su destino.
Doña Marta desapareció en el cuarto principal. Mossen no veía un teléfono en la sala central. ¿Cómo le había avisado Isidro de la llegada? ¿Por carta? ¿Telepáticamente, como se comunicaba Norman Bates con su fallecida madre?
La anciana reapareció con un sobre papel madera entre sus tersas manos. Las uñas cuidadas como pequeñas joyas de un valor exclusivamente familiar.
-Yo sé que no sos el hijo de Isidro -dijo la señora-. Sé que no le gustan las mujeres. Y no sé si respeto, pero acepto su decisión. Te agradezco lo acompañes.
Mossen se indignó.
-Abuela -le dijo-. ¿Cómo me decís algo así? Padre...
No estaba defendiendo el embuste de la paternidad, sino su heterosexualidad. ¿Cómo lo tomaba por el novio de su hijo?
-No hace falta seguir con esta farsa -porfió Doña Marta-. Mi sagrado marido volvería a morirse si lo supiera. Pero a mí no me queda mucho... y antes de reunirme con el Señor, quiero reconciliarme con mi hijo. Tomá.
-Señora -replicó Mossen, remedando el inicio del monólogo de La Navidad de Luis, de Gieco-, gracias por lo que me da, pero yo, no puedo esto aceptar, porque no es lo que usted piensa. Le ruego que dejemos esto acá. Yo me marcho.
-No, no -le apretó el sobre la anciana entre las manos a Mossen-. Si usted se retira, Isidro no tiene cómo salir de acá. A mí no me importa el tipo de vida que hayan elegido. Yo los acepto como son.
Mossen se guardó el sobre en el bolsillo de atrás del pantalón.
-Lo que le doy es todo lo que tengo -cerró la anciana, y se difuminó entre sollozos en la alcoba-.
Mossen retiró el sobre papel madera de su bolsillo, estaba cerrado solo con la solapa metida hacia adentro. Contó por arriba. No menos de cinco mil dólares. Tampoco mucho más. Los volvió a guardar.
La anciana también fungía haberse dormido. No se veía cerca el control remoto del televisor, de por sí algo antiguo, impráctico. Sólo un libro formato tabloide, de cobertura oficinesca, esa especie de encuadernado mosaico de colores indefinibles, entre azul y gris. Cuando lo abrió, era el registro del tendido de aguas en Parque Pacheco. Incomprensible. Había apellidos, direcciones, distancias, metros, metros cúbicos. Maugham decía que podía pasar el tiempo con cualquier cosa impresa que le pusieran delante. Mossen lo desafió a torear ese bodoque.
La luz del cielo se fue apagando hasta que el libro se hizo fácticamente ilegible. Isidro despertó de entre los muertos. Levantó a su vez a su madre. Se despidieron unos de otros entre efusiones e imposturas.
Ya en el auto, de regreso al sitio donde había pinchado goma, Mossen retiró una mano del volante y sin quitar la vista de la ruta le pasó el sobre:
-Esto le legó su madre. Me trató de su novio.
Isidro golpeó su mano izquierda con el sobre esgrimido en la derecha.
-Se lo puedo dejar como pago -sugirió-. Lo hicieron trabajar más de la cuenta.
-Dios no lo permita -reaccionó Mossen-. Ni siquiera el Dios del Vendaval.
En el mismo punto sin señalar donde lo había abordado Isidro, deteniéndose sin que se lo indicara, Mossen distinguió la silueta inconfundible de la gerenta de marketing, parada junto a su camioneta de alta gama, iluminada por los faros insolventes de un motor apagado. Isidro y la gerenta se reunieron en un beso y abrazo inesperado.
Mossen siguió su camino a Capital Federal.
-No me lo explico -murmuró para sí-.
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