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Murió Antonio Grimau, el galán inoxidable que supo conquistar desde la pantalla, jugó de mediocampista y se dio el gusto de ser Sandro por un rato

Murió Antonio Grimau, el galán inoxidable que supo conquistar desde la pantalla, jugó de mediocampista y se dio el gusto de ser Sandro por un rato

Nacido en Lanús en el verano del 44, tenía 82 años y varios proyectos en mente. La telenovela fue su género más transitado, con títulos como "Dos a quererse" y "Quiero gritar tu no

Por más que la ficción argentina sea un género en extinción para la televisión tradicional, nadie nos quita (al menos de la memoria) las telenovelas que tuvimos, esas historias sobre el amor, el desamor, con los buenos, los malos, los terceros en discordia, casi siempre con finales felices. Dentro de ese escenario, el imaginario podría armar un dream team de galanes de todos los tiempos -aún en épocas de blanco y negro- en el que sin duda Antonio Grimau jugaría de titular indiscutido. Murió este martes a los 82 años (aún se desconocen las causas). Se fue, pero quedan en cancha su Lito García de 'Trampa para un soñador', su entrañable mecánico Lucho de 'Quiero gritar tu nombre' (las dos junto a Cristina Alberó) o su Jano Amaya del clan de 'Soy gitano'.

Son, ésos, sólo tres personajes de los 50 que delineó en sus casi seis décadas de trabajo en la pantalla chica. Hizo de todo, pero el galán romántico de sus primeros años y el villano al que se animó en varios proyectos en el último tramo marcaron su camino. Un camino intenso, variado, coloreado por sus matices actorales. Grimau el de las entrevistas, el de los cafés al paso en los recreos de las grabaciones, el de la vida, era siempre el mismo, con sus valores, con su postura para dignificar el oficio del actor.

Grimau el de la tele, el cine o el teatro -porque no sólo fue un hombre que contaba hermosas historias de amor- era el que el autor había pensado (muchas veces) para él. Y entonces Antonio quedaba a merced de su criatura de ficción, haciéndonos creer, a los que tuvimos la dicha de verlo, que podía ser un galán diferente cada vez, manteniendo encendida la llama ajena de la imaginación.

Este jueves a la mañana, la Asociación Argentina de Actores confirmó su muerte con un comunicado que decía que "a través de su trabajo en los escenarios y las pantallas construyó una sólida trayectoria que forma parte de la historia del espectáculo argentino. Abrazamos con afecto a sus familiares, amistades y colegas en este momento de tristeza”.

Grimau fue uno de los galanes favoritos de Alberto Migré, una usina de las historias de amor.

Y agrega que "entre sus trabajos teatrales se encuentran El tren amarillo, Los Linares, 30 dineros, Aquí hay gato encerrado, Papas fritas, Alta sociedad, Vidas privadas, Ladrones a domicilio, Historia de un caballo, Salven al cómico y Cartas de amor. En 1990 protagonizó Los invertidos, de José González Castillo, bajo la dirección de Alberto Ure, junto a Cristina Banegas y Lorenzo Quinteros, en una producción del Teatro San Martín que constituyó un momento significativo de su trayectoria".

Made in Lanús

Anotado como Antonio Rebolini -apellido que luego quitó para quedar rebautizado públicamente como Grimau-, había nacido el 10 de marzo de 1944 y Lanús fue su tierra de crianza. En una cálida tarde de hace casi 20 años, le contaba a esta cronista -en una nota publicada en el viejo suplemento de Espectáculos- que, de adolescente, todas las mañanas tomaba un colectivo en Lanús para ir a su trabajo, cerca de Santa Fe y Callao, pero él se bajaba a mitad de camino, en Constitución.

"Me iba al barcito que estaba al lado de Canal 13, me tomaba un café y los observaba de lejos. No hablaba con nadie, sólo quería ver qué hacían ellos". Ellos eran Ignacio Quirós, Eduardo Rudy, Oscar Ferrigno, actores codiciados por el público y los canales. Él quería ser como ellos. Él llegó a trabajar con ellos.

Ya había decidido que su puesto de mediocampista iba a quedar en los recuerdos, pero tardó en colgar los botines. Se sabía bueno repartiendo el juego en la mitad de la cancha (de hecho lo demostró en algunos equipos amateurs de "galanes y galancitos" y en la Selección de actores), pero sentía que el destino de actor lo empezaba a seducir más que el del futbolista. Igual usó los cortos hasta grande, "hasta que las rodillas me lo permitieron".

Antonio Grimau y Cristina Alberó en "Trampa para un soñador", una de las telenovelas que les abrió las puertas de los Estados Unidos.

Ante la muerte de sus padres, su hermano mayor oficiaba de su tutor desde los 13 años y no veía con buenos ojos lo que Antonito quería: ser otro, sin dejar de ser el mismo, deseo que ofrecía resistencia de parte de las viejas generaciones.

Cuando le preguntaban por qué quería ser actor decía que "lo sentía, me tiraba, no sé. No hay raíces serias en la familia. Busco en el pasado y no encuentro artistas... Sí descubrí que tenía un tío en 25 de Mayo que cada vez que llegaba el circo al pueblo él saltaba a la pista a boxear con el oso. Yo lo cuento medio en broma, pero era cierto: lo hacía siempre, sistemáticamente". Sabía, Grimau, que la carta de presentación del tío no tenía mucho peso artístico, pero él la presentaba con orgullo. Era, también, un gran contador de historias, mientras se acomodaba el pelo en un tic que más de una vez le prestó a alguno de sus personajes.

La televisión tradicional, la del blanco y negro, la del color, la que llegaba a través de los televisores a los que había que golpear al costado para que funcionaran, la de los aparatos más modernos, lo tuvo siempre en pantalla, como protagonista o actor de reparto.

En la poblada lista sábana de sus ficciones se hilvanan Mujeres de nadie, Rolando Rivas, taxista, Alta comedia, Dos a quererse, Cuatro hombres para Eva, Vendedoras de Lafayette, Ricos y famosos, Herederos de una venganza, Vidas robadas... De los 75 años que acaba de cumplir la televisión argentina -fundada el 17 de octubre de 1951-, Grimau la habitó desde mediados de los '60.

Betiana Blum y Antonio Grimau, protagonistas de la obra "El diario Adán Eva", estrenada este año.

Más allá del cuento del tío- que no era cuento-, entendía que su deseo de componer tenía sus raíces "en los radioteatros que escuchaban mis hermanas... en eso había un estímulo para mí. Recuerdo quedarme calladito, siguiendo atentamente uno en el que Alfredo Alcón hacía de jardinero español. Creo que ahí me empezó a picar el bichito de la actuación, hasta que a los 16, cuando todavía estaba en el industrial, se lo planteé a mi hermano. El no quería saber nada y yo no quería otra cosa". Esas frases, ya con 60 y pico de años, sonaban a hombre orgulloso que peleó por lo que quiso.

Del bazar a la fábrica de pastas

Pero para poder ser otro tuvo que ganarse el mango porque era de ese hermoso tipo de gente a la que no le gusta que nadie le regale nada, no en términos de obsequio, sino en términos de atajo beneficioso: "Fui empleado de un bazar, laburé de peón en una obra y ordenaba fideos en una fábrica de pastas".

Contaba que en aquel entonces dormía cuatro o cinco horas y no le quedaba tiempo libre. Pero, por esas cosas de la vida, una mañana se tomó un café, una pausa y en la mesa del bar había un diario Clarín. Lo leyó y leyó: 'Teatro de Almagro, Charles Chaplin, se buscan actores para conformar elenco para una obra de autor nacional'.

Arregló con un amigo para ir juntos, pero el amigo lo plantó. Y Antonio fue, sabiendo que poner el cuerpo a veces tiene premio, y quedó elegido: era un papel sin letra, pero tal vez intuía que la vida tenía unas páginas escritas para él. Y como sentía que interpretar le salía fácil, decidió formarse con Juan Carlos Gené, uno de sus dos maestros. El otro, Alberto Ure.

Grimau, Cristina Banegas y Lorenzo Quinteros en la atrevida y magistral puesta de "Los invertidos", de Alberto Ure, en el San Martín.

Si bien quedará para muchos como "el galán de todos los tiempos", el gran Ure lo convocó para Los invertidos, en el San Martín, "laburo clave desde todo punto de vista. Era trabajar con él, con Cristina Banegas, con Lorenzo Quinteros, era interpretar a un homosexual conflictuado, era teatro comprometido. Y fue maravilloso comprobar que nada se había oxidado en mí. Que aquel actor que siempre quise ser seguía intacto, con ganas. Yo nunca tuve grandes pretensiones... Yo aspiraba a ser un humilde actor de reparto. Con eso me podía sentir Gardel".

Así hablaba Grimau, un tipo sencillo que sabía lo que quería, pero lo que quería no lo llevaba por la cornisa de la ambición. Por eso, en un estudio de TV cualquiera, lo respetaba y abrazaba desde la máxima estrella hasta el señor que apagaba las luces del final.

Grimau y Arnaldó André en "Soy gitano", la tira de Polka que encendía la TV del prime time.

De Susana a Sandro

Su debut cinematográfico lo tuvo en La Mary -la película de Daniel Tinayre con Susana Giménez y Carlos Monzón- y la pantalla grande lo vio también en filmes como Los insomnes y Caballos salvajes, entre otros.

Pero fue la TV, y más precisamente la telenovela, la que le abrió las fronteras y llegó al mercado de los Estados Unidos: "Me llamó un productor, me contó que las tiras estaban funcionando genial entre los hispanoparlantes y me propuso que fuera para allá con Cristina Alberó a hacer teatro. Recorrimos, Arizona, Las Vegas, California... Un día, nos estaban haciendo una nota en un canal de televisión y supe que en el sillón en el que yo estaba se había sentado Al Pacino... Pensá que yo venía de Lanús Oeste".

Último capitulo de "Sandro de América" en el teatro Gran Rex . Grimau con la bata del Gitano.

Tuvo tres esposas y tres hijos, Luciana, Antonio y Lucas. El varón, que falleció en 2010, fue fruto de su relación con la actriz Leonor Manso. No era fan de hablar de su vida privada, pero tampoco era de los que ponía la barrera de "de esto no hablo". Sin olvidar sus raíces se ponía contento cuando Lanús ganaba, pero era hincha de Huracán desde que su hermano lo convenció. Decía de los buenos tiempos del Globo: "El mejor equipo que vi en mi vida fue el del '73, con (César Luis) Menotti de técnico. No me perdía un partido".

Jugó al fútbol hasta donde pudo y decía que era de "los que dejan todo en la cancha", como lo hizo en la actuación -coronado con su gran composición de Sandro, al que admiraba, en la miniserie Sandro de América (2018, por Telefe)-, como lo hizo en la vida. Tenía en mente volver al teatro, tenía en mente seguir. Fue miembro fundador de esa generación que no bajaba los brazos nunca. Ésa que sostiene -y muchas veces comprueba- que para soñar hay que estar despierto.

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