15/10/2026 17:51
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Cómo será la nueva puesta de "Rigoletto", que este viernes se estrena en Teatro Avenida, en el marco de la temporada 2026 de Juventus Lyrica

Cómo será la nueva puesta de "Rigoletto", que este viernes se estrena en Teatro Avenida, en el marco de la  temporada 2026 de Juventus Lyrica

La ópera de Giuseppe Verdi, presentada por primera vez en Venecia en 1851, sobrevive a su propio tiempo y sorprende por la vigencia de su temática: cuenta la tragedia de un bufón q

Después del éxito de Madama Butterfly, que reunió a más de 3000 espectadores, Juventus Lyrica continúa su temporada 2026 con esta nueva producción de Rigoletto, segundo título del año, en el Teatro Avenida, con María Jaunarena en la dirección escénica y André Dos Santos en la dirección musical.

Hay obras que sobreviven a su tiempo porque hablan, precisamente, de aquello que no termina de cambiar. Rigoletto, la ópera que Giuseppe Verdi estrenó en Venecia en 1851, pertenece a esa categoría. Ambientada en una corte donde la voluntad del gobernante está por encima de cualquier ley, cuenta la tragedia de un bufón que, mientras sirve a un poderoso entregado a la seducción y al abuso, intenta proteger a su hija de ese mismo mundo. La protección, sin embargo, se convertirá en una forma de encierro y la venganza, en el camino hacia una catástrofe que nadie podrá detener.

Basada en El rey se divierte, de Victor Hugo, la obra estuvo rodeada de problemas con la censura antes de su estreno. Su denuncia de los privilegios y la impunidad de los poderosos resultaba incómoda para las autoridades de la época. Más de 170 años después, esa dimensión política continúa siendo uno de sus núcleos dramáticos, junto con la relación entre Rigoletto y Gilda, la maldición que atraviesa la trama y la densidad dramática de personajes que no pueden reducirse a la oposición entre buenos y malos.

Jaunarena eligió conservar el marco histórico de la obra. No se trata, aclara, de reconstruir el pasado de manera arqueológica, sino de recuperar la distancia necesaria para reconocer en aquella sociedad mecanismos que todavía operan en el presente. Directora y vestuarista, propone una lectura que evita tanto la actualización automática como la simplificación moral. Porque si algo le interesa de Rigoletto es la posibilidad de mostrar cómo el poder corrompe, cómo las víctimas también pueden ejercer violencia y cómo el deseo de proteger a alguien no alcanza para sustraerlo de un mundo injusto.

Juan Salvador Trupia y María Lucía González, en los roles de Rigoletto y Gilda. Foto: Liliana Morsia

La palabra de la directora escénica

-¿Por qué la decisión de conservar la época original de Rigoletto en lugar de trasladarla al presente?

-Me gusta mucho revisitar el pasado. Siento que todavía tenemos lazos que tender con él, que nos explican mucho de lo que vivimos todos los días. El pasado me genera un sentimiento de pertenencia y de comprensión. Además, me parece importante que nos replanteemos cómo fue posible que, durante tantísimo tiempo, las sociedades se organizaran alrededor de la voluntad de una sola persona, prácticamente sin contrapesos ni controles. Hoy vivimos en democracia y estamos acostumbrados a ejercer ciertos derechos, pero esa organización autoritaria fue mucho más la regla que la excepción a lo largo de la historia.

-¿Qué permite ver esa distancia histórica?

-Como primera aproximación, puedo decir que para mí Rigoletto habla del poder. Me interesó dejarla en su contexto, aunque no hago una versión historicista. No está trasladada ni adaptada: intento tomar los elementos que me parecen más contundentes tanto de la obra de Verdi como de la de Victor Hugo, que es extraordinaria. Rigoletto fue una especie de bomba de denuncia política. En la sociedad cortesana, todos están atados a la voluntad de una única persona. El bufón denuncia a los cortesanos, pero ellos tampoco tienen demasiado margen de acción: sus títulos, sus privilegios, todo puede cambiar de un día para otro según la voluntad del soberano.

-¿En qué medida esa lógica puede reconocerse hoy?

-Es interesante entender cómo funcionan esas relaciones de poder. A veces se replican en grupos que operan por fuera de las instituciones, donde quien no está bajo el amparo del poder queda completamente desprotegido. La obra muestra cómo se construyen esas fidelidades y cómo la cercanía con el poderoso puede convertirse en una forma de sometimiento. Es fácil mirar el pasado y pensar qué barbaridad, qué ridículo. Pero deberíamos recordar que las sociedades autoritarias fueron la norma durante muchísimo tiempo.

El coro de Juventus Lyrica se luce en la puesta de Jaunarena. Foto: Liliana Morsia

-Rigoletto denuncia a los cortesanos, pero él mismo participa de la corrupción del duque. ¿Cómo trabajaste esa contradicción?

-Una de las cosas que más me interesa de la obra es que no existe lo blanco y lo negro, lo bueno y lo malo. Rigoletto es alguien que induce al duque a la corrupción, que participa de ese mundo de vicio y degradación; sin embargo, al mismo tiempo es un padre abnegado, capaz de darlo todo por su hija. Esa complejidad es fundamental. No podemos separar esos dos costados de una persona como si no tuvieran relación entre sí.

-¿Es también una forma de evitar que el espectador juzgue a los personajes de antemano?

-Exactamente. Me interesa que los personajes tengan contradicciones, que no sean estereotipos. Rigoletto puede ser despiadado con los demás y, al mismo tiempo, amar profundamente a Gilda. Su tragedia no es una fatalidad que cae sobre él sin que tenga ninguna responsabilidad: él mismo desencadena buena parte de los hechos que terminan destruyéndolo. Eso no significa que la injusticia que padece sea menos terrible, sino que la obra nos obliga a mirar cómo nuestras decisiones participan de aquello que después nos sucede.

-La maldición parece conducir toda la trama. ¿Cómo interpretás ese elemento?

-Verdi quería que la ópera se llamara La maldición. La obra tiene una lógica que recuerda a la tragedia griega: cuanto más intenta el personaje evitar lo que teme, más termina provocándolo. Sin embargo, creo que hay algo más. Tanto Victor Hugo como Verdi perdieron hijos; Hugo perdió cuatro y Verdi, dos. Me pregunto si en la obra no hay también una denuncia de la soledad, de esa imposibilidad de proteger a los hijos de aquello que puede destruirlos. Por más que Rigoletto intente proteger a Gilda, hay algo que no puede detener ni contener. Su amor es real, pero eso no lo vuelve infalible. Y su deseo de mantenerla al margen de la corrupción del mundo convive con su propia participación en ese mundo. No es posible mantener separados esos dos universos. Por otro lado, Rigoletto está solo. No hay ningún Dios que lo asista, ninguna presencia reparadora que venga a hacer justicia.

"Verdi quería que la ópera se llamara 'La maldición'. La obra tiene una lógica que recuerda a la tragedia griega: cuanto más intenta el personaje evitar lo que teme, más termina provocándolo", entiende Jaunarena. Foto: Liliana Morsia

-Gilda es víctima del duque, pero también de la forma en que su padre intenta protegerla. ¿Cómo se plantea esa relación?

-En esta obra, las mujeres son tratadas como objetos, como mercancías de intercambio para que los cortesanos obtengan títulos y privilegios. Gilda es un objeto de deseo para el duque, pero también es un objeto de veneración para su padre. Son distintas formas de apropiación. La mayoría de los personajes no tiene escapatoria, y eso es parte de la fuerza dramática de la obra.

-¿El duque es el único que escapa a esa lógica?

-Sí. En esta producción me interesa que el duque sea un personaje atractivo, joven, seductor, con herramientas para conquistar. La obra funciona si entendemos por qué todos pueden sentirse fascinados por él. Verdi le da una capacidad extraordinaria para modificar musicalmente su manera de seducir según quién tenga adelante. En ese sentido, recuerda a Don Giovanni, de Mozart: puede rozar lo sublime y, al mismo tiempo, actuar con una absoluta falta de escrúpulos.

-¿Por qué es importante que el duque no sea simplemente un villano?

-Porque, si lo convertimos en un personaje de un solo color, la obra pierde fuerza. Hay que entender su capacidad de seducción. En el dúo con Gilda y en el cuarteto Bella figlia dell'amore, la música tiene una belleza extraordinaria. El duque puede despertar algo genuino en quien lo escucha, pero después ese interés se desvanece porque tiene otros deseos y otros intereses. Todos tienen que estar, de alguna manera, encantados con él para que podamos comprender mejor lo que le sucede a Gilda.

-En una ópera tan conocida, con arias como “La donna è mobile”, ¿ cuál es el principal desafío para una directora escénica?

-Todos los momentos son un enorme desafío. Cuando uno aborda obras tan ricas y tan transitadas, no puede desconocer todo lo que se hizo antes. La gente viene a escuchar La donna è mobile: es un repertorio extraordinario, pero también está lleno de lugares muy conocidos. Y justamente esos lugares son los más difíciles de transitar, porque hay que lograr que la obra siga viva.

-¿Cómo se evita que una puesta termine convertida en una sucesión de escenas y músicas familiares?

-Lo más importante para mí es que lo que suceda arriba del escenario esté vivo, que podamos salir del estereotipo y del lugar común. Ya sea que la historia esté situada hace cinco siglos, hace dos siglos o en el presente, lo fundamental es que suceda de verdad. En estos títulos tan famosos, mi trabajo consiste en recuperar esa sangre, conseguir que la partitura palpite como si fuera la primera vez.

En charla con Clarín, la directora escénica reconoce que le "interesa que la obra nos permita reflexionar sobre conflictos que seguimos atravesando: el abuso, el poder, la objetivación de las mujeres, las relaciones de sometimiento". Foto: Liliana Morsia

-¿Qué lugar ocupa en ese trabajo la relación con los cantantes?

-Es fundamental. Estoy muy conforme con el trabajo que hice con los dos intérpretes del duque, con los distintos Rigoletto y con Gilda. El desafío es encontrar qué tiene de singular cada uno y evitar que los personajes se conviertan en clichés. Para mí, ésa es también la tarea del director musical: conseguir que la partitura respire, que salga del papel y empiece a tener un pulso propio.

-¿Qué te interesa que se lleve el espectador después de ver "Rigoletto"?

-Me interesa que la obra nos permita reflexionar sobre conflictos que seguimos atravesando: el abuso, el poder, la objetivación de las mujeres, las relaciones de sometimiento. Hace siglos que venimos enfrentando problemas similares y, sin embargo, no conseguimos resolverlos. La ópera es un arte extraordinario para mostrar esos conflictos porque los vuelve concretos, los pone en escena a través de seres humanos que se contradicen, aman, se equivocan y sufren. No quiero que el público vea una obra convertida en una pieza de museo. Quiero que pueda reconocer la distancia que nos separa de aquella sociedad, pero también los hilos que todavía nos unen a ella. Y que, cuando suene esa música que todos conocemos, tenga la sensación de estar escuchándola por primera vez.

Ficha

Rigoletto. Ópera en 3 actos de Giuseppe Verdi con libreto en italiano de Francesco Maria Piave

Dirección musical: André Dos Santos Dirección escénica y vestuario: María Jaunarena Escenografía e iluminación: Gonzalo Córdova Elenco: Juan Salvador Trupia/Fernando Grassi (Rigoletto), María Lucía González (Gilda), Nazareth Aufe / Iván Vega (Duca), Cristian de Marco / Víctor Chávez (Sparafucile), Eugenia Fuente / Luz Matas (Maddalena) y elenco. Primera función: Viernes 16, a las 20 (y luego:18, 23 y 24 de octubre), en el Teatro Avenida.

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