María Nieves Rebolledo Vila, más conocida como Bebe, vuelve a encontrarse con el público argentino en el marco de su gira Pa’ fuera telarañas 20 años tour, el disco que hace dos décadas transformó no solo su vida, convirtiéndola en una de las voces más importantes de la música española, sino que algunas de esas canciones fueron banda sonora de las luchas feministas en todo el mundo hispanoparlante. Lo hará este jueves 15 de octubre en el teatro Opera.
La mirada de Bebe dice tanto como sus palabras. Mira claramente a los ojos cuando quiere dejar claro un concepto y la mirada se vuelve más intensa cuando trata de reafirmar algo. También se pierde en los rincones cuando las preguntas van a los lugares comunes de una entrevista y fluye cuando el arte se transforma en eje.
La madurez de los años pareciera que le dieron serenidad, pero no la corrieron ni un milímetro de sus convicciones. “Nunca me dejé avasallar”, dice en charla con Clarín.
Aquellas canciones
La gira mundial por los 20 años del álbum la devuelve a canciones como Malo, Ella y Siempre me quedarán, pero también a una mujer que ya no es aquella joven de espíritu punk que las escribió. La maternidad, las pérdidas, el paso del tiempo y una mirada más serena atraviesan hoy esas mismas canciones. Antes de su regreso a la Argentina, Bebe habla de aquel éxito inesperado, de las canciones que hoy volvería a escribir de otra manera y de por qué nunca aceptó hacer otro Malo para satisfacer al mercado.
"Yo ya no tengo 20 años, entonces la lectura que hago de esas canciones es otra", dice Bebe.
-¿Qué te pasa cuando volvés a encontrarte con esas canciones, dos décadas después?
-Es muy bonita la pregunta, porque la razón de hacer estos conciertos vino un poco por eso. Yo pensaba hacer, por los 20 años, un concierto especial, solamente uno. Pero me propusieron hacer una gira y yo tenía sentimientos encontrados. Pensaba: ¿por qué volver a hacer esas canciones si ya estaba trabajando en el siguiente disco? Un disco que saldrá el año que viene, por cierto.
Un día lo hablé en casa con mi familia, con quienes siempre hablamos las cosas y me gusta que me den su mirada. Mi madre, que es una mujer muy sabia y esto además lo cuento en los conciertos, me dijo: “Cariño, deberías hacer una gira porque tú, en ese momento de tanta exposición y velocidad, estabas a tope de trabajo y fuiste la que menos disfrutaste de todo”.
Y tenía razón. Cuando cantaba esas canciones sola en los bares las disfrutaba. Después salió el disco y entré en una vorágine de viajes, conciertos, entrevistas y flashes, en la que no había un tiempo de tranquilidad para poder disfrutarlas.
Entonces mi madre me dijo: “Creo que te debes a ti misma volver a cantarlas, a emocionarte con ellas, a emocionarte con la gente”. Y la verdad es que fue muy acertado. Yo no lo había pensado así y está siendo. Y ha sido este año, de tantos conciertos, algo súper emocionante.
-No es lo mismo encontrarse con esas canciones a los 26 años con espíritu punk que hacerlo ahora.
“Malo” se transformó en una bandera del feminismo, pero generó discusiones.
-Seguro. Yo ya no tengo 20 años, entonces la lectura que hago de esas canciones es otra. Es mucho más tranquila, más consciente. Y valoro cada canción, cómo cada una de ellas cambió mi vida y cómo la gente cambió mi vida para poder dedicarme a lo que más me gusta.
-Pensando en cada una de ellas, ¿cuál creés que está hoy en su mejor momento, y con cuál discutirías con la Bebe que la escribió hace tantos años?
-Siempre pienso que Me enseñarás, que es la primera del disco, y Siempre me quedarán son canciones que, después de 20 años, musicalmente están muy bien. Son atemporales. A otras les daría una vuelta de tuerca. Por ejemplo, hay cosas de La Tierra tiene fiebre que, al escucharlas, me parece que ya no la harías así. De hecho, no la suelo cantar porque ahí siento que yo era más pequeña al escribir ciertas cosas. Está bien, pero ahora mismo cambiaría algunas cosas.
Y después está la lectura que yo les hago a las propias canciones, desde el lugar donde las canto. Cada creación, cada canción, cada hecho artístico hace su propio recorrido después de que uno lo suelta al viento.
-¿Fue una suerte o un desafío que tu primer disco tuviera el éxito que tuvo?
-Siempre voy a estar agradecida por lo que pasó con Pa’ fuera telarañas. Todo lo que me dio me hizo feliz. Fue, sin dudas, un lugar muy hermoso. Tanto, que acá estamos, 20 años después.
"No se daña a quien se quiere. Si entendemos eso y lo practicamos, entendemos todo", dice Bebe.
-¿Las discográficas o el mercado alguna vez te pidieron otro tema como “Malo”?
-A mí no me importa. Yo nunca fui una cantautora en búsqueda del hit. No estoy en contra de quien lo hace; cada cual maneja su carrera y su mirada artística como le parece. Yo hago las cosas que me emocionan. No quiero repetirme en lugares donde ya estuve. No voy a hacer otro “Malo” porque lo pide el mercado. No funciona así. Y el que no lo entiende, es problema suyo.
-¿No pensás que perdiste espacios por no ceder en eso?
-Seguramente. Pero si me perdí cosas, no me importa. Yo nunca me dejé avasallar. También por esas cosas me alejé en un momento de la música. No entiendo mi carrera de otra manera que no sea la de emocionarme. En un recital me tengo que emocionar, en la composición me tengo que emocionar, cuando hago un disco me tengo que emocionar. No podría vivirlo como un día en la oficina.
-En una de las canciones hablás de una “cajita de vida”. El disco va de la masturbación a un femicidio, pasando por las ausencias y la ecología. ¿Es un poco eso: una cajita de vida?
-(Risas) Sí, puede ser. Pues eso es la vida, ¿no? Un montón de cosas distintas que nos pasan y nos atraviesan. Son colores, melodías, sentimientos, bien bonitos o no, pero que no suenan siempre de la misma manera. Te lo tomo, se podría decir que este disco es un poco mi cajita de la vida. Son historias que aparecen y se transforman en distintas formas de desahogo. Normalmente son autorreferenciales, pero no siempre.
Bebe hoy entiende que "la maternidad es lo más importante del mundo".
-Tus canciones también tienen algo muy visual, casi como pequeñas obras de teatro. ¿Te sentís más actriz o cantante?
-Me siento un poco todo. Me encanta que lo veas así. Realmente trato de sacar cosas de mi alma para plasmarlas en arte. Las historias van tomando forma y, después, cuando uno las suelta, cada una hace su propio camino. Son de quien las interpreta. Me encanta que sea así.
-“Ella” y “Malo” tuvieron un recorrido enorme, particularmente en la Argentina. ¿Cómo te llevás con ese camino que hicieron esas composiciones?
-Con Ella estoy contenta. Ahora la canto en una versión más bossa, más pequeñita, en la que ella canta desde los 40 años. Con menos efusividad, súper tranquila, mucho más de saborear las palabras.
Y con Malo tengo que explicar algo que también explico en los conciertos: para mí, la frase más importante es “no se daña a quien se quiere”. No se daña a quien se quiere. Punto. Sin importar si es una mujer, si es un hombre, si es un niño, si es una persona mayor, si es un animal, si es tu vecino. Porque creo que se nos ha olvidao.
Creo que Malo nació en un momento circunstancial, pero al final lo importante es eso: no se daña a quien se quiere. Y eso es lo que no podemos olvidar. Yo canté Malo por la situación que en ese momento se estaba viviendo en España, pero realmente pasan los años y no nos podemos equivocar. No se puede dañar a una madre, pero no se puede dañar a un padre. No se puede dañar a los hijos. No se puede dañar a los abuelos. No se puede.
-“Malo” se transformó en una bandera del feminismo. Incluso hubo discusiones alrededor de algunas de tus miradas sobre la canción.
-Sí, pero es lo que acabo de explicar. Para mí lo más importante de esta canción es “no dañar a quien se quiere”, sin importar género o cualquier tipo de distinción. Si entendemos eso, no nos corremos de lo que yo quise contar.
-¿Entendés la mirada de una parte del feminismo y las objeciones a tu argumentación?
-Sí, las entiendo. Yo escribí esa canción a los 20 y la vida te hace mirar las cosas de diferentes maneras. Mal estaría que siguiera viendo todo igual que en ese momento. Hay críticas de chicas jovencísimas que entiendo porque yo estuve ahí. Me vi en esa mirada. Pero los años pasan y uno aprende a ver las cosas de diferente modo. Por eso vuelvo a la misma idea: no se daña a quien se quiere. Si entendemos eso y lo practicamos, entendemos todo.
Ser mamá y las nuevas prioridades
-En estas dos décadas también apareció la maternidad.
-Lo más importante del mundo.
-¿Cuánto influyó en tu obra?
-Todo. Después de eso, cada cosa que haces y escribes, consciente o inconscientemente, es para hablar de eso. Yo siempre pienso en mi hija, la tengo muy presente en todo, todo el tiempo. En lo que quiero escribir, en lo que quiero que salga a la luz o no, en cómo digo las cosas o cómo no las digo, está su mirada. A mí criar me deleita, me encanta ser mamá. Todo lo demás viene después.
-¿Qué opina tu hija de estas canciones?
-Hace poco mi hija fue a un recital mío en España, con su papá y parte de la familia, y se emocionó mucho. Para mí fue súper emocionante verla ahí tan movilizada. Cantaba, bailaba, lo disfrutaba. Es una adolescente de 16 años y me sorprende que venga.
Me encanta que le gusten algunas de mis canciones, pero no es que se las inculco. Los discos están allí, esperando para cuando ella los quiera escuchar. ¡No tiene que gustarle todo lo que hace su mamá!
-Como toda adolescente se tiene que revelar hasta de la mamá con espíritu punk.
-Por supuesto, los hijos no tienen que seguir el camino de los padres. Somos madre e hija, no somos amigas y así tiene que ser. A ella siempre le gustó mucho Más que a mi vida, que es una canción que yo le escribí y fue su canción de cuna. El resto tiene sus momentos, a veces se aproxima a una, otro a otras. Ella sabrá qué hacer con ellas.
-Tomando una frase de aquellas canciones: “¿Quién habita en tus silencios?” ¿Quién habita en tus silencios en 2026 que no habitaba en 2004?
-(Hace una pausa larga, que parece volverse emotiva en el silencio). Pues la gente que se me va para siempre. La gente que muere y que también tenemos presente. Eso hace que una aprenda a tenerlos presentes sin que duela, sino que formen parte de tu vida. Se mantienen en un silencio más tranquilo. Es parte de tu corazón.
Bebe y Lali, en 2018 en el escenario del Teatro Colón. Foto Archivo Clarín
-¿Cómo esperás el reencuentro con el público argentino?
-Con muchas ansias, muchos nervios y mucho respeto. Esos nervios son de respeto, de poder lograr que se sientan identificados con esas canciones como hace tantos años. También es permitirme disfrutar lo que no pude disfrutar antes. Lo que, por estar en un torbellino de recitales, entrevistas y luces, me perdí. Hoy puedo hacer una lectura distinta de esas canciones. Saborearlas de otra manera.
-En 2018 cantaste en el Teatro Colón junto a Lali, en el marco del festival Únicos. ¿Qué recordás de aquella experiencia?
-¡Tremenda! Un teatro impresionante, una filarmónica increíble y estábamos las dos guapísimas. Fue una noche que disfrutamos muchísimo. Después hicimos el mismo recital en España y fue súper emocionante. Fue algo súper guay, que llevo para siempre en el corazón a pesar de la cantidad de los años que pasaron.
-¿Qué “telarañas” pensás que te quedaron por sacar del 2004 al 2026?
-Pues como te decía al principio de la charla, quizás eso que no me permití disfrutar en aquellos años de locura y juventud. Volver a hacer esas canciones que cambiaron mi vida. Pero no solo hacerlas, repensarlas, ensayarlas, mirarlas desde hoy y por último volver a mostrárselas a esas personas que me acompañaron aquellos años. A esos que hicieron que yo me dedicara a esto.
Quizá le debía a esa Bebe que fui hace 20 años volver a mirar a los ojos a esas canciones de las que sin querer quizá me alejé en el medio del ruido.
Esas telarañas me faltaban sacar: encontrarme con quien fui (y quienes me acompañaron) desde quien soy ahora, desde la madurez, con otra edad, con la maternidad, con la vida que fue pasando y decirles: “Gracias por todo, fue un largo camino”.
POS
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