Hasta donde yo puedo atestiguar, entre mis amigos, conocidos y desconocidos con los cuales tengo trato, nadie más ha sucumbido al encanto de la serie Kanbei, el estratega. Es lo que los japoneses llaman un Taiga, una ficción, en este caso de cincuenta capítulos, basada en un período o suceso histórico del Japón, que representan con el mayor rigor posible, tanto en cuanto a la vestimenta, las relaciones sentimentales y la singularidad de cada personaje relevante.
Las expresiones faciales por momentos parecen de manga, la truculenta historieta nipona. Los personajes ríen y gritan en momentos imprevistos. Hay escenas en las que directamente se caricaturizan, y otras de un impecable realismo.
Fue la única serie que capturó mi atención más allá de mi voluntad en esta primera mitad del año.
Toda la trama, ambientada en el Japón de entre 1500 y 1600, gira alrededor de las guerras interinas entre clanes rivales, asociados por medio de lazos familiares y feudos. Kanbei es uno de los pocos individuos, junto a otro estratega incidentalmente llamado Hanbei, que antepone la mirada de largo plazo a la inmediata pulsión de conquista o a los asuntos de sangre por honor.
Es el único de los personajes que comparte con el espectador occidental -en este caso un servidor-, la idea de la preservación de la vida como un valor en sí. Casi el inventor, en la serie, del concepto de que la vida vale la pena ser vivida, y que la guerra y el harakiri no son lo más divertido que podamos encontrar en nuestra experiencia terrena.
De todos modos, entre los distintos clanes en conflicto existen acuerdos, muchas veces confeccionados por el propio Kanbei. No siempre se cumplen. En ocasiones, los poderosos traicionan los pactos. Pero la mayor parte de las veces sí se convalidan en la práctica las relaciones de conveniencia.
En la totalidad de los 50 capítulos, con innumerables asociaciones matrimoniales -a lo largo del siglo que dura la trama, se pasa del estricto arreglo entre los respectivos padres del novio y la novia, a una mínima espontaneidad-, sólo hay un divorcio, en términos prácticos, sin que se explicite por medio de un ritual.
Todo este prolegómeno es para reflexionar sobre el pacto entre Ernesto y Laura, que me vino a ser narrado por el propio Ernesto, dueño de pizzería, pocas horas antes del comienzo del partido Argentina vs Inglaterra.
No podía dejar de pensar, imbuido como estaba por las estratagemas geopolíticas de Kanbei -el Kissinger de los Samurai-, el pacto entre Ernesto y Laura a la luz del Taiga.
Su más reciente aventura conyugal había comenzado en el Mundial de 2014. En la previa del primer partido, contra Bosnia Herzegovina, se habían conjurado, luego de varias idas y venidas como pareja con respectiva casa propia: si Argentina ganaba, se irían a vivir juntos. De lo contrario, cada uno seguiría en su sitio.
Hombre y mujer intentaban trazar territorios del corazón, fronteras siempre amenazadas no sólo por el egoísmo o la pasión, sino por los más elementales sentimientos.
¿Cómo firmar un pacto en el que las condiciones de cumplimentación pueden ser determinadas por un factor tan voluble? Los señores feudales de la serie sabían lo que les convenía, mientras que Ernesto y Laura no podían determinar, ni siquiera en el siguiente mes, cómo se sentirían. No obstante, manufacturaron un convenio. Es el riesgo que asumen los mortales enamorados.
Aquel triunfo de la selección argentina dio lugar a una feliz convivencia que, luego de erosionarse en 2023, llegó a su fin, junto con la relación, en 2024.
Ahora el destino los enfrentaba con un inesperado Argentina-Inglaterra y fue Ernesto quien llamó, me contó mientras preparaba mi pizza, la última antes del comienzo del partido, para proponerle a Laura verlo juntos.
Si Argentina ganaba, se darían otra oportunidad, ya que al menos por parte de Ernesto, si bien aquel 2023 había sido nefasto, en lo atinente a lo bien que la habían pasado previamente, no había encontrado algo mejor. Era una propuesta sabia por lo modesta.
Lo definí como la contra cábala: mientras que miles de parejas en Argentina se comportarían de tal o cual manera con la ilusión de afectar el resultado a favor de la selección -la cábala clásica- ; Ernesto y Laura aguardaban el resultado como cábala para apostar por el destino de su vida en común. De lo general a lo particular.
La pizza también alcanzó la gloria. A la piedra, finita, con la cantidad exacta de muzzarella y un morrón que campeaba por sus fueros. El partido ayudó. A las 10 de la noche, apenas dos horas antes de arrancar mi emisión de Viaje al centro de la noche, me atreví a llamar a Ernesto.
Nos felicitamos mutuamente por el insuperable triunfo. Luego lo felicité por la pizza. Finalmente le dije:
-Empieza tu segunda administración, con la misma persona.
-No será el caso -me respondió, escueto-.
Hice silencio.
-Lo vimos juntos en la pizzería -completó Ernesto-. Laura llegó poco después de que te marchaste. Deberíamos estar en mi casa.
Hice otro silencio.
-Me confesó que lo vio conmigo por cábala -explicó Ernesto-.
-Lo único que a ella le importaba era que ganara Argentina -concluyó-.
Mi tercer silencio fue involuntario. La emoción me cerraba la garganta.
-Desafortunado en el amor -suspiró Ernesto-. Y en ese cuarto, en ese cuarto silencio, cortamos.
Sólo entonces descubrí que me restaba un capítulo de Kanbei, el cincuenta, para despedirme del Taiga. Una extraña melancolía, teñida de euforia y calma, pasó por encima de mi alma, como la primera luz del amanecer por los entresijos de los ojos recién abiertos.
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