Los Ángeles, la ciudad que convirtió al cine en una de sus grandes industrias y construyó alrededor de él buena parte de su identidad, ofrece muchas maneras de acercarse a su historia. Pero pocas experiencias pueden resultar tan cinéfilas como asistir a una función en el New Beverly Cinema, el cine de Quentin Tarantino.
Todo comienza en una pequeña boletería sobre Beverly Boulevard. Allí, junto con la entrada, se puede retirar el programa del mes impreso en papel, con toda la cartelera desplegada como en los viejos cines. Unos pasos más adelante está el clásico candy, el mostrador donde se compran los pochoclos antes de la función. Alrededor, casi no hay otra cosa que afiches de películas.
La sala, con apenas 228 butacas, es austera y tiene algo inmediatamente familiar. Se parece mucho a aquellos cines que frecuentaba durante mi infancia en Buenos Aires, al Gran Rivadavia de Floresta o al viejo Cine San Martín de Flores. No porque todo permanezca intacto: las butacas fueron reemplazadas y retapizadas a lo largo de los años. Pero conserva la escala, la sencillez y cierta fisonomía de aquellos cines, muy lejos de las grandes salas modernas.
La función tampoco empieza directamente con la película. Antes, el encargado de la sala se para frente al público y presenta el programa de la noche. Habrá avances de clásicos -entre ellos Casablanca-, una caricatura de Bugs Bunny y después el programa doble. Todo será proyectado en soporte fílmico. Una forma de recuperar el espíritu de esas antiguas salas, cuando la función era algo más que la película que figuraba en la marquesina.
Antes de retirarse hace una última advertencia. En realidad, recuerda algo que alguna vez formó parte de la educación elemental de cualquier espectador: en el cine no se habla y no se usan celulares. Durante las próximas horas hay que apartarse de cualquier distracción que pueda interponerse entre nosotros y lo que sucede en la pantalla.
Puede parecer una regla menor. No lo es. En una época en la que casi todo compite permanentemente por nuestra atención, el New Beverly propone algo cada vez menos habitual: mirar.
Y entonces se apagan las luces.
New Beverly Cinema, 228 butacas y el espíritu del cine clásico.
Un poco de historia
Que todo esto siga ocurriendo tiene detrás una historia particular. El New Beverly funciona como cine desde los años '50. En 1978 comenzó una nueva etapa, con una programación dedicada al cine europeo, clásicos y cine de autor. Quentin Tarantino llegó primero como espectador. Era un habitué de la sala y, cuando supo que atravesaba dificultades económicas y corría riesgo de cerrar, comenzó a aportar dinero para mantenerla abierta. Según contó años después, llegó a contribuir con unos cinco mil dólares mensuales, sin esperar recuperarlos.
En 2007, ante la posibilidad de que el edificio dejara de funcionar como cine, Tarantino compró la propiedad. Años más tarde, en 2014, tomó el control de la programación y profundizó una decisión que todavía define al New Beverly: mantener vivo el formato analógico.
Desde entonces, las funciones se realizan principalmente en 35 milímetros y, en algunos casos, en 16. Muchas de las copias pertenecen a la colección personal de Tarantino. Para sostener esa decisión, la cabina fue reacondicionada y los proyectores volvieron a ocupar el centro de una experiencia que en la mayoría de los cines fue reemplazada por la tecnología digital.
La apuesta iba más allá de conservar determinadas películas: buscaba preservar también una manera de proyectarlas y de verlas.
El programa de esa noche incluía El halcón maltés, el clásico que John Huston dirigió en 1941, con Humphrey Bogart en el papel de Sam Spade. La copia era de 35 milímetros, el mismo formato en el que la película había sido concebida para llegar a una pantalla de cine.
El programa impreso del New Beverly Cinema, una delicia para cinéfilos.
Hay algo diferente en una película analógica proyectada. Está en el grano y en la textura de la imagen, en una cierta densidad que le da una presencia concreta, viva. El soporte se hace perceptible, incluso en sus pequeñas imperfecciones. Esa película fue expuesta a la luz, revelada, cortada y montada. Décadas más tarde, vuelve a pasar por un proyector: una luz real atraviesa físicamente cada fotograma y lleva la imagen hasta la pantalla. Y de algún modo, todo ese recorrido sigue ahí, frente a nosotros.
Quizás allí esté la verdadera singularidad del New Beverly. No se trata solamente de conservar películas antiguas, sino de preservar una manera de mirarlas. Durante unas horas, frente a una pantalla iluminada por un proyector y lejos de cualquier otra distracción, el cine vuelve a reclamar algo que parecía haber perdido: toda nuestra atención.
Y tal vez sea eso lo que Tarantino decidió conservar. Ese instante en que se apagan las luces y, por un rato, no existe nada más. O, quizás, existe todo: un mundo perfecto en el que distintas artes convergen para convertirse en una sola y maravillosa. El cine.
Información útil
El New Beverly Cinema está en 7165 Beverly Boulevard, Los Ángeles. La entrada general cuesta 14 dólares y puede comprarse anticipadamente a través de la página web del cine. También se venden entradas en la boletería el día de la función, sujetas a disponibilidad. Las matinés cuestan 10 dólares y las funciones de medianoche, 12. La programación se renueva mensualmente y puede consultarse online.
Quentin Tarantino
Quentin Tarantino. El director de "Perros de la calle" y "Kill Bill" creció en Los Ángeles. Trabajó en un videoclub y desde entonces el cine es su vida. Foto: Philip Faraone / GETTY NORTH AMERICA vía AFP
Quentin Tarantino nació en Knoxville, Tennessee, en 1963, y creció en Los Ángeles. Cinéfilo desde muy joven, trabajó durante años en un videoclub antes de iniciar su carrera como guionista y director. Debutó como realizador con Reservoir Dogs (Perros de la calle) en 1992 y dos años después alcanzó reconocimiento internacional con Pulp Fiction, ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes.
Su filmografía incluye Jackie Brown, Kill Bill, Bastardos sin gloria, Django sin cadenas, Los ocho más odiados y Había una vez en Hollywood. Ganó dos premios Oscar como guionista, por Pulp Fiction y Django sin cadenas.
Además de director, guionista y productor, es un reconocido coleccionista y defensor tanto de la exhibición cinematográfica en película como del rodaje en ese mismo soporte, una pasión que también llevó al New Beverly Cinema.
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