25/09/2026 07:56
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La nueva historia de Marcelo Birmajer: Ragú Taburete, detective primario, el caso de la niña desconocida (tercera parte)

La nueva historia de Marcelo Birmajer: Ragú Taburete, detective primario, el caso de la niña desconocida (tercera parte)

En todos los colegios siguen preocupados por la nena que aparece -y desaparece- sorpresivamente de las aulas. Pero Ragú y sus compañeros empiezan a ver una luz al final del túnel.

La llegada de Ragú Taburete al campo familiar siempre alegraba a sus padres, Félix Taburete y Filomena Taburete, y a su pequeña hermana, Florencia. Lo recibían con las masitas de trigo, leche recién ordeñada y huevos frescos. Esa primera merienda era una fiesta.

El paisano Tío, que vivía con su esposa Maggie, en una pequeña cabaña, en una franja de tierra aledaña, se acercaba por la noche para un asado en toda regla.

Maggie pronunciaba la palabra chimichurri a la manera de sus abuelos ingleses.

Tomaban mate de sol a sombra.

En algún verano, cuando el campo aún pertenecía a la familia Najón, una peste había enfermado mortalmente a las gallinas. Sólo sobrevivió el gallo Pinto.

El gallo enloqueció de soledad y cantaba a cualquier hora. Le hacía la vida imposible a los Taburete, que eran los peones, y a los Najón, el matrimonio de Domínico y Rosa, que eran los dueños. Todos necesitaban del primer canto del gallo para despertar, y del segundo para irse a dormir. Pero Pinto cacareaba desordenadamente. Los despertaba en plena noche, o los mandaba a dormir antes del mediodía.

No podían vender al gallo, porque sería una estafa. No podían regalarlo, porque ese gallo sería un castigo para quien lo recibiera.

Cuando el hambre arreció, pensaron en sacrificarlo.

Pero Ragú -que aún no se llamaba así, y tenía más hambre que los adultos-, propuso con su idioma de niño que siguieran la locura del gallo. Si Pinto cantaba a las dos de la madrugada, todos arriba. Si cantaba por segunda vez a las 10 de la mañana, todos a dormir. Bastaba con respetar los dos cantos del gallo para que la vida de Pinto, y la de cada uno de ellos, tuviera sentido.

Le hicieron caso.

Pero ocurrió que de tanto seguir el ritmo del gallo Pinto, el clima de aquella pequeña granja varió: y cuando el gallo cantaba, por más que fueran las diez de la noche, salía el sol. Y cuando el gallo cantaba por segunda vez, por más que fueran las once de la mañana, el sol se ponía.

Así vivían en un microclima que, por motivos no del todo comprensibles, protegió a la granja de las sequías, de las siguientes pestes y de las variaciones del precio de los cereales.

Y todo se lo debían a la idea de Ragú Taburete, que asumió el apodo de Ragú, una manera de decir “hambre”.

Porque de algún modo aquella desesperación le había sugerido la idea salvadora.

Los Najón, que no sólo habían salvado la granja gracias a la idea de Ragú, sino que se habían enriquecido vendiendo productos únicos gracias al microclima -y no tenían hijos ni otros parientes-, partieron en un soñado viaje más allá del mar y les legaron la granja a los Taburete.

¿Cuál era el nombre original de Ragú? Según la leyenda familiar, sólo lo sabía el gallo Pinto.

Sobre el final del domingo, cuando el gallo Pinto dictó con su segundo canto la puesta de sol, antes de que Ragú se marchara, su pequeña hermana Florencia le dijo con sus mohínes de niña que le hacía falta una amiga.

Tenía todo, pero la necesidad de proteger el secreto del microclima de la granja, la hacía sentir muy sola. Ragú la entendía perfectamente porque tampoco él, excepto el mono Garronero, tenía amigos.

Como un rayo de inspiración del sol poniente, Ragú pensó en la niña faltante de la casa de sus padres, Anita Kovadonga. ¿Habría necesitado una amiga? ¿Se sentía tan sola como la pequeña Florencia, hermana menor de Ragú Taburete?

Con esta pregunta en su imaginación, galopó a tranco manso Ragú Taburete rumbo al colegio 32. Como tantas veces, dormiría en el camino, sobre el lomo de su fiel caballo Corcován, para llegar a la hora en que el portero escolar hacía sonar el primer timbre. Luego, Corcován sabía cómo volver. El caballo siempre parecía un poco triste cuando le tocaba el regreso sin Ragú.

Cuando sonó el timbre del primer recreo, celebraron reunión junto al mástil Tomás, Lin Pía y Ragú Taburete. La profesora Estefanía se acercó con la excusa de regar las plantas, pero regando las plantas también. Una rosa pareció florecer.

-La niña desconocida no ha vuelto a aparecer -informó la niña china-.

-Tampoco Anita Kovadonga -agregó Tomás-. Sólo se comunica por teléfono, desde las cabinas naranja de Entel, con sus padres.

-¿Es hija única? -consultó Ragú-.

La profesora Estefanía asintió.

-¿Cuándo aparece la niña desconocida? -preguntó para sí mismo y para todos Ragú Taburete-.

Se hizo un silencio, inesperadamente interrumpido por los chillidos del mono Garronero, colgado del mástil.

Aquel mono angurriento sabía que Ragú Taburete estaba recién llegado del campo y aguardaba su golosina casera: los capullitos bañados en miel de caña que preparaba la mamá de Ragú (junto con el omelete de hierbas y el dulce de leche fresco exclusivos para el hijo, en su regreso a clase). Mientras Ragú Taburete le arrojaba al mono Garronero los capullitos bañados en miel de caña, dijo al resto de los reunidos:

-Cuando nadie la espera.

Lin Pía observó al detective primario con sus ojos rasgados un poco más abiertos por la admiración, y repitió agregando:

-La niña desconocida llega a clase cuando nadie la espera.

El mono Garronero ya se había marchado a dar cuenta de sus capullitos bañados en miel de caña en algún sitio desconocido y tranquilo, cuando Tomás el telépata sumó:

-Sólo llega a clase cuando nadie la espera.

La profesora Estefanía soltó la última gota de agua de su regadera sobre una magnolia rebelde como si fuera una declaración, o un asentimiento. Y se esfumó. Quizás a dirección.

-En todos los colegios, en cada aula -reflexionó en voz alta Ragú Taburete- temen la aparición de la niña desconocida. También la aguardan con temor. Nuestros compañeros no hacen más que hablar de la niña desconocida. Tenemos que cambiar de tema.

-Organizar una distracción -concluyó Lin Pía-.

-Una kermesse -propuso Tomás-.

Estaban de acuerdo.

Si los niños del aula se organizaban alrededor de un esfuerzo que les hiciera olvidar por un tiempo prudencial de la niña desconocida, si dejaban de pensar en ella, era mucho más probable que la niña desconocida apareciera. Ragú Taburete intuía que junto a la niña desconocida también aparecerían las pistas del paradero de Anita Kovadonga.

-Manos a la obra -dijo la profesora Estefanía, que muy para la sorpresa de Ragú Taburete y sus asociados había permanecido a pocos pasos, tras la pared de ladrillos que separaba al mástil del portón-. Tienen mi autorización para llevar a cabo la kermesse.

“Que sea con pochoclo escolar, con juegos de ingenio y de puntería, que haya muñecos de goma y números en vivo”.

-Sé de un mono estrafalario que hará las delicias de nuestros compañeros -comentó meditabundo Ragú Taburete-.

-Quién te dice que no se sume el caballo Corcován -se aporteñó la niña china Lin Pía-.

-Como que me llamo Tomás -aportó el telépata-, que nuestros compañeros pensarán en otra cosa.

Y telepáticamente, les transmitió a Lin Pía y Ragú Taburete:

-Y nosotros también.

Dejó fuera a Estefanía de ese mensaje inaudible.

Después de todo, alumnos eran alumnos, y Estefanía era maestra y directora.

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