24/09/2026 11:08
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Alejo García Pintos, doblemente orgulloso por el reconocimiento a un teatro histórico y por los 40 años de la película La noche de los lápices

Alejo García Pintos, doblemente orgulloso por el reconocimiento a un teatro histórico y por los 40 años de la película La noche de los lápices

El actor es también el director del Coliseo Podestá, que recibió el Galardón Teatro del Mundo por la actividad escénica del teatro platense en 2025. Y a cuatro décadas de ese filme

Estamos en el centro de la ciudad de La Plata, en el teatro municipal Coliseo Podestá con su director, Alejo García Pintos, actor de raza que hace 44 años dedica su vida a la dramaturgia, en cine, televisión y teatro. Sobre el suelo que pisamos hay casi un siglo y medio de narrativas. 140 años de la rebelde idea de representar la vida en actos y, de ese modo, encontrar un nuevo modo de ver pasar los días.

“Acá se estrenó Juan Moreira, considerada la primera obra nacional y la pieza fundadora del teatro rioplatense. Acá nació una forma de contarnos como argentinos”, dice Alejo García Pintos al comienzo de la nota con Clarín, sobre la historia de un lugar que es el principio de varias historias.

Son días movilizantes para García Pintos. Por un lado, el Podestá fue galardonado por primera vez con el reconocimiento Teatro del Mundo por su actividad escénica en 2025, que otorga el Área de Historia y Teoría Teatral de la Universidad de Buenos Aires. “Un hecho inédito que nos llena de felicidad”, cuenta.

Por otro lado, el 16 de septiembre se cumplieron 40 años de su participación en la película La noche de los lápices (1986), en la que se cuenta la historia de un grupo de estudiantes secundarios que fueron secuestrados, torturados y asesinados por la última dictadura militar cuando reclamaban su boleto escolar.

“Con Pablo Díaz -sobreviviente de La verdadera noche de los lápices, la que dio origen al filme-, brindamos cada año por el recuerdo de quienes están desaparecidos”, asegura el director.

La casa del teatro argentino

Orgulloso. Alejo García Pinto, con el diploma de Teatro del Mundo para el Coliseo Podestá. Allí los hermanos Podestá hacían sus espectáculos. Foto: Martín Bonetto

-¿Qué significa estar al frente de un teatro con 140 años?

-¡Uff! Una aventura y una responsabilidad enorme. Este lugar es la cuna del teatro argentino. Acá se estrenó la que es considerada la primera obra nacional. Antes se hicieron algunas españolas e italianas, pero Juan Moreira fue la primera que habló enteramente sobre quiénes somos y qué nos pasa.

Debajo de la platea todavía está la pista del circo criollo donde los hermanos Podestá realizaban sus espectáculos todas las noches. Es la única pista de este tipo que queda en pie en el país. Acá vivían los Podestá. Acá arriba está el museo y su casa. Hasta la esquina era un hotel que tenían para recibir a las compañías. Estamos hablando de 1886, otro siglo, otro mundo.

Pero, volviendo a tu pregunta, dirigir este teatro es una responsabilidad enorme, pero hermosa. Además, yo vengo del palo de la actuación, del teatro independiente. Soy platense y sé lo que significa para esta ciudad. Incluso tener una cartelera con obras de artistas locales, con actores de la ciudad con continuidad laboral y una fuente de trabajo, es casi inédito. Para los actores locales es muy difícil dedicarse a esto si no vas a CABA, entonces es un orgullo para nosotros que tengan este espacio.

-Me imagino lo fuerte que es para los actores cuando les toca subir a este escenario.

-Es increíble y no lo digo por ser director, sino por la historia que se genera acá. Los artistas, cuando vienen, se quedan un rato mirando el teatro. Más allá de la belleza arquitectónica, hay una energía que ellos perciben, de decir: “Este teatro no es sólo un lugar donde pasan historias desde hace un siglo y medio; también tiene que ver con que acá se parió una forma de representarnos como argentinos". ¿Cómo no te va a temblar el cuerpo?

Platense de ley. Alejo García Pinto cuenta que el Podestá es un orgullo para toda La Plata. Que allí no hay grieta, ni Gimnasia ni Estudiantes. Foto: martín Bonetto

-Incluso para artistas internacionales es muy fuerte estar acá. Según me contaron, Johnny Depp quedó maravillado.

—Eso fue increíble. Yo tuve la oportunidad de charlar un rato con él antes de que entrara al escenario a presentar la película que dirigió sobre Modigliani en 2025. Tuve, en mi tarzanesco inglés, la posibilidad de hablar unos minutos y entendió enseguida dónde estaba y lo que significaba. Fue muy interesante poder charlar, porque no podía creer que todavía existiera algo en pie como la pista del circo.

Pudimos hablar hasta de la simpleza que a veces uno deja de lado. El teatro es simpleza. Nació hace 2.500 años en Roma y, por más IA que traigan, va a seguir estando. Hay un sentir, un tacto, una respiración, que no van a poder representar hologramas bien hechos.

-Y ahora recibiste el premio Teatro del Mundo, uno de los más prestigiosos.

-A mí me dio mucho orgullo, de verdad. Porque es un premio muy deseado por la comunidad teatral. El jurado normalmente cambia, nunca es el mismo. Son investigadores, docentes, personas muy reconocidas en la dramaturgia y el espectáculo, y los coordina Jorge Dubatti, que es una eminencia.

Es un premio que el Podestá nunca había ganado y es como un gran apoyo y reconocimiento a la gestión que estamos haciendo, y también un homenaje a un teatro que cumple 140 años. Este es un premio que ganás y después, entre los ganadores, eligen el premio mayor y a nosotros nos lo dieron. Realmente es un mimo a un laburo que se hace en un teatro oficial, donde los recursos siempre son más escasos. Este no es un teatro ni autárquico ni nacional, sino municipal, pero la verdad que el trabajo que se hizo desde La Plata para ponerlo en valor y que sea un lugar que une a la comunidad toda... Acá no hay peronistas ni radicales. Estudiantes, Gimnasia. River, Boca. El Coliseo Podestá es un lugar de unión donde las diferencias quedan en la vereda.

El director que "envidia" al actor

Alejo García Pinto fue parte de "Argentino, a985". Allí le tocó interpretar al juez que en el Juicio a las Juntas le toma testimonio a Pablo Díaz, su rol en "La noche de los lápices". Foto: Martín Bonetto

-Como director, ¿a veces ves una obra y te morís por estar ahí? (Alejo integra además el elenco de Una Navidad de mierda, en el Teatro Premier).

-Sí, claro. Y te pongo un ejemplo. A mí me produce mucha admiración, tengo casi un fetiche con un espectáculo que se llama Modelo vivo o muerto. Es un espectáculo extraordinario, muy gracioso. Es la historia de un grupo de estudiantes que están haciendo su última materia de pintura con un modelo vivo. Se corta la luz y, cuando vuelve, el modelo está muerto.

Ahí arranca todo lo de la obra, en un tono muy de multicomedia. Muy clownesco, porque ellos vienen del palo del circo, pero adaptado al teatro. Yo arranco la temporada con ellos y la cierro con ellos, no sólo porque me fascina el espectáculo, sino también porque me parece que es una señal que uno le tiene que dar al público, como director de este teatro: arrancar y cerrar con un show que viene del circo, y así volver a esos orígenes que marcaron los Podestá.

Los lápices que escriben hace 40 años

-Se cumplieron 40 años de la película La noche de los lápices, que cambió para siempre seguramente tu carrera y tu vida.

-Un antes y un después. Éramos muy chicos. Yo, dos años antes, había estado haciendo una asamblea como delegado de mi curso del colegio al que iba, el Normal 3. Hacíamos las reuniones en el salón de actos, donde después, en la película, se ve la misma asamblea, pero en el año '76, porque se hacían en ese colegio, en mi colegio. Entonces fue muy loco.

Politizado. Alejo García Pintos cuenta que nació en una familia mitad radical y mitad peronista. Y que militó desde chico. Foto: Martín Bonetto

-Hablar de aquellos crímenes siendo tan jóvenes y con una democracia todavía débil, me imagino que hoy son conscientes de los riesgos que corrían.

-Sí. Había algo de ingenuidad, pero no es que no éramos conscientes. El otro día hablaba con alguien y me decía que cuando filmamos la película, un año antes se había hecho el Juicio a las Juntas. O sea, presos estaban muy pocos; la mayoría de los servicios, de todos los que ejercieron el terrorismo de Estado, estaban libres. En ese momento seguían con poder, seguían en funciones.

Entonces, vos podías viajar en un colectivo y al lado tuyo tenías un ladrón de bebés o un torturador. Por eso digo que en el '86, cuando filmamos la película, todavía eran tiempos de mucho miedo.

-En esta historia te tocó personificar a Pablo Díaz, el único sobreviviente, con quien hoy ya son amigos.

-Es verdad. De hecho, en un rato nos vemos. Nos conocimos rodando la película, a la que yo llegué por un casting de 4.000 actores. Él tiene una mirada muy interesante de esa historia. Siempre cuenta que La noche de los lápices es una historia de amor. Pablo dice: “Yo me enamoré en un campo de concentración”, y es cierto, porque pasó cuando se enamoró de María Claudia Falcone. Una historia de amor que quedó inconclusa, pero no por eso deja de serlo.

Pablo puso su cuerpo y su testimonio no sólo para hacer la película, sino para declarar en el Juicio, porque de alguna manera necesitó darle identidad a esos chicos que ya no están y, como dice: “El día que me vaya de este mundo podré reencontrarlos y decir que mantuve su recuerdo en alto y brindé por ellos cada fin de año”. Y la película es un poco eso.

El afiche de "La noche de los lápices", la película de Héctor Olivera.

-Después la vida y la profesión hicieron un lindo guiño en Argentina, 1985.

-Lindo guiño que escribieron Mariano Cohn y Santiago Mitre. En Argentina, 1985 personifiqué a uno de los jueces del Juicio a las Juntas. Y le tomo declaración a un jovencito Pablo Díaz, a un nuevo Pablo Díaz. Entonces, es un guiño que ellos escribieron, porque ya sabían que yo iba a hacer de juez en la película y decidieron que fuera quien le toma declaración a Pablo Díaz, ya que yo había hecho de Pablo Díaz 40 años antes.

Hay otra cosa muy interesante en Argentina, 1985. Una escena donde Peter Lanzani sale de una fiesta, va caminando y se le pone un auto al lado y lo sigue, y él sale corriendo. A mí, unos días antes de empezar a filmar La noche..., me pasó exactamente lo mismo porque ya los servicios sabían que yo iba a actuar en una película que iba a dejarlos mal parados. Me siguieron. La diferencia es que se bajaron del auto y me cagaron a trompadas en la calle Agüero, en Buenos Aires. Y eso fue en democracia. Se bajaron tres tipos de un auto, eran cuatro, uno se quedó manejando. Se bajaron, me pegaron, se subieron al auto y se fueron. En ese contexto hicimos la película.

-Qué fuerte que, a pesar de todo, hicieron la película igual.

Sí, porque yo vengo de una familia muy politizada. Tengo la mitad de mi familia, por parte de mi padre, radical, y por parte de mi madre, todos peronistas. Así que yo vengo desde chico escuchando sobre eso. Después, mi abuela fue dirigente gremial de los docentes y por eso fue presa en el año '55. Tengo el acta de detención de mi abuela de la Policía de Carmen de Areco, donde dice que fue detenida porque la encontraron arriba de un camión gritando “¡Viva Perón!”. Eso está escrito a máquina. Es un documento hermoso que tengo.

Después mi vieja también fue muy militante y ayudaba a esconder gente en mi casa. Para mí era bastante habitual despertarme a la mañana siendo chico y ver a alguien que yo no sabía quién era.

Una escena de la película "La noche de los lápices", que cumplió 40 años.

Amistad sin grietas

-Volviendo a esta idea de River-Boca. Hace poco tuiteaste un mensaje muy lindo sobre tus compañeros de elenco de la película, en el que no todos opinan igual, pero los une un amor más fuerte que cualquier diferencia.

-Sin duda. Nos seguimos queriendo muchísimo. Es toda una vida, imaginate. Con Vita Escardó nos seguimos viendo, con Pablo Novak, con Leo Sbaraglia hemos vuelto a trabajar juntos. Con Pepe Monje también, y con Adriana Salonia hemos trabajado en TV y teatro. Es con quien más me veo, junto con Pablo. Después, obvio, hay distintas miradas políticas, pero eso no quiere decir que, en el fondo, todos, pisando los 60, seguimos siendo un grupo de pibes de 17, 19 años que, cuando se vuelven a encontrar, todo se llena de fiesta y mucho amor.

Claudio de Acha, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel A. Racero y Horacio Ungaro, todos desaparecidos tras ser secuestrados la Noche de los Lápices. Foto: Archivo Clarín

-¿Cómo te ves hoy cuando te ves en esas imágenes?

-Me veo con mucha inocencia. Nosotros sabíamos cosas, pero no la gravedad de todo lo que pasaba. Sabíamos que algo iba a pasar con el estreno en 1986, pero jamás lo que vino después.

Hoy estamos hablando de 50 años del hecho y 40 del estreno de la película. ¿Cuándo se conmemora el año de estreno de una película? Yo jamás vi algo así. No recuerdo un dato parecido. Se puede conmemorar el nacimiento del cine, de la radio, de la TV a color, pero el estreno de una película no es algo que pase. Jamás nos podíamos imaginar la trascendencia, así como los chicos no podían imaginar el horror que vivieron.

Pablo Díaz, el único sobreviviente de La noche de los lápices, en su declaración en el juicio a las Juntas.

-Para muchos, la cara con la que reconocen a Pablo Díaz y, de esa manera, aquella lucha por el boleto estudiantil, es la tuya. ¿Cómo te llevás con eso?

-Es de las cosas más fuertes que me dio esta profesión. Te lo contesto con una anécdota. En un momento estaba grabando Casi ángeles y vino a trabajar una chica que hacía continuidad, Mariana. Yo veía que pasaban los días y me miraba, pero no se acercaba. Un día se anima y me dice: “Yo soy Mariana Busetto, la hija de Osvaldo Busetto”, uno de los desaparecidos que aparece en la película, que se lo ve interactuar con Pablo en la curación de una herida de bala. Aparece en una de las escenas, para mí, más conmovedoras de la película, porque en un diálogo Díaz le pregunta por qué no tenía los ojos vendados y Busetto le dice: “Porque a mí oficialmente me dieron por muerto, nadie me busca”.

Cuando ella me dijo quién era, me conmovió mucho. Y agregó: “Quiero que sepas que durante muchos años yo miraba la película a escondidas y vos eras el amigo de mi papá”. Su única imagen de su padre con alguien era esa escena de la película.

En la carrera me pasaron muchas cosas hermosas, incluido este premio tan prestigioso por dirigir este emblemático lugar, pero mi mayor recompensa son esas cosas. Cuando alguien dice que un trabajo mío le sirvió para afrontar un dolor, que le dejó algo. El día que yo no esté más en este plano, algo mío te quedó. Por eso yo siempre digo que me da mucho orgullo que me digan, después de tantos años, “el de La noche de los lápices”.

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