Luciana Aymar sabe mejor que casi nadie lo que significa ser campeona del mundo con Las Leonas. Lo vivió en Perth 2002 y volvió a experimentarlo ocho años después, en aquella inolvidable consagración de Rosario 2010, en su pago chico. Esta vez le tocó desde otro lugar. Lucha estuvo en el palco del Wagener Hockey Stadium de Amstelveen, alentó, sufrió y finalmente celebró la tercera estrella de la Selección Argentina, que venció a Países Bajos por 3-1 en los penales australianos después del 1-1 del tiempo regular.
Las cámaras la encontraron viviendo la final con la misma intensidad de sus tiempos dentro de la cancha. Aymar, ocho veces elegida como la mejor jugadora del mundo y gran emblema de la historia de Las Leonas, acompañó desde la tribuna a una nueva generación que terminó sumándose al grupo selecto de campeonas mundiales.
Antes de la final, Lucha había anticipado un partido tan cerrado como el que finalmente se vio. "Son dos equipos que están muy parejos, los dos hicieron un torneo muy similar. Argentina tiene que jugar confiando en su juego y concentrada todo el partido", había analizado.
También había advertido sobre una de las grandes virtudes de las neerlandesas. "Ellas tienen esa frialdad que las caracteriza. Nosotras solemos tener altibajos, así que tenemos que enfocarnos en jugar concentradas y atentas al 100%. Si las chicas juegan con la confianza de que pueden ganar, creo que hoy tienen muchas posibilidades", agregó la rosarina.
El Mundial también había reservado un momento especial para ella. Durante el entretiempo de la semifinal contra Australia, Aymar recibió un reconocimiento de la Federación Internacional de Hockey (FIH), otro homenaje para quien marcó una época y se convirtió en una referencia que trascendió largamente al hockey argentino.
Pero este sábado los flashes fueron para las nuevas campeonas. Aymar cambió el palo por los nervios del palco y observó cómo Majo Granatto consiguió el 1-1 que llevó la definición a los penales australianos y cómo Cristina Cosentino se convirtió en una de las heroínas de la tarde con sus atajadas.
Después llegaron los festejos. Y también la emoción de Lucha. Veinticuatro años después de Perth y 16 después de Rosario, Aymar pudo celebrar otra vez un título mundial de Las Leonas. Ya no como la número 8 que deslumbraba dentro de la cancha, sino como testigo privilegiada de una nueva generación que consiguió aquello que ella ayudó a transformar en una costumbre posible: llevar al hockey argentino hasta lo más alto del mundo.
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